(L732) Napoleón (1906)

Retrato de Napoleón en su gabinete de trabajo por Jean-Louis David, 1812 (Galería Nacional de Arte, Washington, Estados Unidos) 

Emil Ludwig, Napoleón (1906)

Soberbia biografía de Napoleón Bonaparte (1769-1821) escrita por el alemán Emil Ludwig (1881-1948), se la considera canónica. Narrada de forma novelada, no por ello deja de ser fidedigna pues del genio corso se conservan más de sesenta mil cartas que escribió o dictó a lo largo de su vida.

SINOPSIS

Libro Primero.- Su padre, el conde Buonaparti, luchó contra los franceses por la independencia de la isla. Una vez derrotados los corsos trabajó para el ocupante como asesor en los nuevos tribunales. A su segundo hijo lo llama Napolione (nacido el 15 de agosto de 1769). El matrimonio tuvo cinco varones y tres hembras. El padre con los dos hijos mayores, de once y diez años, se embarca para Versalles, donde su título nobiliario italiano es reconocido. El rey Luis XVI le concede un donativo de dos mil libras. Se decide que un hijo estudie para cura y el otro para militar. A los dieciséis años a Napoleoni lo han hecho subteniente (1785). Lee todo lo que cae en sus manos: Voltaire, Rousseau. Tiene un sentimiento de familia que se intensifica a la muerte de su padre. Carece de medios económicos. Por fortuna la biblioteca pública es gratuita. Se interesa por la historia, los imperios, la artillería, la economía de Francia, la meteorología. Hay notas y apuntes de sus lecturas. Comienza a escribir trabajos originales. Un nuevo general comprende el valor de este teniente de diecinueve años y le encarga unos complicados trabajos de campo. Los capitanes se ofenden. Estalla la revolución de 1789. Ajeno a los franceses, pide una licencia para trasladarse a Córcega. La Asamblea Nacional de París nombra provincia de Francia a la isla. El general Paoli, antiguo independentista, puede regresar y dirigir la milicia. Napoleón se tiene que reincorporar a su regimiento y dejar la isla. Se lleva a su hermano Luis de quince años. Sigue padeciendo escasez de dinero. Escribe un ensayo que presenta a un concurso. No gana y vuelve a su proyecto de novela corsa. El caos y la guerra civil se extienden. El rey Luis es capturado en Varennes mientras huía. Napoleón decide trasladarse nuevamente a Córcega donde es nombrado comandante segundo con el grado de teniente coronel. En Francia lo borran del escalafón militar. Se ha convertido en un simple aventurero. En 1792 intenta apoderarse de la fortaleza pero fracasa y es destituido por Paoli quien permanece fiel a Francia. Vuelve a París donde se une a los jacobinos y a Robespierre, su única alternativa. Con el asalto a las Tullerías y la toma del poder lo restituyen al ejército con el grado de capitán. El país y Córcega están revueltos. La Convención lo nombra comandante. Regresa a la isla. Paoli y el pueblo se resisten. Intenta tomar otra vez la ciudadela pero vuelve a fracasar. Asaltan la casa de los Buonaparti y la familia tiene que huir a Francia. La Convención, como perseguidos por los corsos, los ayuda. José Bonaparte, el primogénito, se casa con la heredera de un rico comerciante de Marsella. Francia lucha  en todos los frentes contra la reacción. La causa de los borbones gana adeptos. En el sitio de Tolón (18 septiembre al 18 diciembre de 1793) se reúne la flota inglesa ocupando la bahía. El general francés Dugommier aprovecha los conocimientos de artillería del joven Napoleón y lo nombra jefe de batallón. En una noche bombardean el puerto, echan a los ingleses y a los burgueses que los habían llamado. Es su primera victoria y recibe una herida en el muslo, la primera y única de toda su carrera militar. Es ascendido a general de brigada (1794). La caída de Robespierre hace que lo detengan y encarcelen cuando venía de Génova. Se siente inocente y no huye, como le habían aconsejado. Tiene veinticinco años. Es liberado y permanece en París sin destino. El gobierno no se fía de él. Se reúne con sus amigos Marmont y Junot. Va al teatro y a reuniones donde lo consideran un extravagante. Atraviesa una crisis, cuando es llamado al Departamento de operaciones. A él le gustaría ir a Turquía para tener un aliado contra Rusia y Austria. La Convención se ve en apuro por nuevas revueltas y Buonaparte recibe la misión de defender al gobierno. Dispersa a la multitud a cañonazos. Aclamado por la Asamblea se le da el mando del Ejército del Interior. Súbitamente se encuentro con dinero, cuadros y carrozas, no necesita nada y todo se lo da a los suyos. Conoce a Josefina, viuda del vizconde de Beauharnais y madre de dos hijos, Eugène y Hortensia, casada posteriormente con Luis Bonaparte (1795). Criolla de Martinica, Josefina era la querida de Paul Barras. Napoleón cae bajo los hechizos de esta mujer experta en el arte amoroso. Él tiene veintisiete años, apenas ha conocido mujer y desea formar un hogar. Se casan (6 de marzo de 1796) y Barras, el más poderoso jefe del Directorio, le da el mando del Ejército de Italia, contento de enviar a este hombre peligroso al frente más difícil.

Retrato de la emperatríz Josefina por François Gérard, Malmaison Musée du Chateaux.

