(L116) La Regenta (1884) – 4.- Estructura, personajes y modo narrativo.



Leopoldo Alas “Clarín”, La Regenta (1884) – 4.- Estructura, personajes y modo narrativo.

Estructura de la novela. Las dos partes de La Regenta, la diferencia entre ambas. La primera es de 1884 y la segunda de 1885, de igual extensión aproximadamente y de quince capítulos cada una, basándose en el carácter presentativo la primera y en el carácter activo la segunda. En efecto, los quince primeros capítulos se desarrollan en tres días (2, 3 y 4 de octubre), mientras que los quince finales abarcan tres años (de noviembre del primero a octubre del tercero). En la primera parte apenas sucede nada, pero se acumula gran información de años anteriores. Es una parte morosa, estática, espacial, descriptiva y retrospectiva donde se nos presentan los personajes. Se distinguen dentro de la primera parte tres bloques de capítulos: los tres primeros giran sobre el día 2 de octubre y tienen por centro temático la confesión de Ana. Viene a continuación la inmersión en el pasado de Ana, en los capítulos IV y V, provocada también por las exigencias de la confesión general que va a tener lugar. Un segundo grupo lo constituyen los capítulos VI al X que suceden el día 3 de octubre, y su centro temático es la situación de Ana en Vetusta, por una parte, y el estudio tanto de la Vetusta burguesa del casino como de la aristocrática de los Vegallana. El tercer grupo abarca los capítulos XI al XV, ocurridos el día 4 de octubre y centrados por la figura de Fermín de Pas. Esta primera parte realiza un triple objetivo: 1) plantear la situación problemática de Ana, 2) analizar el ambiente social de Vetusta y su principal representante, Álvaro Mesía, 3) definir el poder y la personalidad del Magistral. Clarín reúne las tres grandes fuerzas, establece su relación conflictiva, y la coloca a punto de ser disparada.

La segunda parte es muy diferente, presentados los personajes, el autor se concentra en el hilo narrativo y sus datos esenciales, el ritmo se acelera, la actualidad lo domina todo. Se distinguen tres subgrupos de capítulos, uno por año: del XVI al XXII, con las fluctuaciones de Ana y la hegemonía resultante de Fermín sobre don Álvaro; del XXIII al XXVIII, se testimonia la caída de Fermín y el triunfo completo de don Álvaro; el tercer año, en los dos capítulos finales, el XXIX y XXX, concluye con la tragedia.

Los rasgos estructurales no pueden ser más obvios: los dos volúmenes contienen quince capítulos, ambos se organizan en una composición temporal tripartita. La primera escena de la novela ocurre en octubre, una tarde de viento sur y caliente, en la catedral, y la protagoniza Celedonio, el acólito afeminado; la última escena de la novela ocurre también en octubre, otra tarde de viento sur y caliente, tres años después, y también en la catedral; y también con el protagonismo de Celedonio. Todo ha pasado y nada ha cambiado. Vetusta, impertérrita, ha dejado que se consumase en su interior la tragedia.

Los personajes. Todos los personajes que podemos encontrar en una pequeña capital de provincias tienen su representación en la novela, desde el obispo y el cabeza de la aristocracia hasta el criado, el pícaro y el obrero. Dado que la novela centra su mirada en las clases dirigentes, el mayor esfuerzo de individualización corresponde a éstas: el alto clero, la aristocracia, la alta burguesía, y también el coro de pequeños burgueses, criados, curas de aldea, etc., que les rodean y que aspiran a recoger las migajas del poder. El esfuerzo de individualización de cada personaje es uno de los rasgos más decisivos de La Regenta, la presencia de lo físico, es algo que no se le olvida nunca a Clarín. En los casos de Ana, Mesía y De Pas, la presencia de lo físico es constante y enormemente expresiva. La individualización de los personajes alcanza también a su vestido, cada personaje tiene también su modo especial de hablar. Tampoco olvida Clarín constatar las reacciones de cada uno de sus personajes por nimias que parezcan. Fermín y Ana son los dos únicos personajes, tal vez junto con Mesía, con capacidad autocrítica en toda la novela. Ambos saben ver lo que hay de contradictorio en ellos, saben ver incluso que no son lo que desearían. Ana no habla nunca de otra cosa que de sí misma, de sus tristezas. Sea quien sea el interlocutor, el Magistral, Benítez o Mesía, ella lo supone interesado y cree que la comprende, que siente sin duda lo mismo que ella. No piensa tampoco en otra cosas que en sí misma. Claro que, por otra parte, es lo suficientemente inteligente y sensible para ridiculizarse y darse cuenta de su actitud, aun sin poderse librarse de ella. Mesía es el héroe prosaico, el hombre que sabe sacar el máximo partido de todo lo que tiene entre las manos sin comprometerse nunca. Es bello y lo aprovecha al máximo para hacerse indispensable en el mundillo de la aristocracia vetustense. Es el jefe del partido liberal, pero dirige a los conservadores a través del marqués. No cree en nada por ello está a disposición de cualquier idea siempre que sea conveniente, esté de moda y sirva a sus plantes. Sabe que todo fruto acaba por madurar, y por ello no es nada impaciente, aguarda años dando paso a paso pero avanzando. No siente conflictos internos, él está para provocarlos en los demás, y cuando lo hace huye porque es cobarde, tiene miedo a la fuerza del Magistral. Su único conflicto es la vejez próxima, y aun así lo resuelve con sensatez y sabiduría: administra sus fuerzas y se hace avaro en sus efusiones eróticas. Solo se ama a sí mismo, si busca a las mujeres es para encontrarse, no por sensualidad. Mesía es junto a Fermín y Ana de una superior estatura, no es tonto, no se engaña como los demás. Tienen un conocimiento exacto de la realidad en que vive. No la falsea ni la deforma, la acepta tal como es, se adapta a ella y saca el mayor provecho posible. Por muy prosaica que sea su sabiduría, es sabiduría al fin y al cabo.

