(L753) Tanguy (1957)

Michel del Castillo, Tanguy (1957)

Llevaba meses con ganas de leer un libro de este escritor hispano-francés. Michel del Castillo (Madrid, 1933-2024) tuvo una vida azarosa y una terrible infancia que nos explica en tercera persona en el libro que os traigo hoy.

Argumento: Tanguy explica sus primeros recuerdos de la guerra. “Todo había comenzado con un cañonazo. Era la guerra en España. Pero Tanguy no guardaba de aquellos años sino algunos recuerdos confusos. Recordaba haber visto largas colas inmóviles ante las tiendas, casas descarnadas y ennegrecidas por el humo, cadáveres en las calles, milicianas con el fusil al hombro que detenían a los transeúntes para pedirles la documentación; se acordaba de haber tenido que acostarse sin haber comido nada, de haber sido despertado por el triste ulular de las sirenas, de haber llorado de miedo al oír a los «milicianos» golpear a la puerta de madrugada...

Por la noche, escuchaba a su madre que hablaba por la radio. Ella decía que «la felicidad que priva al prójimo de su propia felicidad es una felicidad injusta», y él la creía, pues ella no mentía nunca. A menudo lloraba escuchándola. No entendía lo que decía, pero sabía que ella tenía razón porque era su madre.

Iba también frecuentemente al Retiro con su niñera. Debía pararse en las calles y levantar el puño al paso de los entierros.

En el Retiro había un enorme cañón al que llamaban el «abuelo». Al principio, los republicanos no sabían utilizarlo y los obuses caían sobre sus propias tropas. Hubo que esperar la llegada de los técnicos rusos para conocer su manejo. Los madrileños iban a verlo de cerca. Todo el mundo quería al «abuelo»: protegía la ciudad contra los cañones fascistas. Casi gritaban de alegría cuando por la noche oían su voz estruendosa que respondía a los ladridos de los otros.

En marzo de 1939 va con su madre por carretera a Valencia, de allí en un barco inglés a Oran y en un paquebote francés a Marsella. Los está esperando su padre, que resulta que es francés. Se instalan en un pequeño pueblo cercano a Vichy. Allí tienen una casita. Él va al colegio, tiene un amigo y un perro. Sus padres discuten, no se llevaban bien. El padre reprocha a la madre que sea comunista. Ella decide instalarse en Clermond-Ferrant y buscar trabajo en una fábrica. El padre los denuncia y son llevados a un campo de reclusión donde pasarán dieciocho meses. Allí conocen a una judía alemana, Raquel, que es pintora. Su madre enferma de pleuresía y los trasladan a un hospital de Montpellier. Mientras su madre está hospitalizada lo internan en un colegio de frailes donde aprende y tiene un amigo.

Cuando su madre mejora tienen que huir porque los quieren deportar a Alemania. Se dirigen en tren a Marsella donde intentan obtener un visado para México sin éxito. Contactan con un catalán llamado Puigdellivol que los pasará por la frontera por separado y los llevará a Madrid ya que tienen pasaporte francés. “No sabía aún que no se muere jamás de dolor”. Era el 2 de agosto de 1942. Su madre ha llegado a Madrid sin contratiempos. Ahora le toca a él. Está alojado en Marsella en una casa llena de judíos. Los gendarmes franceses la han rodeado y son llevados en tren a París. Son interrogados por soldados alemanes. Está solo y tiene nueve años. Los llevan en tren a Alemania en vagones de ganado durante un agónico viaje que dura cinco días.

En el campo de trabajo le asignan el barracón número 12. Traba amistad con un alemán llamado Gunther que también está preso. La dureza del lugar es demasiado para un niño. Va sobreviviendo gracias a la ayuda de Gunther. Llega el invierno y los presos mueren a decenas en los barracones. Tanguy cree que se va a volver loco. Llega la Navidad de 1943 que extrañamente se parece a un momento de paz. En la primavera de 1944 empiezan a llegar al campo gran cantidad de rusos moribundos. Los barracones están repletos, viven hacinados, la comida no llega, el hambre se vuelve insoportable. Llegan noticias de que los alemanes están perdiendo la guerra. El campo sufre bombardeos. Tanguy sufre ataques de nervios. Tenía mucho frío y estaba atemorizado. Empiezan las deportaciones masivas a los campos de exterminio. Un día vienen y se llevan a Gunther.

Cuando liberan el campo los rusos, Tanguy es llevado por un delegado de la Cruz Roja a San Sebastián, a la pensión de la señora Luciana. Encuentran a su abuela, una señora rica y distinguida que ya no vive en Madrid sino en Barcelona. Tanguy tiene doce años. Cuando llega a Barcelona se entera de que su abuela ha muerto. Como huérfano lo llevan al “Asilo Dumos. Centro Reformatorio” (Es el Asilo Durán según lo confirma Joan de Sagarra). Un lugar horroroso donde los niños internos pasan un hambre atroz. Además, las palizas a los internos y a los que se escapan son frecuentes y despiadadas. Trabajan en talleres para industriales y no reciben sueldo ni formación, la mayoría no sabe leer ni escribir. Tanguy sí, por lo que les hace pequeños favores escribiendo algunas cartas.