Libro Segundo.- El Ejército de Italia está mal alimentado, enfermo y con pocos recursos. Una vez solucionados estos problemas rodea los Alpes y, antes de que la nieve se funda, los atraviesa por un desfiladero. ¿Por qué ha salido vencedor? Sus adversarios son viejos y lentos. ¿Qué puede el general austríaco Beaulieu, con sus setenta y dos años, contra él que apenas tiene veintisiete? Colli, Alvinczy, el rey de Cerdeña o el general Wurmser son también mayores. Cambia de cuarteles cada día y sólo se rodea de gente joven. La segunda razón de su éxito es que manda un ejército nacional, gracias a la Revolución, mientras que los otros ejércitos están formados por mercenarios. Se presenta como un italiano que habla su lengua y que los quiere liberar de la tiranía de los Habsburgo. Conquista la Lombardía y firma un armisticio con el rey de Cerdeña. Consigue grandes botines para sus soldados. Después de la batalla de Lodi (10 de mayo de 1796) se da cuenta de su poder. El Directorio se asusta y quiere enviar con él a otro general, lo que Napoleón rechaza. Entra en Milán. “Por la noche hay una recepción. «Seréis libres y en situación más segura aún que Francia. Milán será la capital de esta nueva república, que cuenta ya con cinco millones de habitantes. Tendréis quinientos cañones y la amistad de Francia. De entre vosotros, yo escogeré los cincuenta hombres que habrán de gobernar el país en nombre de Francia. Adoptad nuestras leyes, modificándolas con arreglo a vuestras costumbres... Sed juiciosos y estad unidos, y así todo irá bien. Tal es mi voluntad. Si los Habsburgo se apoderasen nuevamente de Lombardía, yo os juro que defenderé vuestra causa y que nunca os abandonaría. Si vuestro país perece, es que yo habré dejado de existir.»”

Napoleón añora a Josefina que no se ha casado con él por amor y que le da múltiples excusas para no abandonar París. Sospecha que tiene un amante y escribe a su hermano José para que le informe. No tiene más excusas y ha de ir a Milán. Siempre lleva a su perrito faldero Fortunet con el que el general ha de compartir cama. Pronto se separan pues ha de combatir en la ciudad de Mantua contra Wurmser a quien derrota (Batalla de Rívoli, 14-15 de enero de 1797). Josefina apenas le escribe y él se queja en sus cartas amargamente. En París el Directorio tiembla ante la popularidad de Napoleón. Envía al general Clarke quien queda fascinado y se “alista” en sus filas. Napoleón pide a París tropas pues su ejército está exhausto. Habla de su maltrecha salud, pero todo es mentira. Funda la República Cisalpina. Quiere dar libertad a los pueblos y englobarlos en los Estados Unidos de Europa bajo tutela francesa. Se abastece en la Lombardía, mediante impuestos, de todo aquello que necesita para su ejército. Se dirige a Roma. Ofrece la paz al Papa sabiendo que no le puede oponer resistencia. A continuación continua hasta Venecia. Ofrece la paz al archiduque austríaco a cambio de Bélgica y la Lombardía. Derrota a los venecianos y toma Corfú y Zante. El armisticio de Leoben (17 de abril de 1797) ha dado fin a la guerra. Napoleón se instala en Montebello donde más que un cuartel general parece una pequeña corte. Una nube de ordenanzas y correos la rodea. De todas partes llegan delegados: de Venecia, Roma, Viena, Livorno, Génova. Su guardia de corps la forman cuarenta hombres elegidos entre los mejores soldados. Las piezas más preciosas de arte las envía a París. El Directorio nombra a Talleyrand nuevo ministro de Relaciones Exteriores. Frío e inteligente, a causa de su cojera tuvo que vestir la sotana en vez del uniforme militar. Se firma la Paz de Campo-Formio (17 de octubre de 1797) con los austríacos. Napoleón se presenta en París ante el pueblo y el Directorio. Josefina que no le ha dado hijos, aparece después de semanas ausente, parece cansada. Mientras otra mujer, la baronesa de Stäel, se ha aproximado a Bonaparte, él la esquiva cortésmente.

Inactivo empieza a impacientarse. Estudia la posibilidad de invadir Inglaterra, pero la ventaja naval de los ingleses la hace imposible. Propone al Directorio ocupar Egipto y Malta. Éstos le facilitan los medios, encantados de poder alejar a un hombre tan peligroso. De Tolón parten cuatrocientos veleros (17 de mayo de 1798). Nelson lo persigue por todo el Mediterráneo sin encontrarlo. Lleva dos mil cañones, instrumentos, libros y ciento setenta y cinco sabios de todas las disciplinas. Quiere fundar una colonia francesa. Napoleón frente a la Esfinge, donde antes estuvieron Alejandro Magno y Julio César, exclama: « ¡Soldados, cuarenta siglos os contemplan!». Derrota a los Mamelucos. En El Cairo sabe ganarse a los jeques y bajares. Respeta El Corán y sus costumbres. Se ha enterado que Josefina vive con Hipólito, un guapo oficial. Enfurecido, pues no quiere ser el hazmerreír de París, está decidido a pedir el divorcio. Mientras, en Egipto, Nelson ha destruido toda la flota francesa. Batalla del Nilo (1-3 de agosto de 1798). Napoleón no puede abandonar el país. Se dedican a investigaciones científicas. Un soldado encuentra la piedra Rosetta. Los turcos se han aliado con los ingleses. Napoleón quiere avanzar hacia Oriente pero no puede tomar la fortaleza de San Juan de Acre. Se vuelve a El Cairo, con buena parte del ejército afectado por la peste. Los turcos desembarcan en Abukir (25 de julio al 2 de agosto de 1799). El ejército de Napoleón los derrota. Le llegan noticias de la guerra en Europa. Han perdido prácticamente toda Italia. Decide volver a Francia aunque el mediterráneo está infestado de ingleses. Deja a Kléber al mando del ejército. Con dos pequeñas fragatas venecianas se embarca a la aventura. Llega a Córcega donde lo reciben como a un hijo pródigo. De ahí pasa, no sin dificultades, a Francia (7 de octubre de 1799). El Directorio está en crisis, dos jefes han sido destituidos. Los ingleses han desembarcado en Holanda. Josefina se reconcilia con él aunque toda la familia de Napoleón le ha explicado sus correrías.

