(L777) El libro del desasosiego (1982)

Fernando Pessoa, El libro del desasosiego (1982)

Este es un libro de lectura imprescindible dentro de la literatura portuguesa y universal. Fernando Pessoa (1888-1935) es un escritor que tiene tanta fuerza que rompe el canon y prácticamente se sale de él. Sus heterónimos expanden su obra como las múltiples serpientes de la cabeza de una medusa. Tanto su prosa como su poesía son admirables.

Fragmentos

1

Nací en un tiempo en que la mayoría de los jóvenes había perdido la creencia en Dios, por la misma razón por la que sus mayores la habían tenido sin saber por qué. Y entonces, como el espíritu humano tiende naturalmente a criticar porque siente, y no porque piensa, la mayoría de los jóvenes escogió a la Humanidad como sucedáneo de Dios. Pertenezco, sin embargo, a aquel género de hombres que están siempre al margen de aquello a lo que pertenecen, no viendo sólo la multitud de la que son parte, sino también los grandes espacios que hay al lado. Por eso ni abandoné a Dios tan ampliamente como ellos, ni acepté nunca a la Humanidad. Consideré que Dios, siendo improbable, podría existir, pudiendo por lo tanto deber ser adorado; pero que la Humanidad, siendo una mera idea biológica, y no significando más que la especie animal humana, no era más digna de adoración que cualquier otra especie animal. Este culto a la Humanidad, con sus ritos de Libertad e Igualdad, me pareció siempre una revivificación de los cultos antiguos, donde los animales eran como dioses, o los dioses tenían cabezas de animales.

Así, no sabiendo creer en Dios, y no pudiendo creer en una suma de animales, me quedé, como otros de la orla de las gentes, en aquella distancia de todo a la que comúnmente se lama la Decadencia, La Decadencia es la pérdida total de la inconsciencia; porque la inconsciencia es el fundamento de la vida. El corazón, si pudiera pensar, se pararía.

(...)

Considero la vida como una venta donde tengo que esperar hasta que llegue la diligencia del abismo. No sé adónde me llevará, porque no sé nada. Podría considerar esta venta una prisión, porque estoy obligado a esperar en ella; podría considerarla un lugar social, porque aquí me encuentro con otros. No soy, sin embargo, ni impaciente ni vulgar. Dejo estar a los que se encierran en el cuarto, echados indolentes en la cama donde esperan sin sueño; dejo hacer a los que conversan en las salas, de donde las voces y las músicas llegan cómodas hasta mí. Me siento a la puerta y embebo mis ojos y oídos en los colores y los sonidos del paisaje, y canto lento, sólo para mí, vagos cantos que compongo mientras espero.

Para todos nosotros caerá la noche y llegará la diligencia. Gozo de la brisa que me dan y del alma que me dieron para gozarla, y no pregunto más ni busco. Si lo que dejé escrito en el libro de los viajantes puede, releído un día por otros, entretenerlos también en el tránsito, estará bien. Si no lo leen, ni se entretienen, estará bien también.

6

Pedí tan poco a la vida y ese mismo poco la vida me lo negó. Un haz de parte del sol, un campo próximo, un poco de sosiego con un poco de pan, no pesarme mucho el saber que existo, y no exigir nada de los otros ni ellos nada de mí. Esto mismo me fue negado, como quien niega la limosna no por falta de buena alma, sino por tener que desabrocharse la chaqueta.

7

Hoy, en uno de los devaneos sin objetivo ni dignidad que constituyen gran parte de la sustancia espiritual de mi vida, me imaginé liberado para siempre de la Rua dos Douradores, del patrón Vasques, del tenedor de libros Moreira, de todos los empleados, del mozo, del muchacho y del gato. Sentí en sueños mi liberación, como si los mares del Sur me hubieran ofrecido islas maravillosas por descubrir. Sería entonces el reposo, el arte conseguido, el cumplimiento intelectual de mi ser.

Pero de pronto, y en el propio imaginar qué hacía en un café en el descanso breve del mediodía, una impresión de desagrado me asaltó el sueño: sentí que iba a tener pena. Sí, lo digo como si lo dijera en pormenor: iba a tener pena. El patrón Vasques, el tenedor de libros Moreira, el cajero Borges, todos los buenos chicos, el muchacho alegre que lleva las cartas al correo, el mozo de los recados, el gato cariñoso—todo eso se convirtió en parte de mi vida; no podría dejar todo eso sin llorar, sin comprender que, por malo que pudiera parecerme, era parte de mí lo que quedaba con todos ellos, que separarme de ellos era una mitad y semblanza de la muerte.

Por otra parte, si me apartara de todos ellos, y me despojara de este uniforme de la Rua dos Douradores, ¿a qué otra cosa me habría de incorporar?—porque a otra tendría que incorporarme, ¿con qué otro uniforme me habría de vestir? —porque con otro me tendría que vestir.

Y me retiro, como al hogar que los demás tienen, a la casa ajena, oficina amplia, de la Rua dos Douradores. Me incorporo a mi mesa como a un baluarte contra la vida. Siento ternura, ternura hasta las lágrimas, por mis libros ajenos en los que dejo mis registros, por el tintero viejo que utilizo, por las espaldas encorvadas de Sergio, que hace listas de envíos un poco más allá. Amo todo esto, tal vez porque no tenga otra cosa que amar—o tal vez, también, porque nada hay que valga el amor de un alma, y, si tenemos que darlo por sentimiento, tanto vale darlo al pequeño aspecto de mi tintero como a la gran indiferencia de las estrellas.

Cómo preparo el comentario.

