(L161) El filósofo ignorante – 2



Voltaire, El filósofo ignorante (1766)

XIII. ¿Soy libre? Recuerdo que cierto día, un razonador me preguntó si yo era libre; le respondí que no estaba en prisión, que no tenía la llave de mi cuarto, que era perfectamente libre. “No es eso lo que os pregunto”, me respondió; “¿creéis que vuestra voluntad tiene la libertad de querer o no querer tiraros por la ventana? ¿Pensáis con Santo Tomás de Aquino, que el libre albedrío es una potencia apetitiva, y que el libre albedrío se pierde por el pecado?” Miré a mi hombre fijamente para tratar de leer en sus ojos si no tenía extraviada la razón, y le respondí que no comprendía nada de su galimatías. (…) No hay nada sin causa. Un efecto sin causa no es más que una expresión absurda. Todas las veces que quiero, sólo puede ser en virtud de mi juicio, bueno o malo; este juicio es necesario, por lo tanto mi voluntad también lo es. (…) Ser verdaderamente libre es poder. Cuando puedo hacer lo que quiero, ahí está mi libertad; pero yo quiero necesariamente lo que quiero; de otro modo querría sin razón, sin causa, lo cual es imposible. Mi libertad consiste en andar cuando quiero andar y no padezco gota. Mi libertad consiste en no cometer una mala acción cuando mi mente la concibe necesariamente mala; en subyugar una pasión cuando mi mente me hace sentir su peligro y cuando el horror de esa acción lucha poderosamente contra mi deseo. (…) El hombre es en todo un ser dependiente, igual que la naturaleza entera es dependiente, y él no puede ser exceptuado de los demás seres. (…) La necesidad moral no es más que una palabra, todo lo que se hace es absolutamente necesario. No hay punto medio entre la necesidad y el azar; y sabéis que no hay azar: por tanto, todo lo que ocurre es necesario.

XIV. ¿Es todo eterno? No he venido de la nada, porque la sustancia de mi padre, y de mi madre que me llevó nueve meses en su matriz, es algo. Me resulta evidente que el germen que me produjo no pudo ser producido por nada; porque ¿cómo la nada produciría la existencia? Me siento subyugado por esa máxima de toda la Antigüedad: “Nada viene de la nada, a la nada nada puede volver”[1]. (…) todo nos confirma que siempre se ha creído en la eternidad de la materia. (…) El Caos nunca ha existido más que en nuestras cabezas, y sólo ha servido para que Hesíodo y Ovidio compongan hermosos versos. (…) Estamos limitados, como hemos dicho, a ver lo que podemos sospechar por nosotros mismos. Somos niños que tratamos de dar algunos pasos sin andaderas: andamos, caemos, y la fe nos levanta. XV. Inteligencia. Enseguida juzgo que si las obras de los hombres, las mías mismas, me fuerzan a reconocer en nosotros una inteligencia, debo reconocer un bien superiormente actuante en la multitud de tantas obras. “Toda obra demuestra un obrero”. XVIII. Infinito. El infinito en número y en extensión está fuera de la esfera de mi entendimiento. Por más que me digan, nada me ilumina en este abismo. XIX. Mi dependencia. No es a la inteligencia de mis padres a la que debo mi orden, porque con toda seguridad no sabían lo que hacían cuando me trajeron al mundo; no eran más que los ciegos instrumentos de ese eterno fabricante que anima la lombriz y hace girar al Sol sobre su eje[2]. XX. La eternidad de nuevo. Nacido de un germen venido de otro germen. (…) Me inclino a creer que el mundo ha emanado siempre de esa causa primitiva y necesaria, como la luz emana del Sol. (…) La existencia de un solo átomo me parece que prueba la eternidad de la existencia; pero nada me prueba la nada. ¿Cómo? ¿Había habido nada en el espacio donde hoy hay algo? Eso me parece incomprensible. XXI. Mi dependencia de nuevo. Ese Ser eterno, esa causa universal me da ideas; porque no son los objetos los que me las dan. XXIII. Un solo artífice supremo. Hay por tanto una potencia única, eterna, a la que todo está ligado, de la que todo depende, pero cuya naturaleza es incomprensible para mí. (…) Ya convencido de que, al no conocer lo que soy, no puedo conocer lo que es mi autor, mi ignorancia me abruma a cada instante.