La República está exhausta después de diez años de guerra. Se prepara un golpe de estado. Talleyrand han puesto al abate Sieyès en contacto con Napoleón. Se tantea a los generales Murat, Lannes y Marmont. Napoleón es nombrado gobernador de París por las dos cámaras. Asistimos al golpe del 18 de Brumario (9 de noviembre de 1799). Napoleón se muestra torpe y dubitativo, su hermano Luciano Bonaparte lo ayuda. Obligan a dimitir a Barras, Moulin y Gohier que le son adversos. Sieyès y Ducos esperan a ser llamados para formar parte del triunvirato junto a Napoleón. La Asamblea de los Ancianos (Senado) los nombra, mientras que el Consejo de los Quinientos lo proscribe. Siendo éstos desalojados expeditivamente por la tropa.

Libro Tercero.- Napoleón se traslada a vivir al Palacio de Luxemburgo. En su consejo se rodea de hombres de mérito. Nombra ministros, embajadores, senadores. Las asambleas no pueden proponer leyes. Dos comisiones estudian y redactan lo que luego se llamó «código napoleónico» que rigió el derecho de gentes y que todavía está vigente con algunas modificaciones. El derecho familiar sobre el adulterio y el divorcio proviene de él. Se retrasaba la edad legal del matrimonio a los veintiún años. Bonaparte siente respeto por la inteligencia del viejo Tronchet y éste por el joven cónsul de treinta años que gobierna y trabaja dieciocho horas cada día con la inteligencia más clara y el cerebro mejor organizado. Napoleón reorganiza las finanzas del Estado y la industria poniendo hombres capaces en todas partes, nombrando alcaldes y prefectos. Todo ello independientemente las ideas políticas de éstos. La revolución ha terminado pero la guerra continúa. Vuelve a Italia con un ejército de treinta y dos mil hombres. La batalla de Marengo (14 de junio de 1800) la tiene perdida cuando le llegan refuerzos al mando de Desaix. Salen vencedores pero Desaix muere en la misma. Escribe al emperador Francisco ofreciéndole la paz. El enemigo ha sido derrotado en Alemania asegurándose la frontera del Rin y de la República Cisalpina. Dos años después de su llegada al poder ha firmado la paz con Austria, Prusia, Baviera, Nápoles, España, Portugal y finalmente con Inglaterra (1802). También firma un acuerdo con la Santa Sede.

Napoleón se hace elegir cónsul vitalicio con amplios poderes refrendado por un plebiscito. En lo social atenúa la miseria y hace regresar a cuarenta mil familias realistas. Dota al país de escuelas de primaria, secundaria, liceos y escuelas superiores. La noche de Navidad (25 de diciembre de 1800) sale en coche a la Ópera con Josefina y sufren un atentado del que sale ilesos. Aprovecha la ocasión para debilitar a sus enemigos. También los tiene dentro de su propia familia. Envía a su hermano Luciano de embajador a Madrid para alejarlo. José está en Roma. Sus hermanas, a las que colma de favores, nunca están contentas. Pichegru, el amigo de los borbones, y Moreau, el portavoz de los republicanos se ponen de acuerdo para combatir la dictadura de Napoleón. Moreau es apresado y enviado a América. Hay un borbón implicado en el complot, el duque de Enghien, a quien juzgan y condenan a muerte (21 de marzo de 1804). Esta ejecución le traerá la animadversión de los realistas y de Europa. La situación le lleva a adelantar dos años sus planes de proclamarse Emperador de los franceses (18 de mayo de 1804). A falta de una corte él mismo la crea. Se asigna veinticinco millones, lo mismo que el antiguo rey, pero mientras él ahorra Josefina derrocha y sus cinco hermanos, con sus respectivas parejas, nunca están contentos, aunque les ha repartido coronas y países. Se hace coronar Emperador por el Papa Pio VI a quien hace venir a París. En el último momento se coloca la corona a sí mismo y luego a Josefina. Napoleón tendrá que actuar contra la libertad de pensamiento. Se reorganiza el Ministerio de Policía a cuya cabeza están Talleyrand y Fouché que intrigan contra el emperador. Sigue la guerra contra Inglaterra, pero Napoleón es un neófito en temas marinos. En este terreno Inglaterra es muy superior. Una nueva coalición se prepara contra él. Empieza a considerar la posibilidad de establecer un imperio europeo a imitación del de Carlomagno. Se enfrenta a los austriacos a quienes rodea en la batalla de Ulm (16-19 de octubre de 1805), gracias a las marchas forzadas de los suyos, y obliga a capitular a un ejército entero antes de disparar un solo tiro. Por otro lado los ingleses derrotan a la armada francesa y española en la batalla de Trafalgar (21 de octubre de 1805). Napoleón derrota a los austriacos y a los rusos en la batalla de Austerlitz (2 de diciembre de 1805). Quiere unificar Europa bajo las águilas francesas por la fuerza. En unos meses funda y reorganiza toda una serie de reinos llevando a la dignidad de reyes a sus familiares. Le queda pendiente Prusia a la que teme porque aún recuerda las victorias de Federico el Grande pero los derrota con facilidad. Ofrece la paz pero la aristocracia prusiana y la reina Luisa se resisten. Los vuelve a derrotar en la batalla de Jena (14 de octubre de 1806). Herido de muerte el valeroso duque de Brunswick, el famoso ejército de Federico el Grande huye derrotado a través de Sajonia. La corte había huido abandonando Weimar y sólo quedaban allí la princesa y su ministro Goethe. Napoleón hace una entrada triunfal en Berlín. Se aloja en el palacete de Sans-Souci en el mismo despacho que Federico. Se dirige a Varsovia. Allí se fija en la condesa María Walewska con quien baila (Nochevieja de 1806). Es una joven noble de dieciocho años, él tiene treinta y siete, de quien se enamora. Parte nuevamente, tiene varias escaramuzas con los rusos. Se instala en Finckenstein un sólido fuerte prusiano a esperar el deshielo. Allí sigue su idilio con la condesa polaca. Mientras recibe embajadas de Persia y de Turquía a quienes anima frente al enemigo común de todos: Rusia.

