(L98) El alma del ateísmo (2006) – Parte 1


André Compte-Sponville, El alma del ateísmo (2006)

El retorno de la religión ha adquirido, durante estos últimos años, una dimensión espectacular y a veces inquietante. Pensamos ante todo en los países musulmanes. Pero todo parece indicar que Occidente, con formas desde luego diferentes, no se encuentra a resguardo de este fenómeno. ¿Retorno de la espiritualidad? Si fuera así, tendríamos que felicitarnos. ¿Retorno de la fe? Tampoco sería un problema. Pero lo que regresa es el dogmatismo, en muchas ocasiones acompañado por el oscurantismo, el integrismo y, a veces, el fanatismo. Sería una equivocación que les regaláramos el terreno. El combate de la Ilustración sigue vivo, pocas veces ha sido tan urgente, y se trata de un combate por la libertad.

Para este combate André Compte-Sponville (Paris, 1952) se propone responder a tres preguntas en su libro El alma del ateísmo. Introducción a una espiritualidad sin Dios (2006):


1.- ¿PODEMOS PRESCINDIR DE LA RELIGIÓN? 

Siguiendo a Durkheim llama religión a “todo conjunto organizado de creencias y de ritos referidos a cosas sagradas, sobrenaturales o trascendentes y especialmente a uno o varios dioses, creencias y ritos que reúnen en una misma comunidad moral y espiritual a quienes se reconocen en ellos o los practican”. La necesidad de creer tiende a prevalecer, casi en todas partes, sobre el deseo de libertad. (p.22) Nos vemos obligados a admitir que no conocemos ninguna gran civilización sin mitos, sin ritos, sin sacralidad, sin creencias en fuerzas invisibles o sobrenaturales y, en suma sin religión, en el sentido amplio o etnológico del término. (p.30) Una sociedad puede prescindir seguramente de dios(es), y quizás incluso de religión, pero ninguna puede prescindir duraderamente de la comunión, ni de la fidelidad. (p.36) (…) necesidad de una moral, de una comunión, de un fidelidad, para poder subsistir de una forma que nos parezca humanamente aceptable. (p.39) para preservarnos de la barbarie de los nihilistas y de la barbarie de los fanáticos. Lo contrario de la barbarie es la civilización (p.43) Citando a Spinoza “no existe otra virtud, para un espíritu libre, que la de obrar bien y permanecer alegres”. En todas las grandes cuestiones morales creer o no creer en Dios no cambia en nada lo fundamental. Se tenga o no una religión, esto no le exime a uno de respetar al otro, su vida, su libertad y su dignidad. Esto no invalida la superioridad del amor sobre el odio, de la generosidad sobre el egoísmo o de la justicia sobre la injusticia. (p.59) La fidelidad, en el sentido en el que tomo el término, exige rechazar las dos tentaciones del nihilismo y la sofística. Si no existiera la verdad, no habría conocimientos. Si no hubiera valores, o si carecieran de valor, no habría derechos humanos ni progreso social y político. Toda lucha sería vana y también todo tipo de paz. (p.63) (…) ¡la felicidad no consiste en esperar sino en vivir, en vivir aquí y ahora! Esto no anula la tragedia. Es preferible aceptarla, y alegremente, si se puede. Sólo se espera lo que no se tiene. Por tanto, si uno espera ser feliz es porqué la felicidad le falta. (p. 66) Concretemos. Podemos prescindir de la religión; pero no de la comunión, ni de la felicidad, ni del amor. Aquello que nos une, aquí, es más importante que lo que nos separa. Paz para todos, creyentes e incrédulos. (p.79)

2.- ¿EXISTE DIOS?

