(L70) Las sabidurías de la antigüedad (2006)


Michel Onfray, Las sabidurías de la antigüedad (2006)

La filosofía, en su período griego, pero también después, ha presentado siempre un doble rostro, del que se muestra y privilegia un solo lado. Pues, al salir triunfadores Platón, los estoicos y el cristianismo, imponen su lógica: odio al mundo terrenal, aversión a las pasiones, las pulsiones y los deseos, desacreditación del cuerpo, el placer y los sentidos, sacrificados a las fuerzas nocturnas, a las pulsiones de muerte. Es difícil pedir a los vencedores que escriban objetivamente la historia de los vencidos. Pues bien, esto es lo que hace con acierto Michel Onfray (1959) en su libro Las sabidurías de la antigüedad (2006), que pretende ser el primero de una contrahistoria de la filosofía. La anécdota antigua, ante la ausencia de libros o su extremada rareza, equivale al aforismo moderno en el orden de las ideas.

El materialismo abderita: I. Leucipo de Mileto (450-370 a.c.). Con él se inicia la corriente filosófica que considera que la alegría, la felicidad y, por qué no, cierta concepción del placer son objetivos deseables para el sabio. En su mundo no hay más que átomos, el vacio y movimientos de los primeros en el segundo. II. Demócrito de Abdera[1] (460-370 a.c.). Discípulo del anterior, la causalidad es inmanente y material; no hay razón divina; todo pasa, la eternidad es una ficción, o en todo caso, lo único eterno es el cambio; los dioses no existen, ni tampoco la fortuna como modalidad de trascendencia; es el trabajo sobre uno mismo lo que hace posible la modificación personal. III. Hiparco el pitagórico (siglo IV a.c.). No confiar, no esperar, no contar con… concentrarse exclusivamente en la modalidad del tiempo presente, no permitir que la nostalgia ni la proyección al futuro tengan ningún poder sobre nosotros. IV. Anaxarco (siglo IV a.c.). La creación para sí de una soberanía inmarcesible aun al precio de la insolencia cínica. La felicidad reside en la capacidad para no dejarse afectar por nada que provenga del exterior.

La sofística: V. Antifón de Atenas (480-411 a.c.). El alma debe evitar tensiones y combates, siendo material y mortal como el cuerpo, el alma se trabaja, se cuida, se calma, es posible que a ella se acceda por el lenguaje, el verbo, la palabra, la voz. (No os suena a psicoanálisis). Todas las leyes obstaculizan la autonomía y la libertad individuales. La riqueza, los honores y la familia esclavizan. La naturaleza enseña la igualdad absoluta de todos.

Los cirenaicos: VI. Arístipo de Cirene (435-350 a.c.). Indiferencia respecto al dinero, condena de los honores, rechazo del poder excepto el que se obtiene sobre uno mismo, la importancia de la educación, lo ridículo de los valores ficticios, el rechazo de todas formas de apego, lo que ata y crea obstáculos. Gozar del instante, pedir al presente lo que puede dar. No ser consumido ni abrasado por los placeres sino calentado por ellos.


La constelación cínica: VII. Diógenes de Sínope (413-323 a.c.). Seguir a la naturaleza, rechazar la cultura, no preocuparse por las conveniencias y burlarse de la mirada y del juicio de los otros. Los malos placeres provienen del tener: casarse, procrear, correr tras el dinero, tener en consideración la opinión de los demás, esperar la fama, frecuentar a los poderosos, viajar, dedicarse a la política. Los buenos placeres mantienen una relación directa con el ser. A quien le dice que vivir es un mal responde no, vivir no, sino vivir mal. Antístenes (445-360 a.c.). Placeres triviales en lugar de placeres sutiles.

El platonismo y el placer: VIII. Filebo. La manipulación que realiza Platón de los hedonistas en su diálogo sobre el placer y la vida feliz. IX. Euxodo de Cnido (408-356? a.c.). El placer es un bien, todos los seres tienden a él, el placer es un fin en sí mismo, como añadido a una actividad justa y moderada, el placer resulta un bien más deseable. X. Pródico de Ceos (470-415? a.c.). Un fragmento titulado la elección de Hércules, elegir entre dos mujeres llamadas Goce (la facilidad de los placeres) y Virtud (la construcción de un destino), Hércules se queda con ambas.


El epicureísmo grecolatino: XI. Epicuro de Samos (342-271 a.c.). Afirma que se filosofa con un cuerpo. El jardín comete la aberración de recibir mujeres a las que considera iguales que los hombres contrariamente a los partidarios de la filosofía idealista. El epicureísmo ataca los mitos, las creencias, las ficciones, las religiones, los dogmas, los lugares comunes, las ilusiones y las evasiones imaginarias consustanciales a todas las épocas. Epicuro propugna un ateísmo tranquilo (si existen dioses éstos no se preocupan de los hombres), una algodicea[2] pagana (el bien es la ausencia de sufrimiento, intransigencia implacable ante lo perjudicial para el cuerpo y el alma) y un ascetismo hedonista (ejercicio de la virtud a través del placer). Los átomos, el vacio y el movimiento, fuera de la materia no hay nada. “¿Qué habría que temer de la muerte? Puesto que el bien y el mal residen en sensaciones y puesto que la muerte supone la ausencia de éstas, no es para nosotros nada, ni un bien, ni un mal… ¿Está ella? Entonces no estamos nosotros. ¿Estoy yo? Entonces ella no está. ¿Por qué sufrir por lo que no existe? ¿Para qué adelantarse a un sufrimiento trayendo al presente un eterno ausente?” Pulsión de vida frente a pulsión de muerte. Epicuro distingue entre los deseos naturales y necesarios (tienen que ver con la sed, el hambre y la protección del frio), los naturales no necesarios (la sexualidad)[3] y los no naturales ni necesarios (el artificio: riqueza, poder, gloria)[4]. El mundo de las ideas corresponde a la más pura de las ficciones, lo mismo que la existencia de un alma incorporal, pues lo único que existe son los fenómenos y los sentidos para captarlos. El Jardín de Epicuro es la anti-República de Platón.[5]

