(L731) La dama de blanco (1860)

Wilkie Collins, La dama de blanco (1860)

Segunda novela que comento de este entretenido escritor inglés. Wilkie Collins (1824-1889) fue uno de los iniciadores de la novela de misterio en el Reino Unido. El precedente más importante, y tal vez creador del género, fue el gran Edgar Alan Poe.

Argumento: la acción comienza el mes de julio de 1849 en Londres. Walter Hartright, profesor de dibujo, de veintiocho años, se queja del calor. Su padre murió, pero dejó a su madre y a su hermana Sarah en una situación económica holgada. En unas vacaciones en la playa de Brighton junto a su amigo Pesca, profesor de italiano, salva a éste de morir ahogado. Con lágrimas en los ojos Pesca afirma que le devolverá el favor tan pronto como le sea posible.

Una tarde en casa de la madre de Walter y de su hermana Sarah, Pesca les cuenta que tiene un cliente, comerciante muy rico, donde da clases de italiano a sus tres regordetas y rubias hijas. Le han pedido a Pesca si conoce un profesor de dibujo y le escriben en un billete las condiciones. El caballero Frederick Fairlie de la casa Limmeridge en Cumberland (al noroeste de Inglaterra) desea contratar por un período de cuatro meses a un profesor de dibujo de reconocida competencia y con referencias. Residirá en Limmeridge donde dará clases de dibujo a dos señoritas y dedicará el resto del tiempo a la restauración de una valiosa colección de dibujos. El sueldo será de cuatro guineas a la semana y recibirá el trato de caballero. A pesar de sus reticencias iniciales, ante las suplicas de su familia y de su amigo, acepta el trabajo.

Se despidió de su madre y hermana en Hampstead. Cuando regresaba caminado a Londres, cerca de la medianoche, lo sorprendió una muchacha vestida toda de blanco que le pregunta si es aquel el camino que lleva a Londres. Le pide que la acompañe y que la lleve hasta un coche para que pueda seguir su camino. Le dice que procede de Hampshire y le pregunta si conoce muchos barones en Londres, que ha sufrido un accidente, y le hace prometer que no la seguirá después. Walter se quedó pensativo cuando ella partió. A los pocos minutos llegaron dos hombres en un cabriolé que hablaron con un policía al que le preguntaron si había visto a una mujer de blanco que se había escapado de un sanatorio. A Walter no le pareció tan perturbada como para tener que estar ingresada en un centro así.

Al día siguiente ha de partir para Limmeridge. El tren va con retraso y cuando llega a su destino ya es de noche y los dueños están acostados. A la mañana siguiente desayuna con la señorita Marian Halcombe, morena, de cuerpo perfecto pero fea de cara, quien le explica cómo son los demás miembros de la familia. Ella es hija de la primera mujer del señor Fairlie y tiene una hermanastra hija de la segunda mujer llamada Laura Fairlie, rubia y bonita según dice Marian, que tiene jaqueca y no ha podido bajar. Tanto las dos esposas del señor Fairlie como él mismo están muertos. Las jóvenes están bajo la tutela de su tío, Frederick Fairlie, soltero pero delicado de salud que tampoco ha podido bajar a desayunar. Walter le explica a Marian su encuentro con la dama de blanco y la relación de ésta con Limmeridge y la difunta señora Fairlie, a la que nombró con cariño en su breve encuentro. La señorita Halcombe queda intrigada y promete investigar el tema en la correspondencia de su madre.

