(L74) Guerra y Paz (1869)


León Tolstoi, Guerra y paz (1869)

Aprovechando la nueva traducción del original ruso, completa y fiel, hecha por Lydia Kúper de Velasco de Guerra y paz de Liev Tolstoi (1828-1910) he dedicado casi cuatro meses a su lectura. La tarea ha sido ardua pero feliz. Cada invierno leo por las noches una obra capital, monumental por su calidad, tamaño y extensión y que no se puede llevar en el transporte público. He de deciros que comentar esta obra en pocas palabras me supera, necesitaría un espacio y un tiempo del que no dispongo, así que os pido que seáis indulgentes con estas líneas.

La maestría narrativa de Tolstoi se puede comprobar en varios ejemplos. Veamos el primero de ellos: Al inicio de la novela, mientras el conde Bezújov agoniza, el príncipe Vasili intriga por el testamento junto a una posible heredera, la princesa Catiche, están hablando en un cuarto con chimenea de cómo conseguir las últimas voluntades del conde que se encuentran en una bolsa en la cabecera de su cama. Pierre Bezújov, hijo natural del conde, es acompañado, ante su timidez, más bien forzado por Anna Mijaílovna a ver a su padre, entran por la puerta de servicio, suben las escaleras, pasan por numerosas habitaciones y llegan a una justo en el instante en que sus dos ocupantes, el príncipe Vasili y la princesa Catiche están conspirando, al verlos entrar callan. El tiempo narrativo se ha recogido sobre sí mismo y vuelve al mismo lugar para darle a la acción un mayor énfasis. Muere el conde Bezújov y no sabemos quién es el heredero de su fortuna. Tolstoi nos traslada a la finca de Lisie-Gori, propiedad del príncipe Bolkonsi. Su hija Maria Bolkónskaia recibe carta de su amiga Julie Karáguina, donde le explica la muerte del conde Bezújov y como su herencia va a parar a su hijo natural Pierre al que al final reconoció como legítimo. La acción ha dado un salto hacia adelante y mediante la utilización de la carta, que trae noticias del pasado, nos ha explicado todo aquello que no sabíamos pero queríamos saber y que nos tenía en vilo y, al mismo tiempo, ha enlazado la narración con otros personajes que desarrollarán su propia historia. Esto es una muestra, desde mi punto de vista, de un talento y un dominio narrativo de primer orden.

Un segundo ejemplo sería la utilización de más de doscientos personajes con papel en la obra, aunque solamente son una veintena de ellos los que llevan el peso de la misma. Son las familias Bolkonski (Maria Bolkónskaia, Andréi su hermano y el padre Nikolái); Rostov (Nikolái, Petia, Vera, Natasha Rostova, todos ellos hermanos más la condesa y el padre Iliá Rostov); Bezújov (Pierre y su padre) y Kuraguin (los hermanos Anatole, Hipólito y Elena Kurágina, Vasili Kuraguin padre de los anteriores). Más otros personajes como Vasili Denísov, Fiódor Dólojov, Anna Drubetskaia, su hijo Borís Drubetskói, Julie Karáguina (amiga de Maria Bolkónskaia y esposa de Borís Drubetskói), Platón Karatáiev (soldado ruso); Mijaíl Kutúzov (Comandante de las fuerzas rusas); Napoleón; El emperador Alejandro; Lisa Mein (primera esposa del príncipe Andréi Bolkonski); Fiódor Rastopchin (Gobernador de Moscú); Sonia (sobrina del Conde Rostov).


Algunos de estos personajes son reales, otros inventados, pero todos parecen vivos y a punto de salir del libro. Perfectamente diferenciados tanto física como psicológicamente nos encontramos frente a unos héroes y unas heroínas únicos en todos sus defectos y todas sus virtudes. Aquí no hay buenos ni malos, el realismo de Tolstoi es consecuente y constante durante todo el libro. Nunca nos encontramos delante de una situación exagerada o mal resuelta. La humanidad de la que el autor ha dotado sus creaciones no nos deja detectar incongruencias en su manera de actuar. Los errores y los aciertos de Natasha, Andrei, Napoleón, Pierre, Kutúzov, Nikolai y un largo etcétera se pagan muy caros o se premian justamente, pero nunca desentonan dentro del curso narrativo.


