(L108) Verde agua (1987)


Marisa Madieri, Verde agua (1987)

Alrededor de trescientos mil italianos abandonaron en los primeros años de la posguerra –marcada por el miedo, la intimidación y la persecución- Istria, Fiume y otras localidades dálmatas, perdiéndolo todo y viviendo durante muchos años, como Marisa Madieri (1938-1996) y su familia, la vida mísera y precaria del exiliado en campos de refugiados como el Silos triestino descrito en este libro. A menudo los habitantes de las ciudades en las que buscaban rehacer su existencia los miraban con sospecha y los empujaban a encerrarse en un amargo y resentido aislamiento. La injusticia que habían sufrido inducía a algunos de ellos a caer en un nacionalismo antieslavo, mientras que otros –como Marisa Madieri- seguían reconociéndose en el diálogo entre italianos y esclavos y considerándose miembros de un mundo compuesto, italiano y eslavo, venetoadriático y centroeuropeo. En Verde Agua (1987) se nota intensamente el amor por esta múltiple identidad de frontera, por este crisol: Trieste italiana con su impronta austríaca, con la minoría eslovena presente desde hace siglos, la comunidad judía y las otras; Istria, véneta en las ciudades de la costa, croata en el interior e inextricablemente mixta en tantas zona intermedia; Fiume, un tiempo predominantemente italiana pero también croata y húngara; los patriotas italianos de apellido alemán o esclavo, como Slataper, y los patriotas eslavos como Trumbic, quien decía que pensaba en italiano pero que se sentía apasionadamente croata.

La frontera puede ser un puente para encontrar al otro o una barrera para rechazarlo, un lugar de apertura o de obsesiva cerrazón. Verde Agua forma parte de la rica tradición de la literatura triestina de frontera que va de Slataper a Stuparich, de Bettiza a Tomizza y a tantos otros; se integra en ella con absoluta originalidad, retratando ese mundo y sus vicisitudes desde la perspectiva épica de la infancia, sin posicionamientos ideológicos ni interpretaciones históricas sino por debajo, desde abajo de la Historia. (Potsfacio de Claudio Magris)


Argumento: Marisa Madieri nos cuenta la historia de la abuela Filippina Miletic y de su marido cuya aficción al juego les hizo perderlo todo. Recupera la profundidad del tiempo, el recuerdo de su madre: “Pienso en mi madre cada vez con más frecuencia e intensidad. Las raíces de mi fuerza y de mi capacidad de no rendirme frente a las dificultades se hunden en su amor. (…) Su amor total y definitivo por mi hermana y por mí es lo más puro y lo más incorruptible que la vida me ha dado”. (p.19)

La abuela Anka Grkovic que se casa con Gigio recientemente viudo: “A la abuela Anka le gustan las cosas y los hechos que permanecen. Por eso no teme el transcurrir del tiempo, que arrolla sólo a los individuos”. (p.162). Nos relata el éxodo hacia Italia desde el Fiume en 1949. La abuela Quarantotto y su carácter dominante de líder de la comunidad de exiliados. Trieste y el campamento de refugiados de Silos. Sus tíos, Ada y Alberto, se la llevan a Venecia donde cursa sus estudios secundarios en medio de pobreza y estrecheces: “Retomé mi vida de siempre en el internado, hecha de estudio, de obediencia y de sombra. También de resignación, como si al fin hubiera entendido un antiguo secreto, que toda la vida era una larga, paciente espera”. (p.93)

Marisa Madieri nos cuenta La relación, no siempre fácil, con sus hijos: “Hoy no me encuentro en armonía conmigo misma y desearía poder alejarme de mí. Les he faltado a mis hijos; he hecho que se sintieran mal con un arranque de impaciente y agresiva estupidez. A veces el viento de la gracia sopla tan lejos de nosotros que nos volvemos malos y torpes incluso con las personas que más queremos”. (p.58) El síndrome de Alzheimer de su madre: “Mamá se daba cuenta de que estaba perdiéndose y luchaba desesperadamente, y escribía en papelitos, que esparcía por la casa, el nombre de los objetos –reloj, cojín, silla-, inútiles salvavidas arrojadas en el pantano del olvido que la estaba engullendo”. (p. 173) La vejez vista con serenidad: “Hay algo bueno en envejecer. Se gana serenidad, conciencia y, al mismo tiempo, humildad. Siervo inútil, está escrito en el Evangelio”.

La despedida, el regreso a Ítaca: “Si he regresado a Ítaca, si en los largos silencios de mi vida han resonado por un instante las notas del vals que los planetas y las estrellas, tan relucientes esta noche, danzan en la odisea de los espacios, siento que debo dar las gracias a una multitud de personas, incluso a las que he olvidado, que al quererme, o simplemente al estar a mi lado, con su presencia fraternal no sólo me han ayudado a vivir sino que son, quizá, mi vida misma”. (p. 184)

Destaco algunos fragmentos de su conmovedora y poética prosa: “En cada palabra dada y recibida, en cada gesto y pensamiento, en cada fragmento incluso breve y casual de nuestra existencia y de la de los otros, hay algo de precario y algo de ineluctable, de caduco y de indestructible”. (p.45) “He reflejado el rostro en el espejo de la noche y en el frágil verano de mis rasgos he visto reproducidas las ensenadas y los relieves de la isla de Alcínoo, he recorrido los valles claros de la juventud, he seguido los senderos del tiempo, del recuerdo y del olvido”. (p.53)

El mar, el verano y el color verde Nilo (verde agua) como símbolos y metáforas del amor y del paraíso perdido: “El mar estaba bajo y a cada paso se enturbiaba. Fuera del agua, me quedaba de pie en la playa hasta estar completamente seca para no embadurnarme de arena. Mi mar era puro y profundo y los guijarros de mis playas blancos y lisos como cándidas perlas de óvalo perfecto brillantes al sol”. (p.92) “Vivo como siempre he deseado poder vivir: el amor y la existencia compartida, los hijos, la casa y tantos afectos dentro y fuera de ella. Qué importa si he trabajado mucho, si el mal vino y se fue, si alguna nube ha turbado mi horizonte sereno, si los años pasan veloces. El verde Urucuia corre hacia el valle en meandros sinuosos y con aguas profundas, reflejando los colores del alba y las sombras del atardecer”. (p.71)

Verde agua es también una reapropiación discreta de la feminidad, un viaje hacia la Historia a través de la ahistoricidad de la oprimida condición femenina, que implica una perspectiva inaudita del propio yo, la aceptación épica de un destino ejemplar y, al mismo tiempo, el calmado desafío con que lo refuta. Hay una curiosa contradicción entre una fuerte presencia del amor correspondido, de la existencia felizmente compartida, de la manifestación de los afectos familiares, y un universo regido por genealogías femeninas, en el que las mujeres dominan la escena y proporcionan justicia a lo más bajo, a lo ínfimo, a lo doloroso; son las mujeres las portadoras del valor quizá más alto, la memoria, entendida no como nostalgia regresiva sino como salvación, como perenne y vivo presente de las personas, de los sentimientos, de las cosas, que simplemente son, más allá de los remolinos de sombra que los reabsorben continuamente en la muerte. (Postfacio de Claudio Magris)

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