Marie Laczinska (1789-1817) comtesse Walewska de François Gérard.

Bloquea los puertos europeos a los barcos ingleses y a sus manufacturas. Inmediatamente después de la victoria en la batalla de Friedland (14 de junio de 1807), Napoleón ofrece, según su costumbre, la paz al zar vencido (Alejandro I). Se hacen amigos y se reparten Europa. Tratado de Tilsit (9 de julio de 1807). El zar sacrifica Prusia y el emperador Polonia. Lleva diez meses fuera de París y se le critica y se le hace burla. Vuelve y la censura suspende el Mercure de France de Chateaubriand y se le niega a madame Stäel el permiso para regresar a Francia. Sigue austero en cuanto a los gastos de su persona. La creación de nuevos títulos nobiliarios es el acontecimiento más desconcertante de su reinado, pues supone una vuelta a lo que derrocó la revolución. Además ocupa Roma y los Estados Pontificios. No tiene hijos y eso le abruma (no cuenta el que tuvo en Polonia). Hace llamar a su hermano Luciano a quien pide que se divorcie para evitar el ruido del divorcio suyo. Después le dice que reconocerá a sus hijos y le ofrecería uno de los tronos de Europa. Las disensiones de los borbones de España, padre e hijo, son aprovechadas por Napoleón para colocar a su hermano José Bonaparte en el trono (6 de junio de 1808). Sueña con poseer el Imperio español de América. Para ello necesita sujetar a Austria. Se reúne nuevamente con el zar Alejandro en Erfurt, lleva como consejero a Talleyrand que juega a dos bandas informando al zar. Napoleón quiere emparentarse con una de las grandes casas europeas y piensa en alguna de las hermanas de Alejandro. Partirá sin prometida y sin tratado, de lo que Talleyrand informará a Metternich, el canciller austríaco. Durante su estancia en Weimar conversa con los grandes espíritus alemanes de la época: Johannes von Müller, Christoph Martin Wieland y Goethe (12 de octubre de 1808). Dos meses después se halla en España. A sus generales les reconoce que se ha equivocado invadiéndola, pero que no puede dar marcha atrás. Los españoles ayudados por los ingleses lo ponen en dificultades. Advertido por Eugenio y Leticia de un complot que prepara Talleyrand, Fouché y tal vez Murat vuelve a Francia dejando al mando de la guerra a sus generales. Hace escarnio públicamente de ellos pero no los cesa. Austria ha movilizado su ejército. Napoleón tiene un ejército inmovilizado en España. Prepara la siguiente leva. Cuando llega a Baviera descubre los errores cometidos por el ejército enemigo. Alejandro se inhibe y no le presta ayuda. Derrotará a los austriacos en una serie de cinco combates. En tres semanas está en Viena. Necesita unirse a su ejército de Italia. Las cosas no van bien en España. No logra ganar las batallas de Aspern y Essling (21-22 de mayo de 1809). Uno de sus amigos de la infancia, el mariscal Lannes, ha caído. Napoleón es excomulgado por el papa de Roma. Se rearma y obtiene la victoria de Wagram (5-6 de junio de 1809). Se reúne con la condesa Walewska durante tres meses dejándola embarazada. ¿Será ese el hijo que tanto espera? Las negociaciones de paz se alargan. Las noticias que le llegan de España y Francia no son alentadoras. Cede en cuestiones de dinero y el tratado se cierra en veinticuatro horas (Tratado de Schönbrunn, 14 de octubre de 1809). De vuelta a París decide separarse de Josefina (enero de 1810), pues ésta no le puede dar un heredero. Consulta a sus allegados sobre la posibilidad de contraer un nuevo matrimonio. Se baraja la posibilidad de que sea con una princesa de Austria, Rusia o Sajonia. La elegida es María Luisa de Austria, de dieciocho años. Los esponsales se hacen por poderes. Se trae a París a María Walewska con el hijo de ambos. Le concede lo que pueda desear pero no reanuda sus antiguas relaciones. En esto Napoleón es muy burgués. María Luisa le da un hijo varón Napoleón II (20 de marzo de 1811).

