Librerías de Madrid + Sueños de librería





Librerías de Madrid

Los lectores, cuando visitamos una ciudad, nos interesamos también por sus librerías más significativas o más singulares. En esta última visita a Madrid os quiero recomendar tres librerías de diferente dimensión, estilo y pretensiones. La primera sería La Casa del Libro (Gran Vía, 29), fundada el año 1923 es una de las librerías generalistas de más encanto, abre todos los días del año, posee cuatro plantas con dos ascensores para llevarte al séptimo cielo literario, en ella acostumbra a perderse entre sus libros Juan José Millás. Por las dimensiones de su fondo editorial se puede encontrar casi cualquier libro que busques.

La segunda librería es la Antonio Machado (Fernando VI, 17), situada en el agradable barrio de Chueca, es una librería de trato más familiar y cercano donde los amables dependientes solventan tus dudas y atienden tus peticiones y sugerencias. Las novedades literarias que aparecen distan mucho de ser las que podemos encontrar en las grandes superficies, están dirigidas a un lector que sabe lo que busca y de un cierto nivel de exigencia, no aparecen los típicos bet-sellers superventas sino autores de prestigio como Cormac MacCarthy, Claudio Magris, Enrique Vila-Matas, etc.

La tercera y última librería es El bandido doblemente armado (Apodaca, 3), muy cerca de la anterior. Es un café-librería donde puedes tomar bebidas, tés, cafés, zumos, cócteles y algunas tapas bien preparadas. Abre por la tarde hasta la 1,30 de la mañana. Tiene un apéndice donde está una pequeña librería no muy extensa pero si selecta. El nombre proviene del título de un libro de Soledad Puértolas y creo que el propietario es uno de sus hijos.

Espero que la selección os haya gustado y cuando tengáis ocasión de visitar Madrid no dejéis de daros una vuelta por ellas, merece la pena, sobre todo para los adictos a los libros y a la lectura.
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Sueños de librería

28/03/2008 Manuel Fernández (DIARIO DE CÓRDOBA)

Hay quienes cuando caminan solos por la ciudad y, en un momento concreto, no saben qué hacer con su rumbo se refugian, sin pensarlo, en una librería. Y respiran cuando entran en ella, como si de un territorio adverso u hostil hubieran pasado, sólo con traspasar su umbral, a un espacio mágico en donde encuentran el mundo encuadernado en renglones. Y sienten, supongo, el mismo placer de quienes se pirran por un escaparate lleno de ropa, calzado o complementos. Están bien las boutiques, los grandes almacenes o los carrefours, que son parte de la vida. Lo mismo que son necesarias las terrazas, las barras de los bares, la soledad de mármol de las tabernas clásicas y el bullicio de los pubs. Pero hay vivencias tan íntimas y personales que sólo se le pueden arrancar a una librería. Anaquel, por ejemplo. Que ya no es pero que perdurará en la mente de quienes son aficionados a ese silencio en donde uno encuentra las mil caras de la vida con sólo leer los títulos de los anaqueles u hojear páginas salteadas de los libros. Hasta hay etapas de la vida que las ciñes a una determinada librería. La Luque, de Gondomar, marcó mi bachiller y el despertar de la mente en esa edad. Fue cuando descubrí La incomunicación de Carlos Castilla del Pino. En La Casa de la Troya de Madrid aprendí a cambiar libros y en la Casa del Libro, de la Gran Vía madrileña, me encontré con Herman Hesse y sus fantasías de vino tinto. En Anaquel he encargado filosofía para los estudios de mi hija y cultura sistematizada para cumpleaños de los amigos. Y he asistido a la presentación de libros de gentes a las que algo te ata. Una librería no debería nunca dejar de existir. Es como ceder el espacio donde habita la fantasía al arbitrio de los intereses del mercado. Que acostumbra a destruir los sueños.

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