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Mostrando entradas de agosto, 2008

(L26) La lluvia amarilla (1988)

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Julio Llamazares, La lluvia amarilla (1988)

La lluvia amarilla de Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955) es el monólogo interior del último habitante de un pueblo abandonado del Pirineo aragonés poco antes de morir. En esta novela el protagonista, Andrés, nos va contando las historias del pueblo y de sus habitantes con la poética tristeza de lo que ya se sabe perdido para siempre.

El pueblo se llama Ainielle. Uno a uno sus habitantes van cerrando las casas y emigrando a otras localidades más grandes y con más futuro, hasta que Andrés se queda sólo con su mujer Sabina y su perra. Sabemos que tuvieron tres hijos. El mayor, Andrés como su padre, emigró a Alemania en busca de un futuro mejor, esta “deserción” no se la perdonará nunca. Otro hijo, Camilo, desapareció en la guerra y la pequeña Sara murió de tuberculosis antes de hacerse mujer. Tanta soledad y tanta tristeza no la puede soportar Sabina que se ahorca en el establo. A partir de aquí Andrés se queda sólo con la perra y los recu…

¡¡VACACIONES!!

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Estimados lectores y amigos: ¡Cerramos por vacaciones! Volveremos con fuerzas renovadas a partir del 1 de septiembre. Espero que cojáis ideas este mes de agosto y aportéis muchas sugerencias para mejorar el blog. Nosotros así lo intentaremos.

(L25) El mar de Sirtes (1951)

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Julien Gracq, El mar de las Sirtes (1951).

Escritor minoritario francés recientemente fallecido, Julien Gracq (1910-2007), mezcla lo simbólico con lo fantástico, escribe de forma densa, casi se pueden cortar sus descripciones como si fueran mantequilla. Va creando un clima espeso como la niebla. Veamos su particular descripción sobre la lluvia: “La intimidad equívoca y penetrante de la lluvia, el mano a mano desorientador de las primeras gotas inciertas del aguacero taponaban hasta el último resquicio de aquellas vagas soledades, exacerbando un perfume incontenible de hojas mojadas y agua corrompida; en la blandura afelpada de la arena se imprimía cada gota con una nitidez delicada, del mismo modo que se distinguen de la lluvia las gotas más vivas que se escurren del follaje”.

“Nuestra alma se ha purgado de sus rumores y del bullicio de muchedumbre que la habita; se regocija en ella una nota fundamental que despierta su exacta capacidad. En la medida íntima de la vida que nos es rest…