María Luisa de Austria por Jean-Baptiste Isabey, 1810 (Museo de Viena).

Libro Cuarto.- Napoleón domina media Europa de Reggio a Hamerfest pero no se contenta. Tiene doscientos cincuenta mil soldados varados en España que no pueden dar cuenta de los treinta mil hombres de Wellington. Envía al general Massena que también fracasa. París impone el bloqueo a los productos ingleses. El contrabando se introduce por los países bálticos. Bernadotte, el cuñado de José, gracias a las intrigas y a la ayuda de Fouché, se ha convertido en príncipe heredero de Suecia. El hijo de Napoleón crece robusto pero cree que ha sido padre demasiado tarde. Ya no ve a Josefina de quien le exasperan sus excesivos gastos. El emperador de Austria le guarda rencor porque había esperado recibir algunas provincias después del matrimonio con María Luisa. Sus presiones sobre el Papa a quien tiene en un disfrazado cautiverio, disgustan a los emperadores más apostólicos. Sigue con sus sueños de llegar a la India como Alejandro Magno. El tratado de Tilsit garantizaba a Rusia la propiedad de Oldemburgo que es ocupada por los franceses. Esto equivale a una declaración de guerra. El emperador de todas las Rusias da entrada a las mercaderías coloniales inglesas y grava los productos franceses. Napoleón no ha podido deshacerse del peligroso Fouché a quien le cuenta sus cosas más íntimas: “Mi destino no se ha realizado aún; quiero acabar lo que apenas está esbozado. Necesitamos un código europeo, un tribunal de casación europeo, una misma moneda, los mismos pesos y medidas, las mismas leyes; es menester que yo haga de todos los pueblos de Europa un solo pueblo. Este es, señor duque, el único desenlace que me conviene”. (p. 270). El zar Alejandro tiene sobornado a Talleyrand quien le tiene al tanto de los preparativos de la guerra. Tiempos de represión en Francia por delitos de opinión.

Campaña de Rusia (24 de junio – 18 de diciembre de 1812)

Napoleón aunque domina Europa de Capua a Tilsit y del cabo de Finisterre a la Bucovina siente inquietud ante lo incierto de su nueva campaña. Mientras, Alejandro obtiene la neutralidad del Sultán y la alianza de la Suecia de Bernadotte. Un ejército de medio millón de hombres espera entre Königsberg y Lemberg. La logística es descomunal, pero resulta que no hay molinos suficientes en el camino para moler la harina que llevan. También es imposible transportar el forraje para ciento cincuenta mil caballos. Por eso se esperó a junio en que la hierba estaba verde. Un ejército tan grande es difícil de maniobrar. Llegan hasta Vilna sin encontrar resistencia. El ejército ruso, bastante inferior en número, se ha ido retirando y quemando todo lo que pudiera ser comestible. Cuando por fin se encuentran Napoleón, enfermo, dilata el ataque un día y bajo una espesa niebla los rusos desaparecen. Tiene que reorganizar su ejército pues los malos caminos, el calor y las enfermedades lo van diezmando. Conquistan la ciudad de Smolensko (16-18 de agosto de 1812) encontrándolo todo quemado. Por fin se encuentra con el ejército ruso al mando de Kutúzov (el héroe de Guerra y Paz de Tolstoi) en la batalla de Borodino (7 de septiembre de 1812). Las fuerzas son parejas. Después de una cruel batalla la ruta a Moscú queda libre. De los quinientos mil hombres que se supone habían partido al inicio, solamente quedan cien mil. Llega a Moscú y lo encuentra deshabitado, el ejército ruso se retira y quema la ciudad. Los rusos quieren la paz, pero el zar Alejandro está aconsejado por Bernadotte y por Von Stein quienes le piden que resista. El invierno llegará pronto y se retiran el 19 de octubre. Ha perdido cinco semanas valiosas en un Moscú desolado. En su retirada hacia Smolensko son atacados por los cosacos rusos. El frío los hace sucumbir a millares. Solo llegan a la ciudad cincuenta mil. Han de proseguir pues no encuentran provisiones. Pretenden refugiarse en Vilna. Y París, ¿qué dice? Los conspiradores hacen creer que el emperador ha muerto. La inquietud se expande. Se aborta un golpe de estado de Malet. En Berésina cruzan el río (26-29 de noviembre de 1812). Solamente han sobrevivido veinticinco mil hombres. Se habla de que el emperador podría caer prisionero. El coronel Lapie incita al crimen a los oficiales prusianos. Caulaincourt que lo oye da la orden de partir. El mando del ejército es confiado a Murat quien devolverá nueve mil supervivientes a Francia. Napoleón acompañado de Dary y Caulaincourt parten en trineo llegando a Varsovia. “Quien nada arriesga, nada gana” dice Napoleón y “de lo sublime a lo ridículo no hay sino un paso”. En nueve días se encuentra en París. Su ejército adelanta la leva un año. Prusia se acerca al Zar. Napoleón amenaza a los príncipes alemanes para que permanezcan bajo su protección. Leticia Bonaparte pretende que la familia ayude a Napoleón, mientras no puede menos que advertir el declive de la estrella de los Bonaparte. Todos conspiran contra él. Murat y Carolina Bonaparte en Sicilia. Bernadotte en Suecia. Firma un concordato con el Papa a quien tenía cautivo en Fontainebleau. La paz se hubiera logrado fácilmente. Pero en los tres Congresos de 1813 Napoleón se muestra intransigente. Cansado y consumido físicamente, se prepara nuevamente para la guerra. Sale victorioso en la batalla de Lützen (2 de mayo de 1813) y más adelante en la batalla de Bautzen (21 de mayo de 1813), pero la suerte lo ha abandonado. Duroc que lo acompaña desde hace diez años muere por el impacto de una granada. Napoleón concede una tregua de seis semanas y envía a Fouché al Congreso de Praga (18 de agosto de 1813).