Entiendo por Dios un ser eterno, espiritual y trascendente que habría creado consciente y voluntariamente el universo. Se le considera perfecto y bienaventurado, omnisciente y omnipotente. (p.82) Digamos que soy un ateo no dogmático: no pretendo saber que Dios no existe; creo que no existe. (p.83) Partiendo de Kant distingue tres tipos de conocimiento: la opinión, que tiene conciencia de ser insuficiente, tanto subjetiva como objetivamente; la convicción que solo es suficiente subjetivamente pero no objetivamente; y el saber, que es suficiente tanto subjetiva como objetivamente. (p.84) Yo no si Dios existe, pero sé que creo que no existe. El ateísmo es una creencia negativa, pero no deja de ser una creencia: por tanto, algo menos que un saber, pero algo más que la simple confesión de una ignorancia o que el rechazo prudente o confortable a pronunciarse. (p.88)

¿Por qué no creo en Dios? Me ceñiré a seis argumentos principales, los tres primeros negativos (razones para no ser creyente):

1) La debilidad de los argumentos que se suelen oponer, y especialmente de las pretendidas pruebas de la existencia de Dios. a) La prueba ontológica, se atribuye a san Anselmo, consiste en mostrar que Dios existe por definición, se denomina a veces la prueba a priori, consiste en definirlo como ser supremo que no puede pensarse más grande, perfecto, infinito. Pensar en Dios significa pensarlo existente. Una definición no prueba una existencia. (p.91) b) La prueba cosmológica o de la contingencia del mundo, es a posteriori. La existencia del mundo debe poder explicarse, se necesita que tenga una causa (principio de razón suficiente) distinta de sí mismo. Sólo se puede explicar el conjunto de las cosas contingentes (el mundo) mediante un ser absolutamente necesario. Que podría ser el apeiron (Anaximandro), la sustancia (Spinoza) o la naturaleza pero no necesariamente Dios. ¿Por qué no habría de tener la contingencia la última palabra, o el último silencio? (p. 94-95) El misterio del ser es la pregunta “¿Por qué hay algo y no más bien nada”, la pregunta va más allá de Dios porqué lo incluye. Hay que entender que la existencia del ser es fundamentalmente misteriosa y que este misterio es irreductible. (p.98) c) La prueba físico-teológica se trata de una prueba a posteriori, se comprueba que el mundo posee un orden, una complejidad inaccesible y de ello se concluye la existencia de una inteligencia ordenadora. Es lo que actualmente se llama la teoría del “diseño inteligente”, el mundo tendría un orden excesivo como para que pudiese ser fruto del azar y a fortiori se le supone un creador. El progreso de las ciencias ha perjudicado a esta argumentación. Cuando el sol se extinga dentro de cinco mil millones de años, la prueba habrá perdido la mayoría de sus partidarios. (p. 99-102) d) La ausencia de prueba una razón para no creer. ¿Qué es un ser humano? Es un ser finito que posee una idea del infinito, un ser imperfecto que tiene una idea de la perfección. Se me objetará que tampoco hay prueba de que Dios no exista, pero la carga de la prueba incumbe a quien afirma, además sólo se puede probar lo que es, y no lo que no es. Una nada por definición no tiene efectos. ¿Cómo podría haber prueba de ella? ¿Cómo podría probarse una inexistencia? Si esto no es todavía una razón para ser ateo, es como mínimo una para no ser creyente. (p. 104-105)

2) Debilidad de las experiencias. Una de mis principales razones para no creer en Dios es que carezco de cualquier experiencia de él. No me sirve el Deus absconditus ya no tengo edad para jugar al escondite. (p.106-107) La fe, para mí, nunca reemplazó la presencia. (p.111) Si Dios no se muestra –no se me muestra a mí ni a todo el mundo- podría ser que quisiera ocultarse. Pero quizá también, y la hipótesis me parece más simple, es posible que no exista. (p.112)

3) Una explicación incomprensible. La creencia en Dios equivale siempre a querer explicar algo que no se entiende –el mundo, la vida, la conciencia– mediante algo que se entiende aún menos: Dios. ¿Cómo es posible conformarse, intelectualmente, con tal procedimiento? (p.112) El universo constituye un misterio suficiente. ¿Qué necesidad habría de inventar otro? (p.115) Montesquieu en las Cartas persas: “Si los triángulos fueran capaces de concebir un Dios, le atribuirían tres lados” ¿Qué tiene de extraño que los dioses de la humanidad sean antropomórficos? (p.116) Todo antropomorfismo, por lo que concierne al absoluto, es ingenuo o ridículo. Ante lo indecible, sería preferible el silencio. (p.118) 

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