(L96) El largo adiós (1953)



Raymond Chandler, El largo adiós (1953)

Obra de madurez de Raymond Chandler (1888-1959), El largo adiós (1953) discurre a través de una compleja trama que se urde en torno a Terry Lennox, millonario consorte y veterano de guerra con el que el detective Philip Marlowe simpatiza a primera vista,­ y su acaudalada mujer. El detective no sólo encarna aquí, una vez más, una honradez y rectitud que, por raras, lindan con la extravagancia, sino que a lo largo del libro, tanto él como el resto de personajes que se imbrican en la acción, son matizados con una sensibilidad que hace que la novela trascienda de forma indudable las convenciones del género.

Cómo ya os he dicho en algún otro lugar no creo en la novela de género. Para mí una obra es buena o mala independientemente del género que trate, ya sea policíaco, amoroso, de aventuras, introspectivo, histórico, etc. Creo que aquí nos hemos topado con una excelente novela donde la integridad moral del personaje protagonista choca contra la sociedad que le ha tocado vivir y contra una serie de personajes que no hacen del camino recto su propósito de vida: la policía, el millonario, la rubia fatal, el escritor borracho, la hija del millonario, el mafioso, los matones, el sheriff, la prensa (la mayoría de ella comprada) y sobre todo los políticos. Los temas que yo resaltaría de la novela son: la vida en la cárcel (p. 57-60); los tipos de rubia que existen (p. 98-99); la democracia y la economía de producción en masa (p. 248-250); los suicidios (p. 271); la descripción de la ciudad (p. 290-291); cómo son los negocios (p. 294); como resalta el silencio (p.  322); la justicia y la ley (p. 334-335); sobre el juego y la mafia (p. 372-373); sobre el matrimonio (p. 383-384).

Me he basado para elaborar lo que sigue en un excelente artículo de Adrian Medina Liberty, El largo aliento de Raymond Chandler (2006). No es fácil que una novela negra te emocione, te emocione hondamente. Y no con disparos, con persecuciones, con escenas de tremendismo y osadía, sino hablando de la amistad. La cima de la novela negra es, para muchos lectores y críticos, El largo adiós. También para mí. Chandler cuenta la historia de un hombre que ayuda a otro un par de veces, cuando se encuentra en mal estado, borracho y en sus horas más bajas. No le importa saber quién es ese borracho, no le interesa su historia: le ayuda porque quiere hacerlo y quizá porque es un sentimental. Ese hombre es Philip Marlowe, detective privado que puede ser duro pero que es muy humano, sensible al sufrimiento de los demás, alguien que sabe ponerse en el lugar del otro y que cuando cree en ese otro lo defiende sin importarle lo que cueste: la cárcel, en su caso. Chandler dedica unas valientes, documentadas y reveladoras páginas a hablarnos de la cárcel y sus celadores, de los policías que golpean y son bravucones, de la las leyes y su cumplimiento que le arrebatan a uno por su valor literario y también por su valor de compromiso.

Por supuesto, hay algo de romántico y de hombre de otro tiempo en la actitud de Marlowe cuando acepta ir a la cárcel y se calla para no perjudicar a un tipo al que nada le debe, con el que ha compartido unos cuantos tragos y algunas conversaciones en las que no han faltado las descalificaciones personales. Un tipo que no le cae del todo bien, porque ha vuelto a casarse con una rica, hija de multimillonario, que lo utiliza como pantalla ante su padre y no se priva de recibir a cuantos amantes le apetece llevarse a la cama. Un tipo que, intuye desde el primer día, sólo puede traerle problemas. Pero en la actitud de Marlowe late una confianza en el género humano, pese a todo, y una afirmación que no podemos pasar por alto: todo hombre se merece una segunda oportunidad. Y que Marlowe sea capaz de ver los errores del otro, sepa tolerarlos es otra lección. El existencialismo también es esto. Marlowe es amigo de un tipo con las dudas y las contradicciones y los errores a flor de piel. Pero esos fallos no le hacen menos amigo de Marlowe, no hacen que Marlowe le valore menos, ni que rehúse ayudarle en un momento muy decisivo. Cuando se entera, aún detenido y ante un agente de la fiscalía del distrito, de que el tipo que era su amigo, Terry Lennox, ha muerto, tras pegarse un tiro en una habitación de hotel, dice Marlowe: "Salí...y cerré la puerta. La cerré tan silenciosamente como si dentro acabara de morirse alguien". Y el lector se emociona, sigue los pasos y los pensamientos no narrados de Marlowe y lamenta con él la pérdida.

