(L7) Exégesis de los lugares comunes (1902/1913)


Léon Bloy, Exégesis de los lugares comunes (1902/1913).

Algunos se preguntarán qué me lleva a recomendar esta semana un libro centenario. ¿Qué puede aportar al lector del siglo veintiuno? Creo que mucho, un sentido del humor espléndido y mordaz, un savoir faire francés en estado puro. El libro es un análisis de frases hechas, aquéllas que quieren decirlo todo y en realidad no dicen prácticamente nada, pero que son el lenguaje en el que se mueven muchos, entre ellos los burgueses y el clero de su época (hoy día serían los banqueros, economistas, comunicadores, etc.), a quién Léon Bloy (1846-1917) fustiga sin piedad.

El libro consta de 183 frases hechas, en la primera entrega y 127 en la segunda. Veamos algunas de las más sugerentes: “Poner el dinero a trabajar” (Muchas personas revientan en las fábricas, o en negras catacumbas, para aterciopelar los cuellos de las vírgenes engendradas por capitalistas superfinos, y que puedan disfrutar de . ¡A eso es a lo que se llama poner el dinero a trabajar!); “No se puede vivir sin dinero” (In-dis-cu-ti-ble-men-te. Y esto es hasta tal punto cierto que, cuando no se tiene, uno está obligado a coger el de los otros); “Los curas son hombres como los demás” (Como los demás es ciertamente un cumplido. Es evidente que un hombre que practica la abstinencia y que dice misa todos los días es muy inferior a los demás.); “Montar un negocio” (Por naturaleza, el burgués odia y destruye los paraísos. En cuanto descubre un lugar hermoso, sueña con talar los árboles, secar las fuentes, abrir carreteras, construir tiendas y urinarios. A esto lo llama montar un negocio.); “Muchos pocos hacen un mucho” (Así habla mi tendero mientras se embolsa el dinero de los miserables. Así habla un banquero mientras les roba los ahorros a las pobres gentes”); “No quiero morir como un perro” (Parece lícito preguntarse, e incluso preguntar a los demás, por qué un hombre que ha vivido como un cerdo no quiere morir como un perro); “Entre dos males hay que escoger el menor” (Las personas más caritativas reconocen que el mal de prójimo es siempre el menor y que ése es el que hay que escoger); “Yo no nací ayer” (He observado la frecuencia de esta observación entre los idiotas de nacimiento); etc.

En estas críticas a los lugares comunes Léon Bloy desmonta la superficialidad de la ideología burguesa y clerical de su época, la Francia de principios de siglo veinte, y que todavía tiene suficiente fuerza y predicamento entre nosotros (nuestros obispos pateándose la calle a favor de la familia tradicional). Concluiremos con toda una declaración de principios de Bloy extraído de “Obras son amores y no buenas razones”: “¿Acaso no tenemos testimonio de nuestras conciencias republicanas? ¿No somos hijos de los gigantes de la revolución? Sabemos que Dios no existe y que la historia comenzó en 1789. Estas certezas, señores míos, deben bastarnos”.

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