(L97) Frankie Adams (1946)


Carson McCullers, Frankie Adams (1946)

La obra literaria de la norteamericana Carson McCullers (1917-1967) nos entrega la magia de las cálidas noches del Sur en las que reptan los malsanos pecados del racismo y de la incomunicación. En los años de infancia se grabaron en ella los escenarios que revive en su obra: los veranos ardientes, los pequeños cafés, los barrios venidos a menos, los extraños personajes (entre galería de monstruos y teatro de fenómenos) de la vida provinciana. La frontera entre lo real cotidiano y lo maravilloso es fluida en los relatos de McCullers. (Ignacio Arellano, Catedrático de Literatura, Universidad de Navarra).

Argumento: Frankie es una adolescente talluda, descuidada y soñadora. Acaso porque es huérfana de madre, su padre se pasa el día trabajando y su hermano está en Alaska. Sus únicos acompañantes, entre el calor y las moscas de la pequeña ciudad del sur de Estados Unidos, son su pequeño primo John Henry y Berenice la cocinera negra; los tres crean un mundo propio de palabras, juegos, peleas y confidencias. Es verano y sin amigas; solitaria y asqueada de la monotonía de la ciudad y de su vida, Frankie sólo espera el día de la boda de su hermano para huir con ellos, de esa inmunda ciudad y de sus habitantes.

McCullers ama a los desheredados, a las víctimas de prejuicios ajenos y de complejos propios, a los mudos y jorobados, a los negros sometidos a la esclavitud, un poco al estilo de Faulkner. Indaga en la imposible comunicación de los seres humanos: “El aislamiento espiritual es la base de la mayoría de mis temas”.

En ese mundo de soledad y catástrofes, los personajes llevan a cabo su cacería de sueños que presienten el amor, el arte, la música y la dolorosa maravilla del mundo. He ahí a la adolescente Frankie Adams observando una caracola y un globo de cristal, transportada al mundo de sus fantasías y esperanzas: «Cuando se acercaba la caracola al oído podía oír el tibio oleaje del Golfo de Méjico y pensaba en una isla verde con palmeras, y podía acercar el globo de cristal a sus ojos entornados y contemplar cómo los blancos copos caían girando en un torbellino hasta cegarla. Entonces soñaba en Alaska. Subía por una montaña blanca y fría y desde allí oteaba el desierto nevado, observaba los reflejos de colores del sol en el hielo y oía voces y veía cosas de ensueño».

Leí Frankie Adams (1946), también traducida como La boda de Frankie, atraído por la fascinación que me causó la lectura de otras de sus obras, sin embargo, creo que es un escrito menor dentro de su producción; me llegaron mucho más las que os enumero y recomiendo fervorosamente: El corazón es un cazador solitario (1940); Reflejos en un ojo dorado (1941) y La balada del café triste (1951). 

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