Desde los primeros párrafos, se hace evidente que con El largo adiós Chandler pretendía redimensionar la novela negra. Aunque, como en otras de sus obras, existen varios asesinatos por dilucidar, el motivo vertebral no gira en torno a dicha tarea de esclarecimiento, sino que –asunto que sorprende por entero en el mundo de la literatura detectivesca– refiere a la fidelidad y los límites de la amistad. La mayoría de los casos de Philip Marlowe, el emblemático personaje de Chandler, se inician con la visita de algún cliente que generalmente le inspira poca confianza y que lo involucra en una espiral de relaciones conflictivas e inconvenientes intrigas. En esta novela, sin embargo, la trama da comienzo con un episodio fortuito donde un hombre completamente ebrio, Terry Lennox, está tratando de acomodarse detrás del volante de su lujoso automóvil, pero "su pie izquierdo seguía balanceándose fuera, como si su propietario hubiera olvidado que le pertenecía". Su atractiva acompañante no hace ningún esfuerzo por ocultar su fastidio e intolerancia y termina por abandonarlo en plena calle. Este episodio, que podría inspirar repudio o benevolencia por la grotesca pero también inerme condición de Lennox, genera una reacción fraternal por Marlowe, quien decide ayudarle incondicionalmente. (Párrafo extraído del artículo de Adrián Medina Liberty)

Con esta acción inopinada comienza una amistosa relación de intensos claroscuros y funestas consecuencias. "No hay trampa más mortal –reflexiona Marlowe– que la que se prepara uno mismo." Tanto Lennox como Marlowe son personas solitarias, desencantadas que destilan cinismo. Estas características los acercan y les permite compartir gimlets en un par de bares que comienzan a frecuentar. El tratamiento del tema de la amistad nunca había recibido tanta dedicación por Chandler y su exploración le permitió realizar su novela más ambiciosa y mejor lograda por la elaboración psicológica de sus personajes. Como nunca antes, la propia ciudad de Los Ángeles se manifiesta contundentemente como si fuera otro complejo y desilusionado personaje:

“Allí fuera, en la noche entretejida por mil delitos, la gente moría, la mutilaban, se hacía cortes con cristales que volaban, era aplastada contra los volantes de los automóviles o bajo sus pesadas llantas. A la gente la golpeaban, la robaban, la estrangulaban, la violaban y la asesinaban; gente que estaba hambrienta, enferma, aburrida, desesperada por la soledad o el remordimiento o el miedo; airados, crueles, afiebrados, estremecidos por los sollozos. Una ciudad no peor que otras, una ciudad rica y vigorosa y rebosante de orgullo, una ciudad perdida y golpeada y llena de vacío”.

Particularmente, la amistad entre Lennox y Marlowe se desenvuelve con aparente naturalidad, aunque el primero mantiene un incómodo secreto y el segundo se aferra a una lealtad que incluso lo enfrenta con la policía. A la postre se descubrirá la asimetría de su relación y la flaqueza de los andamios que la sostenían.
A lo largo de la trama, Marlowe va recolectando desengaño tras desengaño y, por ello, vemos que el personaje se va suavizando y manifiesta menos cinismo que en los otros libros. Incluso los editores de Chandler le enviaron una carta en un tono muy cortés, pero que manifestaba su discordancia por el nuevo sentimentalismo del personaje. En un principio, Chandler realizó algunas correcciones para endurecer a Marlowe, pero, después de un viaje a Inglaterra, prefirió romper con la editorial y mantener el giro romántico de Marlowe. Él mismo se reconocía, en esos momentos, como un sentimental: "Soy lo bastante anticuado para estar profundamente enamorado de mi esposa después de veintiocho años de matrimonio."

Incuestionablemente, Chandler fue perfilando mentalmente las características de su personaje con cierta anticipación, pero al ponerlo dentro de las diversas circunstancias de las narraciones, éste fue adquiriendo cierta autonomía al quedar inmerso dentro de contextos determinados. Lo fascinante del proceso creador es que cuando un autor logra entretejer inteligiblemente las interrelaciones, las situaciones, los escenarios y los diálogos, constituye un mundo que insinúa una realidad posible. El comportamiento del personaje, por consiguiente, resulta, si no determinado, sí fuertemente influido por las propias características de esa realidad. Así, entonces, era casi inevitable que en la urdimbre creada por Chandler en el mundo de El largo adiós Marlowe hablara y actuara como lo hace. Como quiera que sea, Marlowe no deja de ser ese agente catalizador tanto de las desdichas como de los beneficios, éstos más bien escasos, de un sistema social desigual e injusto y donde la policía no desempeña más que un papel asignado por la gente poderosa. El capitán de la policía involucrado en el caso de Marlowe no es muy diferente de muchos otros, "y es de los que resuelven los delitos con el reflector en los ojos, la cachiporra blanda, la patada en los riñones, el rodillazo en el bajo vientre, el puñetazo en el plexo solar, el golpe en la rabadilla". Respecto a la legalidad de la sociedad, Chandler-Marlowe no es menos critico: "Se ha leído el código –dice un personaje–. Como mucha gente que lee un libro de derecho, piensa que la ley está ahí."

El libro abunda en comentarios irónicos y señalamientos lapidarios sobre los modos y los hábitos del norteamericano medio y, sobre todo, logra problematizar con envidiable tino la línea divisoria entre el criminal y la persona corriente. "Calculo –reflexiona el asistente de un juez–, que el sesenta o el setenta por ciento de los asesinos que acaban en la cámara de gas o en la silla eléctrica o al extremo de una soga son personas cuyos vecinos consideran tan inofensivos como un vendedor de enciclopedias."

Esta novela, la más extensa y la más ambiciosa, refrenda que Chandler era un escritor de gran alcance que no sólo procura el placer de un enigma, sino, particularmente, logra instigar en el lector la reflexión crítica de una realidad que, desafortunadamente, no ha cambiado demasiado.

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