Napoleón en Borodinó por Vasili Vereshchaguin, 1897 (Museo Estatal de Historia, Moscú)

José es derrotado por Wellington en Vitoria. Napoleón ya no se fía de su hermano. Bernadotte y Moreau, llegado de América, quieren hacerle la guerra. Napoleón invita a Metternich a Dresde para ver si puede seducir al diplomático austríaco. No lo consigue y la guerra estalla. Después de una resonante victoria en los alrededores de Dresde su estrella se apaga. En la batalla de las Naciones el emperador tan solo tiene la mitad de efectivos que los coaligados. El segundo día ha perdido sesenta mil hombres. Su ejército retrocede a través de Leipzig. Napoleón sufre de espasmos estomacales. Sus generales, Marmont y Angereau, ya no creen en él. Los príncipes alemanes, uno a uno, lo van dejando sólo. Se retira en medio de combates victoriosos. En Ergut, Murat se despide de él para regresar a su reino de Nápoles. Leticia sufre porque todos sus hijos están peleados. Napoleón devuelve el trono de España a los borbones (Fernando VII). Ha perdido Holanda, no puede contar con Italia y Bélgica y las provincias renanas están descontentas. La coalición le ofrece volver a las fronteras de 1792 lo que Napoleón no acepta y sale con su ejército. Blücher franquea el Rin y lo derrota en La Rothière. Caulaincourt por carta y Maret de viva voz le suplican que ceda. Escribe a su hermano José explicándole cómo ha de defender París y pidiéndole que proteja a la emperatriz María Luisa y a su hijo. Derrota a Blücher mediante una brillante ofensiva en suelo francés. Marmont, el más antiguo camarada de armas será el primero en traicionarlo. En Arcis-sur Aube el emperador, privado de refuerzos por la retirada de Marmont, sable en mano se lanza contra el enemigo seguido de su Estado Mayor y su guardia de corps poniendo en fuga a seis mil cosacos. “Aquel día el emperador buscó la muerte” dice Berthier. Napoleón se repliega a París. Marmont se ha dejado vencer por segunda vez. Su hermano José partió hacia Blois, los ingleses han desembarcado en Burdeos. Está cercado por todas partes. Talleyrand recibe al zar y se ha consumado la traición orquestada seis años antes. Napoleón se refugia en Fontainebleau con su Vieja Guardia y sus últimos fieles: Caulaincourt y Berthier. Hay intentos de asesinar al emperador. Le proponen que abdique en su hijo. Sus mariscales más antiguos le hacen ver las ventajas. Firma la abdicación. El sexto cuerpo del ejército le ha abandonado. Los negociadores de la coalición ponen nuevas exigencias. Se le ofrece la isla de Elba y tres millones de renta. Napoleón regala su sable a Macdonald apesadumbrado por no haber valorado en su justa medida a este general y firma las nuevas condiciones.

Al frente del gobierno provisional se halla Fouché y Talleyrand, los dos traidores. De su mujer e hijo no sabe nada a pesar de que les ha escrito. Talleyrand ha mandado confiscar la fortuna del emperador. Le dejan llevarse a cuatrocientos fieles. Se despide en Fointeneablau de sus veinticinco mil granaderos, no ha querido desatar la guerra civil (6 de abril de 1814). En el discurso besa la bandera y les habla como nunca antes nadie lo ha hecho. Se conmueven y lo contarán a sus hijos y nietos. Así es como llega la leyenda hasta nosotros. Recorre Francia en carruaje siendo abucheado en todas las poblaciones por las que pasa. Llega a Elba el 3 de mayo de 1814. Administra la exigua isla como si fuera un reino. Con la misma seriedad y eficacia. Lo visita su madre Leticia, la condesa Walewska que le trae a su hijo. Mientras de María Luisa y su hijo nada sabe, sus cartas no reciben respuesta. No sabe qué futuro le puede esperar pero gustaba decir: “Un granuja vivo vale más que un emperador muerto”. Regresan a París los borbones. El nuevo rey, hermano de Luis XVI, es muy gordo lo que provoca chanzas. Vuelven las prerrogativas del Antiguo Régimen. Los emigrados rencorosos quieren recuperar sus bienes. El Congreso de Viena (18 septiembre de 1814 - 9 de junio de 1815) de los vencedores no tarda en mostrar desavenencias. De todo ello es informado Napoleón gracias a la fidelidad de Maret. Talleyrand lo vigila, quiere trasladarlo más lejos, a las Azores. Son estos momentos de duda los que sabe aprovechar Napoleón. Y agrega: «Yo soy la causa de las desdichas de Francia, y yo soy quien debe repararlas». (p.356).