Un día uno de los chicos internos pierde un brazo en una máquina. Tanguy le explica al médico todo lo que ocurre en el centro jugándose su integridad física. El médico que no puede hacer nada contra los curas le da una carta de recomendación para la Sociedad de Protección de Menores de Madrid, donde tiene una amiga. Junto a Fermín, otro interno, saltan la tapia del centro aprovechando la visita del obispo y huyen.

Comentario: Como nos dice Michel del Castillo en el libro, «no hay víctimas sin verdugos». Resulta difícil encontrar una novela en la que el protagonista encadene tantas desgracias desde una edad tan temprana. Tanguy vive una infancia marcada por el desarraigo, la violencia y el abandono: primero es internado junto a su madre en el campo de Rieucros; más tarde, tras perder el contacto con ella, acaba en campos de trabajo alemanes con apenas diez años. Cuando por fin es liberado y regresa a España, lejos de encontrar refugio, cae en manos de un sistema represivo que lo recluye en el Asilo Durán de Barcelona, donde permanece prácticamente como un preso hasta lograr escapar. No resulta extraño, por tanto, que el propio autor afirme en la introducción que «no se encontró a sí mismo hasta cumplir los cuarenta años»: toda su vida parece una larga lucha por reconstruir una identidad quebrada desde la infancia.

«Tanguy no era “bien nacido”. Se sentía más cerca de los que sufren que de los que disfrutan; del lado de las víctimas, “naturalmente”. Estaba con los huelguistas contra las fuerzas del orden; con el desertor contra el tribunal militar; con el granuja contra la policía. No hubiera podido analizar aquellos sentimientos. Había aprendido que lo que separa al granuja del hombre honrado no es una barrera muy alta... Había aprendido muchas cosas y no las olvidaría nunca.»

Este fragmento resume con precisión la huella moral que deja en él esa infancia brutal: Tanguy desarrolla una empatía instintiva hacia los oprimidos, una desconfianza hacia cualquier forma de autoridad y una conciencia precoz de la fragilidad de las categorías morales. No hay en él una ideología elaborada, sino una experiencia vivida que le ha enseñado que las fronteras entre el bien y el mal, entre la culpa y la inocencia, pueden ser difusas cuando la supervivencia está en juego.

La prosa de Tanguy es aparentemente sencilla, pero profundamente desgarradora por lo que cuenta y por cómo lo cuenta: sin artificios, sin sentimentalismo excesivo, dejando que los hechos hablen por sí solos. Esa sobriedad estilística intensifica el impacto emocional del relato. La novela se convierte así en un testimonio literario de enorme fuerza, un ejemplo vivo de cómo se puede sobrevivir —o más bien malvivir— atravesando un dolor inmenso.

La infancia que retrata es una infancia fracturada, casi irreparable: el abandono materno, el hambre, el miedo constante, la violencia institucional. Sin embargo, también es el germen de una obra literaria que encuentra en la escritura una forma de reconstrucción y de resistencia. En ese sentido, toda la trayectoria de Michel del Castillo —desde Tanguy hasta La Tunique d'infamie— puede leerse como un intento de dar sentido, a través de la ficción, a una experiencia vital límite. La literatura trasciende así lo puramente autobiográfico: lo que nace como relato individual acaba adquiriendo un valor universal.

Por eso, la novela mantiene hoy una vigencia incuestionable. Mientras existan guerras, desplazamientos forzados y sistemas que deshumanizan a los más vulnerables, la historia de Tanguy seguirá repitiéndose. Basta pensar en un niño de Gaza, de Siria, Irán o de cualquier otro lugar devastado por la guerra para comprender que, en el fondo, ese niño también es Tanguy: una víctima más de un mundo en el que, como recuerda el autor, nunca hay víctimas sin verdugos.

BIBLIOGRAFÍA

Antonio Álvarez de la Rosa, Michel del Castillo: ¿autobiografía o veneno?, Universidad de la Laguna, 1999.

Jordi Batallé, Entrevista a Michel del Castillo, RFI (Radio Francia Internacional), 16/10/2015.

Michel del Castillo, Tanguy, Editorial Ikusager, Vitoria, 1999.

Luiza Iordache Cârstea, “Españoles tras las alambradas. Republicanos en los campos franceses, nazis y soviéticos (1939-1956)”, Hispania Nova, nº 1 extraordinario (2019), págs. 19 a 65.

Nieves Ibeas Vuelta, Michel del Castillo: la experiencia de “biografiar” la novela, UAM, Madrid, 2004.

Xavier Pla, La áspera verdad de Michel del Castillo, El País, 18/12/2024.

Olga Pueyo Dolader, El crimen de los padres en la narrativa oscense de Michel del Castillo: Autobiografía, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 2011.

Bernard Sicot, Literatura española y campos franceses de internamiento. Corpus razonado (e inconcluso), Cahiers de Civilisation Espagnole Contemporaine, Automne 2008.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

(L222) Cae la noche tropical (1988)

(L232) Anatomia de un instante (2009)

(L187) El jinete polaco (1991)