(L49) Vinieron como golondrinas (1937)


William Maxwell, Vinieron como golondrinas (1937)

La novela está dividida en tres partes que son narradas por tres de los cuatro protagonistas que aparecen en la historia. El cuarto no tiene una voz propia, pero los otros tres no dejan de hablar de él, se trata de la madre, Elizabeth. William Maxwell (1908-2000) nos explica un aspecto fundamental de su infancia, y que marcará el resto de su vida: la pérdida de su madre por una epidemia de gripe española.

En la primera parte titulada Este pequeño ángel, el pequeño Bunny Morison de ocho años cuenta su infancia y la predilección que siente por su madre, no se imagina su vida sin ella, todo su mundo está lleno de la presencia de Elizabeth. Vemos los objetos y las personas con los ojos de un niño de ocho años. Los relojes pelean por dar las horas, los juguetes tienen vida propia, y la tendera del colmado al que acude a comprar mantequilla “tiene los ojos llenos de matemáticas”. Se entera que va a tener un nuevo hermano. La Sra. Lolly explica que la gripe se extiende por Chicago y Saint Louis. Tenemos noticias de que Alemania se rinde (1918). El pequeño tiene fiebre.

Segunda parte titulada Robert, el hermano mayor nos continúa la historia, que aunque es narrada por tres personajes diferentes, tiene un desarrollo lineal. Aparece la tía Irene divorciada de Boy Hiller. Robert tuvo un accidente y le falta una pierna a la altura de la rodilla. Bunny ha cogido la gripe, un gorrión entra en la habitación, en el alboroto la madre entra en el cuarto. Se han suspendido los colegios y los oficios religiosos. Robert posee una gran fantasía y es aficionado a la lectura. Percibimos el mundo a través de los ojos de un chico de doce años, que no es un adulto todavía pero ha dejado ya de ser un niño. Se sube al tejado de la casa para ver la vida desde arriba, no comprende a los mayores y con su bravuconería desea que le presten atención. Como la madre ha de tener el niño en un hospital el matrimonio los deja al cuidado de la tía Clara. Robert coge la gripe. Reciben una carta, los padres han cogido la gripe y están en un Hospital. Tía Irene les visita. Robert delira y sueña con su madre.

Tercera parte. Sobre un punto cardinal, el padre James Morison vuelve a casa viudo, piensa en vender la casa y dejar a los niños con Clara y Wilfred, no se le dan bien los niños. Está completamente desolado por la muerte de su esposa. Quiere que el tiempo corra hacia atrás, que las cosas se muevan por sí mismas. Sufrimos con su apatía, con él en el velatorio, con la actitud hacia sus hijos, a los que no sabe ni puede consolar. Ethel viene a cuidar a Irene que ha caído enferma. Se suceden las visitas de condolencia. Asistimos a la angustia de James, se pregunta con qué fin estamos en el mundo. Lo que nos ocurre a nosotros ya ha sucedido antes. Robert y James se dirigen juntos hacia el ataúd.

Maxwell hace uso en esta novela de una prosa diáfana, limpia, con una atención exquisita por los pequeños detalles, es la historia de una familia que camina hacia la desgracia. El autor nos regala una novela leve, dulce, esplendorosa, emocionante, pero no lacrimógena, como a ello podía prestarse el tema.

La madre es una figura enorme, casi mítica desde el principio, bajo cuya sombra se cobijan todos, la acción avanza con lentitud pausada, como el agua que acarrea una noria, desde la primera a la última página, en los tres libros de que consta la novela, mientras nos muestra sucesivamente los puntos de vista del menor de los hijos, de ocho años, luego el del mayor, de doce, y al final, el del padre. Todos fuertes al principio, en un mundo con sólidos cimientos y las reglas claramente establecidas. Al final desvalidos, todos ellos con un trozo de su existencia amputada por la muerte de la madre.

Maxwell está realmente espléndido cuando describe el mundo infantil, su realismo poético contiene momentos realmente mágicos, imágenes metafóricas excelentes, como cuando se dice que para Bunny “Todas las líneas y superficies de la habitación se inclinaban hacia su madre, de modo que cuando miraba el dibujo de la alfombra lo veía necesariamente en relación con la punta del zapato de ella”. La mayor virtud de Vinieron como golondrinas (1937) es sin duda su falta de pretensiones, su humildad: Maxwell apostaba por conseguir el máximo con los mínimos recursos y creo que lo consiguió.

Comentarios

  1. Me ha alegrado mucho llegar a tu blog y encontrar esta entrada sobre Vinieron como golondrinas, de William Maxwell. Nos gustaría contar con tu opinión en nuestro debate, y que nos recomendases un libro para una próxima lectura.

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  2. Gracias por tu comentario. Acabo de hacerlo, os sugiero dos. Un saludo cordial.

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