La mañana siguiente le enseñan su estudio de pintura y se entrevista con el señor Fairlie, “un ser frágil lánguido y repulsivo, de entre cincuenta y sesenta años”. En el almuerzo conoce a la señora Vesey, la institutriz de la señorita Fairlie, una anciana carente de vida. Más tarde, en el jardín conoce a la señorita Fairlie que está contemplando un álbum con sus esbozos. La encuentra muy bella pero cree que le falta algo, no sabe el que, o tal vez la falta esté en sí mismo. Realizan un paseo en coche, cenan y después Marian lee las cartas de su madre y la señorita Fairlie toca el piano. En las cartas encuentra referencia a una muchacha llamada Anne Catherik de origen humilde a la que dio clases y le regalo ropa blanca. En agradecimiento, la muchacha de unos doce años, le dice que en recuerdo suyo siempre vestirá de blanco. A la luz de la luna Laura tiene un parecido asombroso con la dama de blanco.

Pasan los días, las semanas y ya lleva tres meses en Limmeridge. Con las clases, excursiones, cenas y veladas Walter se va enamorando de la señorita Fairlie. La señorita Marian se da cuenta y le advierte que Laura está prometida, además de dejar entrever con mucha delicadeza la gran diferencia de clase social. Ha perturbado, involuntariamente, la tranquilidad de Laura y Marian le recomienda que ponga una excusa creíble y abandone la casa antes de la llegada de sir Percival Glyde, el prometido de Laura, un gran hacendado de Hampshire.

“La premonición de un peligro indetectable que guardaba, oculto a todos nosotros, el impenetrable futuro, se apoderaba de mí. La duda sobre si yo estaba atado ya a una cadena de acontecimientos que no podría romperse incluso al marcharme de Cumberland –esta duda sobre si alguno de nosotros era capaz de prever el final tal y como iba a producirse en realidad–, esta duda ofuscaba por completo mi mente.”

Comentario: No pretendo hacer un resumen exhaustivo de la novela; tan solo deseo crear la expectación y las ganas suficientes para que el lector se anime a leerla. Al interrumpir el comentario en un punto especialmente sugerente, soy consciente de que dejo fuera a algún personaje que, en el transcurso del desarrollo de la trama, adquiere una importancia notable. Tal es el caso, por ejemplo, del viejo procurador y abogado de la familia, el señor Vincent Gilmore. Las partes legales de la novela —contratos matrimoniales, herencias y litigios— resultan especialmente interesantes y están excelentemente documentadas.

Otro personaje muy destacado, y uno de los más admirados por los lectores, es el conde Fosco (véase ilustración). Se trata de un italiano misterioso, casado con Eleonora Fairlie, la tía de Laura. De él sabemos que es gordo, que ronda los sesenta años y que recuerda físicamente a Napoleón el Grande. Su influjo proviene, sobre todo, de sus ojos: “Son los ojos grises más insondables que jamás he visto, y en ocasiones tienen un brillo frío, claro, bello e irresistible, que me obliga a mirarle y me hace experimentar sensaciones que no desearía sentir”. Habla un inglés excelente y muestra una extraordinaria ternura con los animales. Viaja acompañado de una cacatúa, varios canarios y ratones blancos. “Posee un pensamiento audaz, lecturas en todos los idiomas y experiencia de la mejor sociedad”. Marian no sabe si es un agente de su país o un revolucionario proscrito, ni tampoco si despierta en ella admiración o temor. Es, sin duda, el gran villano de la obra.

En palabras del propio conde Fosco: “¿Qué decide que un delito quede oculto o se descubra? El reto que se establece entre la policía, por un lado, y el individuo, por el otro. Cuando el criminal es un necio, bruto e ignorante, gana la policía en nueve casos de diez. Cuando el criminal es una persona resuelta y educada, con inteligencia despierta, pierde la policía en nueve casos de diez. Si la policía gana, habitualmente todos se enteran. Si la policía pierde, normalmente ustedes no se enterarán de nada”.