XXIV. Espinoza. Su sistema no es absolutamente nuevo; está imitado de algunos antiguos filósofos griegos, e incluso de algunos judíos; pero Espinoza ha hecho lo que ningún filósofo griego, y menos todavía ningún judío, hizo: ha empleado un método geométrico imponente para darse cuenta clara de sus ideas. (…) Establece ante todo una verdad indiscutible y luminosa: Hay algo, por lo tanto existe eternamente un ser necesario. (…) Ese ser debe hallarse en todas partes donde está la existencia, pues ¿quién lo limitaría? (…) en el fondo, Espinoza parece ateo en toda la fuerza de este término; no lo es desde luego como Epicuro, que admitía unos dioses inútiles y ociosos; lo es porque no reconoce ninguna Providencia, porque sólo admite la eternidad, la inmensidad y la necesidad de las cosas; (…) afirma que no hay más que una sola sustancia, que no puede haber dos, que esa sustancia es extensa y pensante; y eso es lo que nunca dijeron los filósofos griegos y asiáticos que admitieron un alma universal. (…) Suponía lo lleno con Descartes aunque esté demostrado, en rigor, que todo movimiento es imposible en lo lleno. (…) echaba abajo todos los principios de la moral, a pesar de ser él mismo de una virtud rígida. (…) desde Tales hasta los profesores de nuestras universidades, y hasta los más quiméricos razonadores, y hasta sus plagiarios, ningún filósofo ha influido ni siquiera en las costumbres de la calle en que vivía. ¿Por qué? Porque los hombres se rigen por la costumbre y no por la metafísica. Un solo hombre elocuente, hábil y prestigioso podrá mucho sobre los hombres; cien filósofos no podrán nada si no son más que filósofos.

XXV. Absurdidades. Una multitud de sofistas de todos los países y de todas las sectas me abruma con argumentos ininteligibles sobre la naturaleza de las cosas, sobre la mía, sobre mi estado pasado, presente y futuro. (…) De ahí vuelvo a mi conclusión, que lo que no puede ser de uso universal, lo que no está al alcance del común de los hombres, lo que no es entendió por aquellos que más han ejercitado la facultad de pensar, no le resulta necesario al género humano. XXVI. Del mejor de los mundos. Cuando corría por todas partes para instruirme encontré a unos discípulos de Platón: “Venid con nosotros”, me dijo uno de ellos; “estáis en el mejor de los mundos” [3]. (…) Les hablé de las calamidades y de los innumerables crímenes que cubren ese excelente mundo. El más intrépido entre ellos, que era un alemán, compatriota mío, me informó de que todo esto no es más que pura bagatela. XXVII. De las mónadas. En la naturaleza todo está compuesto de mónadas, según el mismo alemán; vuestra alma es una mónada; y como tiene relaciones con todas las demás mónadas del mundo, tienen necesariamente ideas de todo lo que pasa en él; esta ideas son confusas, lo cual es muy útil; y vuestra mónada, así como la mía, es un espejo concentrado de ese universo. XXVIII. De las formas plásticas. Como no comprendía nada en absoluto de estas admirables ideas, un inglés, llamado Cudworth[4], me dijo, “Estas ideas os parecen profundas porque son huecas. Yo voy a enseñaros con toda claridad cómo actúa la naturaleza. En primer lugar está la naturaleza en general, luego están las naturalezas plásticas que forman todos los animales y todas las plantas, ¿lo entendéis?” “ni una palabra, señor”. XXIX. De Locke. (…) me arrojé en brazos de un hombre modesto, que jamás finge saber lo que no sabe. (…) Me confirma en la opinión que siempre he tenido de que en nuestro entendimiento no entra nada sino a través de nuestros sentidos; Que no existen nociones innatas; Que no podemos tener la idea ni de un espacio infinito ni de un número infinito; Que no pienso siempre, y que por consiguiente el pensamiento no es la esencia, sino la acción de mi entendimiento; Que soy libre cuando puedo hacer lo que quiero; Que esa libertad no puede consistir en mi voluntad, puesto que cuando permanezco voluntariamente en mi cuarto, cuya puerta está cerrada y cuya llave no tengo, no poseo la libertad de salir de él; puesto que sufro cuando quiero no sufrir; (…) Que no puedo tener una idea positiva del infinito, puesto que soy muy finito; Que no puedo conocer ninguna sustancia, pues sólo puedo tener ideas de sus cualidades, y que mil cualidades de una cosa no pueden hacerme conocer la naturaleza íntima de esa cosa, que puede tener mil cualidades ignoradas más.



[1] De nihilo nihilum, in nihilum nil posse reverti, Persio, Sátira, III, v. 84.
[2] Podemos ver que Voltaire cree en un Deísmo, eso sí un deísmo amable, no dogmático ni inquisitorial.
[3] La bochornosa frase la pronunció Gottfried Leibniz (1646-1716), un gran filósofo y matemático.
[4] Ralph Cudworth (1617-1688), filósofo inglés. Líder de los platónicos de Cambridge.

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