(L100) Sobre verdad y mentira en sentido extramoral (1873)


Friedrich Nietzsche, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral (1873)

Con este artículo iniciamos el comentario de las obras de juventud de Friedrich Nietzsche (1844-1900), que son, desde mi punto de vista, las aportaciones más frescas, auténticas y actuales del pensamiento de este gran filósofo alemán. Este primer comentario lo iniciamos con el pequeño opúsculo titulado Sobre verdad y mentira en sentido extramoral (1873). Se pregunta en él Nietzsche de dónde venimos y nos muestra cuán débiles somos: “En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer”. (p. 17)

Nietzsche opina que: “el más soberbio de los hombres, el filósofo, está completamente convencido de que, desde todas partes, los ojos del universo tienen telescópicamente puesta su mirada en sus obras y pensamientos. Es digno de nota que sea el intelecto quien así obre, él que, sin embargo, sólo ha sido añadido precisamente como un recurso de los seres más infelices, delicados y efímeros, para conservarlos un minuto en la existencia, de la cual, por el contrario, sin ese aditamento tendrían toda clase de motivos para huir tan rápidamente como el hijo de Lessing”. (p. 18)

“En realidad, ¿qué sabe el hombre de sí mismo? ¿Sería capaz de percibirse a sí mismo, aunque sólo fuese por una vez, como si estuviese tendido en una vitrina iluminada? ¿Acaso no le oculta la naturaleza la mayor parte de las cosas, incluso su propio cuerpo, de modo que, al margen de las circunvoluciones de sus intestinos, del rápido flujo de su circulación sanguínea, de las complejas vibraciones de sus fibras, quede desterrado y enredado en una conciencia soberbia e ilusa? Ella ha tirado la llave, y ¡ay de la funesta curiosidad que pudiese mirar fuera a través de una hendidura del cuarto de la conciencia y vislumbrase entonces que el hombre descansa sobre la crueldad, la codicia, la insaciabilidad, el asesinato, en la indiferencia de su ignorancia y, por así decirlo, pendiente en sus sueños del lomo de un tigre!” (p. 19-20)


Se pregunta Nietzsche: “¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal”. (p. 25)

Nos hace una distinción entre el hombre racional y el hombre intuitivo (p. 37-38). El primero ve la vida sabiendo afrontar las necesidades mediante la previsión, prudencia y regularidad, mientras que el segundo solamente toma como real la vida disfrazada de apariencia y belleza, es un hombre estético que establece el dominio del arte sobre la vida. El hombre racional guiado por conceptos y abstracciones no extrae de ellas mismas ningún tipo de felicidad. En cambio, el hombre intuitivo cuando sufre lo hace más vehementemente, pero gracias a la máscara de sus ficciones consigue un atisbo de felicidad.

Siguiendo el acertado estudio de Hans Vaihinger (1852-1933), La voluntad de ilusión en Nietzsche (1911) pasamos a resaltar algunas de sus características. Al igual que F.A. Lange (1828-1875) en su Historia del materialismo (1866) Nietzsche mantiene que existe un conflicto entre conocimiento y arte, ciencia y sabiduría, que sólo se resuelve reconociendo que este mundo “inventado” es un “mito” justificado e indispensable; de lo que finalmente se sigue que “falso” y “verdadero” son conceptos “relativos”.

La apariencia, la ilusión es un presupuesto necesario para el arte así como para la vida. Esto resume los escritos de juventud de Nietzsche. En ellos vemos ya desarrollada la idea de que esta ilusión es y debe ser, para el hombre superior, una ilusión consciente. No es sólo la vida la que necesita ilusiones, vale decir, falsedades consideradas como verdades, ni es sólo nuestra cultura la que descansa sobre ilusiones aisladas; también nuestro conocimiento las necesita. En este sentido ¿Por qué no podemos aprender a considerar la metafísica y la religión el juego legítimo de los mayores?

Errar es la condición de vivir. El reconocimiento del delirio y el error como una condición del conocer y el sentir, sin el arte, sería intolerable y debería conducir al suicidio, sin embargo, los errores y equivocaciones de la fantasía son los únicos medios con los que la humanidad, gradualmente, ha sido capaz de elevarse a sí misma. El instinto de hombre para el conocimiento presupone la creencia en el error y en la vida, errar es la condición de vivir, el hecho de que sabemos que erramos no suprime el error. Y esto no es un pensamiento amargo, debemos amar y cultivar el error que es la madre del conocimiento. Las suposiciones más erróneas son precisamente las más indispensables para nosotros, que sin admitir la validez de la ficción lógica, sin medir la realidad con el mundo inventado de lo incondicionado, lo idéntico en sí mismo, el hombre no podría vivir.

“Pondré en orden de una vez por todas todo lo que niego: No hay recompensa o castigo, ni sabiduría, ni bondad, ni propósito, ni voluntad. Pero para actuar debes creer en el error y continuarás comportándote de acuerdo con estos errores incluso cuando hayas reconocido en ellos que son errores”.

La libertad moral: el hombre concibe la libertad como si pudiera actuar de otra manera, y en efecto, el proceso completo de la historia universal continúa como si existiera la libertad de la voluntad. Sin embargo, la libertad moral es una ilusión necesaria.

La falsedad de la división sujeto/objeto: “nos situamos a nosotros mismos como una unidad en medio de este autoforjado mundo de imágenes, como aquello que permanece en medio del cambio. El yo es un intento de ver y entender nuestra naturaleza infinitamente complicada de una manera simplificada: una imagen para representar una cosa. La completa oposición entre sujeto y objeto es una división artificial”. Sujeto y objeto son conceptos artificiales aunque coyunturalmente indispensables; el yo y el ello son también ficciones, como lo son Causa y Efecto.

El mundo del Ser es una invención –hay sólo un mundo del Devenir-; en este mundo inventado del Ser se halla la razón de que el poeta se observe a sí mismo también como ser y se contraste con él. El Ser es, en consecuencia, un producto del pensamiento, la sustancia es un error. El pensamiento no es un medio de conocimiento, sino un medio de designar, ordenar y manipular sucesos para nuestro uso; el pensamiento es la causa y la condición tanto del sujeto y del objeto, como lo es de la sustancia y de la materia, etc. El poder de invención que crea categorías opera al servicio de nuestras necesidades, a saber, de la seguridad y rápida inteligibilidad sobre la base de convenciones y signos. El pensar es identificado con “crear imágenes”.

La ilusión estética: el arte es una especie de culto a lo falso, se basa en la voluntad de ilusión. El arte en general consiste en una transformación intencional, vale decir, falsificación. No medir el mundo con nuestros sentimientos personales, sino como si fuera un juego y nosotros fuéramos parte del juego.

En próximos artículos continuaremos comentando las obras de juventud de Nietzsche: David Strauss, el confesor y el escritor (1873), Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida (1874) y Schopenhauer como educador (1874).

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