Tolstoi es una persona profundamente creyente y esta fe religiosa aparece en la novela. Aparece la figura del terrateniente filósofo, en este caso es Pierre Bezújov, que intenta mejorar la vida de sus siervos (reflejo del mismo Tolstoi). Como el niño que mete sus manos juguetonas dentro la arena y las saca llenas a rebosar de millones de granos relucientes que en su imaginación parecen pajitas de oro, así Tolstoi mete las suyas, de escritor ambicioso e irrepetible, dentro de un pedazo de la historia y las saca rellenas de tesoros, hallazgos y reflexiones que su pluma fija al papel, una por una, con la paciencia, la mención y la elegancia del genio que sabe perfectamente cómo y a dónde quiere llegar.

Liev Nikoláievich Tolstói, como si de un gran chef se tratara, no deja nada al azar. Sus creaciones más elaboradas, Anna Karenina (1877) y Guerra y paz (1869), salen de la cocina, perfectas, en su punto. Los defectos del Tolstói moralista, que a veces nos sermonea y que tan fáciles de reprochar son para algunos de sus críticos, no dejan de ser en el fondo menudencias insignificantes si las contraponemos a todo el que su literatura representa y nos aporta.

La magnificencia de Guerra y Paz nos deja claro que la intención del autor ruso era acaparar toda una época y un crucial momento histórico sin perder detalle. La manera sublime que tiene de conseguirlo sorprende al lector todavía hoy en día. Tolstoi a sus 35 años quería escribir la novela total; una crónica y un documento dónde reflejar todos sus saberes, todos sus pensamientos y todo su genio.

Tolstoi nos hipnotiza y una vez que nos tiene subyugados a su voluntad nos transporta de los exuberantes salones, dónde tienen lugar los bailes y reuniones de la alta sociedad de Moscú y San Petersburgo, hasta el campo de batalla de Austerlitz donde el barro y la sangre de los soldados se mezclan en la tierra simbolizando los horrores de la guerra. Entonces en un ejercicio literario milimétrico nos devuelve a los palacios y a la vida cotidiana de una sociedad que parece vivir al margen de los acontecimientos hasta que, ya demasiados tarde, nos encontramos en medio de la batalla de Borodino y después con las tropas francesas ocupando Moscú.... todo esto nos lo cuenta Tolstoi con la naturalidad que un abuelo cuenta un cuento a su nieto.

Para Tolstoi la historia mundial es resultado de infinitas gestas anónimas y de experiencias personales, los grandes movimientos públicos y sociales nunca son decididos y mucho menos gestados por la voluntad de un solo hombre, sino por la predisposición de todo un pueblo o sociedad. Tolstoi se luce y sobresale intentando explicar esta filosofía suya y consigue convencernos a través de numerosos y acertados ejemplos de todos los hechos que analiza, siempre con el distanciamiento del gran historiador.

"¿Qué son los grandes hombres? Son seres humanos corrientes lo suficientemente ignorantes y vanos para asumir la responsabilidad de la vida de la sociedad. Tales individuos prefieren cargar con la culpa de todas las crueldades, injusticias y desastres que se justifican en su nombre, a reconocer su insignificancia e impotencia en la corriente cósmica, que sigue su curso sin respetar la voluntad ni los ideales de dichos individuos." "El individuo es libre cuando es el único involucrado, de modo que, cuando levanta el brazo, es libre dentro de unos límites fijos."

“Igual que el sol y cada átomo de éter son una esfera completa en sí misma y, al mismo tiempo, no son más que un átomo de un todo enorme que por su misma inmensidad el hombre no puede concebir, así cada individuo lleva sus objetivos en sí mismo y, a la vez, sirve con ellos a un objetivo general, inaccesible al ser humano”.

Para concluir mencionar que es una lástima la encuadernación que desluce el nivel de la edición, hay que ver con qué facilidad el libro se deshoja.

Comentarios

  1. Miraré de trobar una traducció en català d'aquesta novela poder llegir-la amb tranquilitat aquest any, encara que tinc una agenda complicada, però alguna mossegada penso fer-li.
    A reveure

    Cebrià Vicente

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  2. Leer "Guerra y Paz" da guerra pero terminarla da paz.

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  3. Xaval, el gran León es el Seat León Cupra y a éste si que no hay quien le hinque el diente.

    Una salutació

    Aureli Hidalgo

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