(L69) Las pequeñas virtudes (1962)


Natalia Ginzburg, Las pequeñas virtudes (1962) 


Segunda novela que comentamos de Natalia Ginzburg (1916-1991). A medio camino entre el ensayo y la autobiografía, “Las pequeñas virtudes” reúne once textos de tema diverso: 1.- Invierno en los Abruzos. 2.- Los zapatos rotos. 3.- Retrato de un amigo (Dedicado a Cesare Pavese). 4.- Elogio y lamento de Inglaterra. 5.- La Maison Volpé. 6.- Él y yo. 7.- El hijo del hombre. 8.- Mi oficio. 9.- Silencio. 10.- Las relaciones humanas. 11.- Las pequeñas virtudes.

Estos relatos comparten una escritura de apariencia instintiva, pero poseen una profunda reflexión sobre la condición humana, una mirada comprometida con el ser humano. La guerra, su miedo y pobreza, el recuerdo estremecedor y bellamente sostenido de Cesare Pavese y la experiencia intrincada de ser mujer y madre son algunas de las historias de una historia –personal y colectiva– que Natalia Ginzburg ensambla magistralmente, en estas páginas de turbadora belleza, con una reflexión sagaz siempre atenta al otro, arco vital y testimonio del oficio –vocación irrenunciable– de escribir.

De los once relatos mis preferidos son el sexto y el onceavo del cual reproduzco su maravilloso inicio: “Por lo que respecta a la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito sino el deseo de ser y de saber”.

Si bien se mira, el ahorro, la prudencia, la astucia y la diplomacia son virtudes propias de una vida en precario, propias del estado de sitio; son las virtudes de la retaguardia: el ahorro linda con la mezquindad; la prudencia, con la cobardía; la astucia y la diplomacia, con la mentira. Si no se puede gastar ni arriesgar ni confiar ni amar, uno debe guardar el alma, triste, tímida, atemorizada, en el estómago o en el páncreas, como Teresa, la triste heroína de Milan Kundera, en La insoportable levedad del ser (1984), que no se atreve a levantarla hasta los ojos porque teme que alguien pueda ver el estado de indefensión en que se halla. Si desarrollamos una moral de trinchera, corremos el riesgo de vivir toda la vida atrincherados, y dado que solo tenemos una vida, arriesgamos demasiado.

Vivir cada día es una aventura complicada, una navegación, como decían los griegos, que requiere poner en juego las grandes virtudes, si queremos que nuestra vida alcance una talla humana. “Navegamos diversamente sobre el océano de la vida, canta el poeta ilustrado inglés Pope, la razón es la brújula, pero la pasión es el viento.” Para navegar hay que poner corazón.

Al deseo de ser y de saber habría que añadir “saber perder”, un aprendizaje imprescindible en el oficio de vivir, si tenemos en cuenta que la vida, poco a poco y como sin querer, nos arrebata continuamente cosas pequeñas y grandes en las que habíamos puesto el corazón, algunas de las cuales nos parecía que no íbamos a perder nunca, como la belleza y el aroma de la juventud, las personas que amamos, y, casi siempre, la salud, la energía y las ilusiones. Y tenemos que seguir sin ellas.

Comentarios

  1. Parece un libro interesante según las opiniones que expresas en tu artículo. Has conseguido que tenga ganas de leerlo.
    Un beso,
    Beatriu

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