El gobierno de los cien días (13 de marzo – 8 de julio de 1815)

Se embarca con mil hombres y varios cañones. Solamente han pasado diez meses, esta vez ha hecho el recorrido lejos de las ciudades. Los campesinos que encuentra están ya hartos de los borbones. Se les unen las guarniciones de Grenoble y Lyon. Massena y Ney que han servido al rey se les unen. El rey Luis XVIII ha huido. Las tropas imperiales le dejan llegar a un lugar seguro, pero le arrebatan el dinero y los cañones que llevaba. La coalición declara a Napoleón fuera de la Ley. María Luisa, que se llevó a su hijo, ha dejado la regencia. Vive con otro hombre y no quiere saber nada de él. Trata de ganarse adeptos. Rapp, el más honesto. Ney que está lleno de remordimientos. Oudinot, camarada durante veinte años. Berthier y Junot se entregan a la locura y se suicidan. En cuanto a Marmont y Augereau, el emperador los declara fuera de la Ley. Sabe que Fouché, ministro de Policía, mantiene correspondencia con Metternich. En conversación con Benjamín Constant, jefe de los liberales, reconoce que los tiempos han cambiado y quiere dotar a Francia de una Constitución y al pueblo de libertad. Confisca los bienes de los emigrados, licencia a la guardia real y revoca la antigua nobleza. Las potencias reunidas en Viena han decidido combatir a Napoleón. Francia no quiere más levas en masa. Solo sesenta mil hombres contestan al llamamiento. Dice su secretario Méneval al regresa de Viena: «El lenguaje del emperador aparecía impregnado de una serena tristeza y una resignación que me produjeron una viva impresión. No le encontré animado por aquella certidumbre de éxito que en otro tiempo le hiciera confiado e invencible». (p. 370-371). Constant redacta una constitución democrática que servirá de ejemplo a todos los legisladores del siglo. Su plan militar es impedir que sus cuatro adversarios se reúnan; y derrotarlos por separado. Empieza tomando Charleroi. Envía a Ney con la mitad de su ejército hacia Bruselas a combatir a los ingleses. Todavía vence a los prusianos en la batalla de Ligny (16 de junio de 1815), pero envejecido y enfermo, pierde una jornada entera y envía demasiado tarde a Gronchy en su persecución.

En Waterloo amanece a las cuatro, sin embargo, espera hasta el mediodía para atacar. Llega el cuerpo de Bülow. Envía a Grounchy la orden de replegarse, pero ¿le llegará a tiempo? Los ingleses están a punto de rendirse cuando llega el segundo cuerpo prusiano. Napoleón y su ejército, diezmado, han de huir. Se refugia en París. [Victor Hugo en su novela Los miserables (1862) realiza una recreación literaria de esta batalla en la Segunda Parte, Libro Primero] En el Consejo y en las Cámaras la opinión se halla dividida. Su hermano Luciano, que había regresado, incluso Siéyès y Carnot lo defienden. No así Lafayette. Las Cámaras después de arduos y prolongados debates le exigen su abdicación. Fouché toma el mando del gobierno y se crea un nuevo Directorio. Napoleón se despide de su familia: Paulina, Hortensia, su madre Leticia, Luciano, José y sus fieles Caulaincourt y Lavalette. Pretende ir a América. Los cañones resuenan a las afueras de París. Se dirige al Atlántico. Allí negocia con el capitán del barco inglés Bellerophon para que lo lleve a Inglaterra. Ha escrito al rey solicitando que lo admitan como huésped (3 de julio de 1815). Pero no sucede así, al llegar lo prenden y lo envían a la isla de Santa Elena (17 de octubre de 1815) donde morirá seis años después. Fin de la historia.

Napoleón Bonaparte en Santa Elena de Franz Joseph Sandmann, 1820 (Musée Nationale de Malmaison)

Libro Quinto.- Aquí Ludwig nos habla de la salud, de las ideas y de la forma de ser de Napoleón. “Mientras su cuerpo permaneció sano, Napoleón fue capaz de soportar todas las fatigas y todas las pruebas, y hasta frisar casi la cuarentena no experimentó los primeros síntomas de aquella enfermedad del estómago, designada entonces sumariamente con el nombre de cáncer y, al parecer, hereditaria en su familia, que, en los momentos decisivos de los tres últimos años de guerra, le puso, por así decirlo, fuera de acción. Sin las dolorosas crisis de esta enfermedad, su intrepidez y su resolución habrían continuado siendo las mismas, y la historia de su caída hubiese sido muy otra”.

