(L103) Luces de Bohemia (1920)


Ramón del Valle-Inclán, Luces de Bohemia (1920)

Es el primer comentario que hago en el blog sobre una obra de teatro. Al teatro nos podemos aproximar principalmente desde dos vertientes: cómo texto (para ser leído) y como espectáculo (para ser contemplado). Nosotros lo hacemos en este caso, evidentemente, desde la primera. Ramón del Valle-Inclán (1866-1936) escribió Luces de Bohemia en 1920 y la retocó definitivamente en 1924.

La obra de Vallé-Inclán presenta unos perfiles muy definidos. Una voluntad de estilo artístico, una permanente exhibición de belleza porque sí, que contrasta vivamente con la literatura anterior, la realista, fotográfica y gris. Las Sonatas, por ejemplo, nos ofrecen una visión artística de la existencia, cargada de erudición, de peso romántico, de lujo y aristocracia mezclados con un satanismo decadente: son el reflejo de un tiempo y de una estética literaria. Me viene a la memoria su personaje principal, el marqués de Bradomín al que Valle define como “feo, católico y sentimental”.

Con los años el arte de Valle-Inclán ha ido acentuando sus perfiles grotescos, subrayando la broma o las situaciones ridículas. Un hilo soterraño anuda estas producciones: un raudal de declarado escarnio, de preocupación por la realidad político-social, a la vez que un desgarramiento en el trato de personajes y del idioma. Paso a paso crece en hondura y rigor expresivo su obra, en busca de nuevos horizontes, Luces de Bohemia apuntará hacia el pueblo como héroe colectivo.

Con esta obra nace para la vida literaria un nuevo término retórico: esperpento. Una voz traída del habla popular, que designa lo feo, lo ridículo, lo llamativo por escaparse de la norma hacia lo grotesco o monstruoso, servirá, de aquí en adelante, para designar un nuevo arte en el que no es difícil de percibir, aunque sometidos a una íntima geometría, los rasgos que designa esa voz. En la escena XII de la obra se nos dice: “Los héroes clásicos han ido a pasearse en el callejón del Gato. Los héroes clásicos reflejados en espejos cóncavos dan el Esperpento. Las imágenes más bellas, en un espejo cóncavo, son absurdas”. “El esperpentismo lo ha inventado Goya”. Hay algunos dibujos goyescos, quizá los más conocidos, en los que es muy palpable la transformación: el petimetre que, ante el espejo, ve su imagen trocada en la de un mono; la maja que, en igual situación, contempla una serpiente enredada a una guadaña; el militar trocado en gato enfurecido, de enhiestos bigotes, etc.

Se cuenta en Luces de Bohemia un dantesco viaje: la peregrinación nocturna de Max Estrella, andaluz hiperbólico, poeta de odas y madrigales, guiado por su alter ego, don Latino de Hispalis, por diversos lugares madrileños (librerías, tabernas, delegación de policía, lugares de erotismo vergonzante, cafés de cierto renombre) hasta verle morir en el quicio oscuro de su propia casa. Aparece todo un desfile alucinante de gentes alicaídas, a las que la vida ha zarandeado como muñecos, como personajes de un gran guiñol, para enseñarnos, ejemplarmente, lo que tienen de dolorido fracaso.

De la crítica no se libra nada ni nadie. Desde el Monarca hasta el último plebeyo. Lo verdaderamente desolador es ese desfile claudicante de gentes sin meta, sin alientos ni futuro. Todo es una crujiente cáscara. Detrás de esa cáscara el afán reformador, el ansia de un “esto no puede seguir así, eso no sirve”. Contemplamos la alusión a personajes desaparecidos y a personajes vivos, a los malos procedimientos de la administración, la actitud de la colectividad ante las campañas africanas, a los concursos literarios banales y con resultados de abrumadora mediocridad; asistimos a diálogos sobre la inutilidad de los servicios públicos, los tranvías, las comedias, los malos comediantes, las lecciones académicas. Son puestos en la picota artistas, se citan bailarinas, toreros, poetas fracasados. Y oímos al industrial pequeño y alicorto, al agente de la autoridad, al sereno, a los porteros solemnes de los ministerios, y al joven ingenuo que sueña todavía con la inmortalidad literaria, y a las busconas de la calle fría y desamparada.

La lengua de la obra es riquísima: nos encontramos rimas interiores (periodista, florista, luminoso, verdoso) al lado de las palabras de argot, empleadas con un brillo que nos recuerda a Quevedo. Los gitanismos (mangue, pirante, mulé), las voces callejeras de la pobreza y el sufrimiento (“colgar” por empeñar, “dar el pan de higos” por dar la virginidad, “bebecua” por bebida, “hacer la jarra” por hacer intención de pagar, etc.). Aquí aparece el léxico madrileño que inunda toda la obra (“bocón” por charlatán, “cate” por golpe, “curda” por borrachera, “chalado” por chiflado, “chola” por cabeza, “fiambre” por cadáver, “guipar” por ver, “pájara” por mujer en sentido peyorativo, “panoli” por tonto o bobalicón, “soleche” por pelmazo o latoso, “sombrerera” por cabeza, etc.)

Me he ayudado para elaborar este comentario de la magnífica introducción que hace Alonso Zamora Vicente a la obra en la edición de Espasa-Calpe. De Valle-Inclán son recomendables sus novelas Tirano Banderas (1926) Las Sonatas (1902-1905), y en teatro Divinas palabras (1919) y las tres Comedias Bárbaras

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