(L61) El siglo de las luces (1962)


Alejo Carpentier, El siglo de las luces (1962)

Siento predilección por la prosa barroca y envolvente de Alejo Carpentier (1904-1980) para qué lo voy a negar, por eso comento un nuevo libro suyo en el blog.

La novela El siglo de las luces (1962) está narrada en tercera persona penetrando en los pensamientos y en las emociones de los personajes (es un narrador omnisciente), el estilo es el libre indirecto que da mayor viveza a la narración, la cual gira en torno a la historia del ambicioso Víctor Hugues, comerciante y aventurero marsellés, partidario de Robespierre, exportador de la Revolución Francesa y sus principios a las Antillas (entre ellos la guillotina, método de lo más expeditivo para sofocar revueltas). Allí topa con el idealista Esteban y la resuelta y decidida Sofía, Carlos hermano de Sofía y el doctor Ogé.

La estructura del tiempo es lineal, sigue un orden cronológico avanzando hasta el final. La obra tiene una gran riqueza verbal, léxica y gramatical, está compuesta por un gran número de figuras literarias, como por ejemplo Epítetos: “Un olor universal” “Engolada cortesía” “Desbordadas humanidades”. Personificaciones: “La casa olía a enfermedad” “El sueño le embrolló las palabras” “Había terminado la máquina, en esta isla, su tremebundo quehacer”. Metáforas: “Desnudo el pecho en el lugar del corazón” “La casa era un calabozo” “Laberinto familiar” “De pronto, sus brazos, sus hombros, sus pechos, sus flancos, sus corvas, habían empezado a hablar” “El cuerpo todo cobraba una nueva conciencia de sí mismo”. Comparaciones: “Una techumbre lateral de la casa largaba las tejas como un puñado de naipes” “Lo que ahora caía del cielo era como una neblina de agua con olor marino” “Con un gesto circular, dejándolo como arrojado fuera del recinto familiar”.

Carpentier describe los olores con la maestría que más tarde nos cautivará en El perfume (1985) de Patrick Süskind: “Todo olía fuertemente, la leña mal prendida, la boñiga pisoteada, la lona mojada de los toldos, el cuero de las talabarderías y el alpiste de las jaulas de canarios colgadas de las ventanas. A arcilla olían los tejados húmedos; a musgos viejos los paredones todavía mojados; a aceite muy hervido las frituras y torrejas de los puestos esquineros…”

Excelente también son los barroquismos de la creación, es la recreación del paraíso perdido que por su extensión no cito aquí en su totalidad (páginas 186-189). Es más agradable que lo leáis vosotros mismos. “En contrapartida de aquella vegetación armada, cubierta de clavos, que impedía trepar a ciertas crestas rematadas por las corosolas maduras, era, abajo en el mundo de lo cámbrico, las selvas de corales, con sus texturas de carne, de encaje, de estambres, infinitas y siempre diversas, en sus árboles llameantes, transmutados, aurifiscientes; árboles de Alquimia, de grimorios y tratados herméticos; ortigas de suelos intocables, flamígeras yedras, enrevesados en contrapuntos y ritmos tan ambiguos que toda delimitación entre lo inerte y lo palpitante, lo vegetal y lo animal, quedaba abolida”.

Como dice Carpentier en su libro “Hay épocas que no se hacen para los hombres tiernos”, pero hay libros, como éste, que sí están hechos para espíritus sensibles, dulces, frágiles y blandos como los vuestros.


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