(L50) 84, Charing Cross Road (1970)


Helene Hanff, 84, Charing Cross Road (1970)

Qué historia más bonita sobre el amor a los libros, la literatura y la amistad a través de la correspondencia mantenida entre Helen Hanff (1918-1997) y el librero Frank Doel durante veinte años. De vez en cuando aparecen obras que parecen haber sido escritas en estado de gracia, fluyen con facilidad y su carácter leve, alejado de todo envaramiento, las hace frescas y redondas.

Las cartas son deliciosas; al menos para un amante de los libros y la lectura. Además, nos irán introduciendo, a través de las referencias más prosaicas, especialmente aquellas que se refieren a los alimentos que la norteamericana envía a sus corresponsales londinenses, en los avatares de la vida cotidiana de la posguerra: desde los racionamientos de alimentos en Gran Bretaña (y así oiremos hablar de los huevos en polvo, de dudoso gusto y execrable consistencia) hasta los primeros automóviles utilitarios, pasando por el intercambio de recetas del auténtico pudding de Yorkshire. Y siempre con un trasfondo literario que nos deja comentarios que son perlas, como el que se refiere a la necesidad de releer los libros de valía, o el que transcribimos a continuación: “personalmente creo que no hay nada menos sacrosanto que un mal libro e incluso un libro mediocre”.

Helene Hanff descubre un pequeño anuncio en el Saturday Review de una librería de Londres especializada en libros de segunda mano. Decide escribir a esa librería pidiendo ediciones difíciles de encontrar en Nueva York y a un precio módico (pues no le sobra el dinero). Le contesta un circunspecto Frank Doel, fiel empleado de esa librería. De ese modo se inicia una correspondencia que durará veinte años, donde Helene y Frank Doel hablan de libros y libras, autores olvidados, harina, huevos, peniques, centavos, penas, alegrías, esperanzas, sueños, las insignificantes minucias que conforman dos vidas. La alegría, el humor, el ingenio, la efervescente personalidad de Helene contrasta con la aparentemente fría corrección británica a ultranza de Frank Doel.

Pero el vínculo que les une, el amor a los libros, es más fuerte que sus diferencias y va haciéndose más profundo cada año que pasa. La intimidad conseguida por este par de almas solitarias es más rica, más vívida, más real que ese océano que les separa y que ninguno de ambos se atreve a franquear.

El poder de evocación de este texto es fascinante: a medida que avanza la obra, el peso de las palabras no dichas, de las cosas que ninguno de ambos menciona, pero cuya ausencia se hace más y más presente en la obra, es un elemento que juega tierna y hábilmente con el espectador, llevándole más allá de los confines del apartamento de Helene y de ese lóbrego pero luminoso 84 Charing Cross Road, donde consume sus días Frank Doel.

84 Charing Cross Road es la historia de dos almas solitarias unidas por una pasión: la pasión por la lectura, por los libros, por esas ventanas hacia otras vidas que nunca nos dejan de fascinar. Existe una adaptación al cine que logra recrear, con bastante acierto, la atmosfera del libro protagonizada por Anne Bancroft y Anthony Hopkins[1]

[1] David Hugh Jones, 84 Charing Cross Road (1987).

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