XII. Filodemo de Gadara (110-40 a.c.). Sabemos de su obra por los papiros encontrados en Villa Pisón. El filósofo debe tender a una obra maestra singular: la construcción de sí mismo. Frugalidad en la mesa, ni el exceso del lujo ni la afectación de la pobreza. Despreciar la riqueza, moderar los deseos, renunciar al mundo de las ficciones sociales, tender a la paz interior, reducir las necesidades a lo elemental, practicar un erotismo no alienante aquel que no arrebata la razón. Un placer de vivir, una paz adquirida, una serenidad que nada perturba. Invita a recoger hoy mismo las rosas de la vida que muy pronto se marchitarán, gozar el presente sin contaminarse con la idea ni el temor de la muerte, el ejercicio del puro placer de existir. Pasamos de la ascesis austera del Jardín griego al júbilo voluptuoso de la Villa romana.


XIII. Lucrecio (99-55 a.c.). Los átomos permiten en virtud de la multiplicidad de organizaciones producir toda la diversidad del mundo, a través la inclinación de los átomos entre sí (clinamen), la fuerza que los mueve, un vitalismo[6]. Lucrecio ataca la religión en su fundamento mismo. Los hombres crean dioses partiendo de sus debilidades estructurando fuerzas omnipotentes en las que depositan su confianza. La muerte de los dioses permite el nacimiento del hombre y del poder de éste sobre su destino. Desmitifica la muerte, morir exime de sufrir. Muero, luego, no soy, luego no sufro, ni gozo. Sólo quedan los átomos en su danza inmutable e inmortal. No hay dioses malos, ni infierno, ni paraíso, no hay reencarnación, ni otros mundos poblados de criaturas fantasmagóricas. El universo, complexión de átomos, es infinito. Final de toda trascendencia, advenimiento de la inmanencia más absoluta. La muerte es una necesidad, la sabiduría consiste en hacer de la necesidad virtud, en integrarse al movimiento natural de las cosas y no rebelarse contra aquello sobre lo que no tenemos ningún poder. Los hombres viven como si no hubieran de morir jamás, ése es el problema. El goce auténtico reside en esta lección simple: un cuerpo que no sufre, un alma que conoce el bienestar de la ausencia de temor. Nada más.

XIV. Diógenes de Enoanda (siglo II a.c.). Mandó gravar sentencias epicúreas en un muro de cuatro metros de alto y ochenta de largo. Los méritos en el que se encuentra el hombre de avanzada edad: acabada la tiranía del deseo, las ansias de la pasión, dominados los afectos, el cuerpo vive a un ritmo reducido parecido a la ataraxia[7].


[1] La filosofía oficial, en un intento de desprestigiarlo y considerarlo menor, lo ha denominado presocrático, cuando sólo es diez años más joven y sobrevive a Sócrates (469-399 a.c.) 30 años. No solamente a él sino a varios contemporáneos.
[2] La Algodicea (justicia del dolor) frente a la Teodicea idealista (justicia de Dios).
[3] Epicuro, evidentemente, no podía conocer las teorías de Freud y que una frustración puede ser antes causa de problemas y sufrimientos. Horacio y Lucrecio la considerarán natural y necesaria.
[4] La filosofía, la amistad, el arte ¿son deseos naturales? No, pero son deseables puesto que causan placeres considerables, como la de restaurar el orden, producir armonía, serenidad y ataraxia.
[5] El pensamiento político moderno surge de estas frases epicúreas: existe un derecho natural en virtud del cual se reconoce que es útil no hacerse daño unos a otros ni sufrirlo; nada es justo o injusto en caso de no haberse acordado previamente ningún contrato entre las partes interesadas, ya se trate de pueblos o individuos; la justicia no tiene existencia en sí misma sino en relación con el mencionado contrato.
[6] Un vitalismo de estilo Bergsoniano.
[7] Se denomina Ataraxia (ταραξία) a la disposición del ánimo propuesta por los epicúreos, estoicos y escépticos, gracias a la cual alcanzamos el equilibrio emocional, mediante la disminución de la intensidad de nuestras pasiones y deseos y la fortaleza del alma frente a la adversidad, y finalmente la felicidad, que es el fin de estas tres corrientes filosóficas. La ataraxia es, por tanto, tranquilidad, serenidad e imperturbabilidad en relación con el alma, la razón y los sentimientos.

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