“El misterioso aristócrata italiano es la gran gloria de esta novela. Deja en nada al otro malvado, sir Percival, un mero títere en sus manos. Descrito como un Napoleón con sobrepeso (y no es casual que otro gran villano victoriano, el profesor Moriarty, también sea comparado con Napoleón), subordina al resto de los personajes. Fosco es el conde Oscuro: de nombre, de intenciones, de pasado y de talento. La conspiración es obra suya y constituye una argucia muy notable. Pero lo que verdaderamente lo engrandece es su tempestuoso uso de la lengua, su arrolladora personalidad y su soberana confianza. Sus más enconados enemigos no pueden dejar de percibir esta aura carismática. Marian lo odia, pero se siente, en todo momento, involuntariamente halagada por la evidente inclinación del conde hacia ella (un detalle excelente). El conde Fosco derrocha ternura con sus animales de compañía, en especial con su malévola cacatúa y sus ratones blancos. Casi me siento tentado a incluir entre las mascotas a su mujer, madame Fosco, pues su relación recuerda a la de amo y perro fiel. Madame Fosco carece por completo de personalidad propia, como si la fuerza gravitacional de su marido la hubiera absorbido. Fosco eleva la novela, casi la justifica en ocasiones, y su caída final no deja de causar lástima, pese a que se le permita conservar su dignidad y su misterio”.

Como si se tratara de un informe jurídico o policial, y ante la ausencia de un narrador omnisciente, varios personajes van relatando la historia y esclareciendo los hechos que el narrador anterior desconoce. La narración se inicia con Walter Hartright; le sigue el procurador Vincent Gilmore; después, la señorita Marian Halcombe, a través de su diario; Frederick Fairlie, señor de Limmeridge House; Eliza Michelson, ama de llaves de Blackwater Park; y Hester Pinhorn, cocinera al servicio del conde Fosco. Finalmente, Walter Hartright retoma la historia y culmina su investigación, descubriendo el gran secreto que oculta sir Percival Glyde.

Más allá del suspense y de la intriga legal, La dama de blanco plantea cuestiones sorprendentemente modernas: la fragilidad de la identidad, el peso de las apariencias sociales y la indefensión de la mujer dentro de los engranajes legales y familiares de la época. Frente a la pasividad de Laura Fairlie, destaca con fuerza la figura de Marian Halcombe, uno de los personajes femeninos más complejos y lúcidos de la narrativa victoriana, cuya inteligencia, valentía y capacidad de observación sostienen buena parte de la novela. Esta tensión entre ley, moral y justicia, tan presente en la obra, explica en gran medida por qué el relato sigue resultando eficaz y perturbador para el lector contemporáneo.

En su tiempo, los críticos no la apreciaron, pues la consideraban una novela sensacionalista (sensation novel). Este género tuvo una gran difusión entre los años 1860 y 1870 en Inglaterra, impulsado por la publicación de novelas por entregas —como las aparecidas en la revista literaria semanal All the Year Round, dirigida por Charles Dickens—, el auge del periodismo sensacionalista, la afición por los juicios macabros, las reformas en los trámites del divorcio y el incremento del número de lectores gracias a la instrucción pública.

La he leído en los pocos días de intensa lluvia a finales de abril de 2024 y, consciente del tipo de obra que tenía entre manos, he de decir que me ha entretenido y que su lectura me ha resultado reconfortante. Me ha dado, sin duda, mucho más de lo que esperaba.

BIBLIOGRAFÍA

AA.VV., Dos melodramas victorianos, Con un vaso de whisky, 08/04/2014.

Wilkie Collins, La dama de blanco, Debolsillo, Barcelona, 2012 (2ª. edición), 812 págs.

Raquel Espejo, 'La mujer de blanco', de Wilkie Collins: los orígenes de la novela detectivesca, El Periódico, 09/03/2024.

Peter Godfrey, La mujer de blanco, Metro Golden Mayer, USA, 1948. 1 hora 48 minutos.

Ignacio Valente, "La Dama de Blanco": Una Novela Maestra, El Mercurio, Santiago de Chile, 30/04/2000.

Comentarios

  1. Hola, Tomás!
    Pues a mí sí que me has despertado el interés por leerla. ¡Engancha!
    ¡Feliz año!
    Adelaida

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