Frigilis y Camoirán, son los dos únicos individuos puros de toda la novela: los dos representan un vitalismo sano, en contacto con la naturaleza, indiferente al sucio y mezquino mundo vetustense. Sin embargo no son dos personajes absolutamente positivos, Frigilis no sabe ayudar a Ana, pese a que veía venir su caída, ni tampoco a su amigo Víctor. Camoirán tiene una naturaleza débil, en exceso ingenua, que le hace carecer por completo del sentido de realidad.

El modo narrativo. Uno de los rasgos más definidores de la narrativa de La Regenta radica en un variadísimo recurso a la ironía. El narrador no oculta su propia voz, antes la exhibe, de ahí no sólo la ironía, sino la abundancia de toda clase de comentarios y explicaciones que acompaña a los hechos, como si una desconfianza implícita hacia el lector le condujera a recortar su libertad de interpretación. Hay pasajes enteros en los que sólo se escucha al narrador, y en que la visión de éste no se refracta a través de las de sus personajes. Es el caso de la descripción del Casino en el capítulo IV. Clarín emplea el sarcasmo con los habitantes de Vetusta, no es una calificación a priori de buenos y malos. Nadie es malo absolutamente: se es tonto (Guimarán, don Víctor), se es envidioso o mezquino (Gloucester), se carece de ideales (Mesía), etc.

La presentación indirecta de los personajes más importantes, o a través de indicios sugeridores es uno de estos mecanismos en los que el narrador renuncia a poderes absolutos, como la descripción y el juicio directos. Importante es también el mecanismo de auto-revelación de los propios personajes.

El tema de la insatisfacción femenina y el replanteamiento de su papel en el matrimonio y en la sociedad, había estallado con Madame Bovary (1857) y creado toda una serie de repercusiones en novelas como O primo Basilio (1878) de Eça de Queiroz, La conqueête de Plassans (1874) de Zola, The Mill on the Floss (1860) de George Eliot, Anna Karénina (1875) de Tolstoi, etc.

Nadie se salva en La Regenta, al menos como ciudadano, como ente social. Pero la dureza del diagnóstico no admite paliativos si la contemplamos en conjunto. Las costumbres de Vetusta son analizadas en términos de mezquindad y convencionalismo, de idiotez, de falseamiento, de cursilería, de pretensiones ridículas, de erotismo brutal y corrupto, de incultura autosatisfecha, de imitación ciega y provincianismo, de hipocresía y de envidia, de espionaje colectivo, de automatismo y de rutina vital. Y si pasamos de las costumbres al análisis de las clases sociales, nos encontramos con la denuncia feroz de todo un sistema que vive sobre el falseamiento del turno de partidos, sobre la pervivencia del Antiguo Régimen bajo las nuevas formas constitucionales, sobre el caciquismo y la manipulación electoral, sobre la confesionalidad católica del Estado y del conjunto social, sobre el poder intocado y la hegemonía social de una aristocracia y de un clero reaccionarios, que han pactado con una burguesía vergonzante la continuidad del viejo bloque en el poder. En La Regenta no hay alternativas. Sólo un gran gesto de rechazo a todo un sistema. La constatación de algunas rebeliones y automarginaciones inútiles.

Para terminar os recomiendo de Clarín ¡Adiós, Cordera! y otros cuentos y El gallo de Sócrates y otros cuentos que tuvieron un influjo especial en mi infancia. 

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