Comentario: el poeta murió sin haber publicado el Libro del desasosiego y, lo que es peor, sin haber pasado a limpio la inmensa mayoría de sus fragmentos ni haberlos ordenado y estructurado con vistas a su publicación. Por ello, los tres estudiosos (Maria Aliete Galhoz, Teresa Sobral Cunha y Jacinto de Prado Coelho) que hicieron el trabajo de montar el libro y publicarlo tardaron en finalizarlo la friolera de trece años.

Y quizá esta circunstancia editorial no sea un detalle menor, porque la propia naturaleza fragmentaria de la obra forma parte de su singularidad. El libro del desasosiego carece de una verdadera trama y tampoco puede considerarse un diario en sentido estricto. Es un libro hecho de fragmentos, pensamientos, sueños, descripciones y estados de ánimo que, sin embargo, terminan construyendo una especie de autobiografía interior.

¿Qué traducción escoger de las muchas que existen del libro? He consultado la de la editorial Emecé de Santiago Kovadloff, la de Pre-Textos de Antonio López Ortega (discutiblemente ordenada cronológicamente, ya que Pessoa no puso fechas), la de Alianza Editorial de Manuel Moya; la de Quaderns Crema en catalán de Gabriel Sampol y Nicolau Dols (que no deja de ser una traducción de la de Acantilado). También existen traducciones de Manuel de Seabra y Mario Bojórquez, aunque no he podido encontrarlas ni consultarlas.

Por último, están las tres ediciones fundamentales que he utilizado para este comentario: la de Acantilado, de Perfecto Cuadrado (que es una traducción de la del estudioso Richard Zenith), y la de Seix Barral, de Ángel Crespo (que fue la primera en español, en 1984, y que parte de la primera edición de la editorial portuguesa Ática, en 1982). Ambas difieren algo en la ordenación de los capítulos. Y, cómo no, la edición en portugués, Livro do desassossego, preparada por Richard Zenith, adquirida en mi viaje a Évora (abril de 2025). Dejo de lado las abundantes antologías y selecciones del libro que se han publicado.

Hay varias coincidencias entre Pessoa y Soares, a quien Pessoa considera un semiheterónimo “porque, no siendo la personalidad mía, es, no diferente de la mía, sino una simple mutación de ella. Soy yo menos el raciocinio y la afectividad”. Entre las mencionadas coincidencias se cuentan la inadaptabilidad de Pessoa y Soares a la realidad vulgar –es más, su rechazo de ella‒; la coincidencia de los espacios urbanos de ambos (la Baixa lisboeta); la semejanza de sus trabajos comerciales; sus reacciones ante la sociedad, su soltería y su vida en cuartos alquilados, etc. Y esa es quizá una de las grandes paradojas del libro: cuanto más insignificante parece la vida exterior de Soares, más vasto se vuelve su mundo interior. Pero también hay otras coincidencias no menos significativas, tales como el conocimiento del francés por ambos y el no haber estado ninguno de ellos en Francia, y sobre todo, la atmósfera decadente y el tedio que impregna la vida de Soares.

Lo más fascinante de Soares es quizás precisamente la dificultad de separarlo de Pessoa. No estamos ante un personaje creado para protagonizar una historia, sino ante una conciencia que piensa, observa y escribe. El propio Pessoa parece diluirse en él, hasta el punto de que resulta difícil saber dónde termina el escritor y dónde comienza su semiheterónimo. Soares no cuenta una vida: la convierte en materia de reflexión, de ensueño y, sobre todo, de literatura.

Lisboa es también mucho más que el escenario de este libro. Sus calles, sus oficinas, sus cafés, las ventanas, la lluvia, la luz o el paisaje que contempla Soares desde su habitación forman parte de la experiencia íntima del personaje. Pessoa consigue algo extraordinario: convertir una existencia aparentemente gris y repetitiva en una experiencia literaria de enorme riqueza. La Rua dos Douradores, lejos de ser simplemente el lugar donde trabaja Soares, acaba convirtiéndose en el centro de su mundo.

En una carta a João de Lebre e Lima del 3 de mayo de 1914, Pessoa le dice: “Ese fragmento pertenece a un libro mío, del que tengo otros fragmentos escritos todavía inéditos, pero del que falta todavía mucho para el final; ese libro se llama Libro del desasosiego, a causa de la inquietud y la incertidumbre que son sus notas predominantes”.

He recogido solamente algunos de los fragmentos del libro en los que, a mi entender, mejor se muestra la fuerza creativa de Pessoa, su estilo, su prosa poética y su desbordada imaginación. Me ha emocionado especialmente La marcha fúnebre para el rey Luis II de Baviera. Pero quizá lo más extraordinario de El libro del desasosiego sea que Pessoa consigue convertir el tedio, la soledad, la inacción y hasta la incapacidad para vivir en materia literaria. Lo demás lo dejo para quien se atreva a adentrarse en sus páginas, en su fascinante y ensoñador mundo.

BIBLIOGRAFÍA

Ángel Crespo, La vida plural de Fernando Pessoa, Seix Barral, Barcelona, 1988.

Perfecto Cuadrado, Pessoa, Fernando (Lisboa, 1888–Lisboa, 1935), DHTE (Diccionario Histórico de la Traducción en España), 2015.

Diego Giménez, Los desasosiegos de Pessoa & CO, Revista de Letras, 03/12/2014.

Fernando Pessoa, El libro del desasosiego, El Acantilado, Barcelona, 2003 (3ª edición).

_____________, El libro del desasosiego, Seix Barral, Barcelona, 2008.

_____________, El libro del desasosiego, Pre-Textos, Valencia, 2014 (4ª edición).

_____________, Llibre del desassossec, Quaderns Crema, Barcelona, 2018 (2ª ed.).

_____________, Livro do desassossego, Assírio & Alvim, Porto, 2024.

Alejandro Rodríguez Morales, Los libros del desasosiego de Fernando Pessoa, Word Press, 20/04/2016.

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