“Sin vanidad, Napoleón confesaba sin trabajo alguno que no era infalible. En todas las épocas de su vida se le pudo oír preguntarse si al día siguiente no perdería la batalla. En toda ocasión pedía el parecer de sus familiares y de los hombres competentes”. (…) Napoleón poseía el sentimiento de la justicia y perdonaba fácilmente, de hombre a hombre, a aquellos que habían dejado escapar una palabra inoportuna o manifestado una pasión demasiado violenta. Llegaba hasta adelantarse a sus deseos sin necesidad de que se lo pidiesen. Sentía piedad por la debilidad de los hombres y jamás permanecía insensible ante un dolor sincero. A condición de escoger bien el momento, se le podía decir todo. Jamás se negó a oír la verdad, y si no siempre la tomaba en cuenta, por lo menos no había inconveniente alguno en decírsela”.

Cree en el honor. “«Es menester que el pueblo francés me soporte con mis defectos si, a cambio de ellos, encuentra en mí algunas ventajas. Mi defecto es el no poder soportar las injurias.» Y de él es esta frase admirable: «Soy un hombre al que se mata, pero al que no se ultraja.» Bourrienne dice que Napoleón, para quien ni leyes ni moral contaban, jamás había dejado de creer en el honor. (p. 398) “Las dos armas que escogió para su lucha por la vida: el espíritu y el Ejército, las concibió en un sentido completamente revolucionario. «¿Por qué es el Ejército francés el más temido del mundo? Porque los oficiales han emigrado, siendo reemplazados por suboficiales, que no tardaron en llegar a generales. Pues para conducir un ejército nacional, nada mejor que estos suboficiales procedentes del mismo pueblo.» (p. 400)

Napoleón se apoya en la historia antigua. “En innumerables ocasiones le hemos visto buscar un apoyo en la historia, lo mismo antigua que moderna. ¿Por qué atacó a Tácito y a Chateaubriand? Porque éstos pusieron al pueblo en guardia contra los tiranos. ¿Por qué reprobó el asesinato de César? Para defender su sentencia contra el duque de Enghien. En la época del consulado llegó hasta esbozar algunos capítulos de la historia romana: «Probaré que Cesar jamás trató de erigirse en rey, que no fue asesinado por haber ambicionado la corona, sino por haber querido restablecer el orden civil reuniendo todos los partidos.» Y agrega: «Le mataron en el Senado, donde había colocado a una porción de sus enemigos: esto es, a más de cuarenta amigos de Pompeyo. Ellos fueron quienes le hicieron perecer.» Alusión a la necesidad de depurar su propio Senado, medida que no iba a tardar en llevar a la práctica”. (p. 404)

Su capacidad de trabajo. “«Trabajo siempre; medito mucho. Si parezco siempre dispuesto a responder de todo, a hacer frente a todo, es porque antes de emprender nada he meditado largo tiempo y previsto lo que podía acontecer. No es un genio el que revela de repente lo que debo decir o hacer en una circunstancia inesperada para los demás; es mi reflexión, es la meditación... Trabajo siempre: comiendo, en el teatro; por la noche me despierto para trabajar.»” (p. 407)

Otra de sus armas es su prodigiosa memoria, la imaginación y la lucidez de su espíritu.  Son curiosos sus ataques fingidos de ira. “La guerra es para él un arte, «el más importante, el que comprende todos los demás», y un arte que no se aprende, agregaba más tarde, como verdadero artista. «¿Cree usted saber hacer la guerra porque ha leído el tratado de Jomini? La guerra es un arte singular. A pesar de haber librado sesenta batallas, no he aprendido nada que no supiese ya desde la primera. Vea usted a César: se bate la primera vez lo mismo que la última.» Sus mismas contradicciones, respecto a un tema en el que ha pasado por maestro incomparable, son las de un artista”. (...) “Como es el único soberano de Europa que ha servido en filas, los menores detalles de la vida militar le son familiares. Comprende la mentalidad del oficial y puede escribir, sin vanagloriarse: «Si no hay nadie que sepa fabricar pólvora, yo sé, como también sé fabricar cureñas; si se necesitan cañones, yo los haré fundir; como enseñaré los detalles de la maniobra si es preciso enseñarlos.» Pero sólo en caso de necesidad intervenía”. (p. 414-415)

Asistimos al triste cautiverio de seis años en Santa Elena, con un clima nefasto y un gobernador, Hudson Lowe, que nada hizo por aligerar las penalidades de Napoleón, siguiendo las directrices del gobierno inglés. Durante el cautiverio lee y redacta sus memorias que dicta a Las Cases, Bertrand y Gourgand sus últimos fieles. Se arrepiente de haber buscado refugio en Inglaterra en vez de hacerlo en América o Rusia, incluso en Córcega piensa. Sin expectativas de futuro se refugia en el pasado. Su dolencia mortal va ganado terreno. El médico inglés que lo atendía ha dejado la isla hace un año. Su madre consigue que le envíen un médico (François Antommarchi), dos sacerdotes, un ayuda de cámara y un cocinero. Hay cinco corsos en la isla. Escribe su testamento donde reparte sus bienes entre su familia y sus servidores y personas que han tenido importancia en su vida, la lista es enorme. Ya sólo quedan con él el conde Montholon y su fiel ayuda de cámara Marchand. Lega la parte más importante a su hijo en quien piensa constantemente. “Yo me vi obligado a domar a Europa por las armas; hoy, lo preciso es convencerla... Yo implanté en Francia y en Europa nuevas ideas que ya no podrán retrotraerse. Que mi hijo haga florecer todo lo que yo sembré...”

Muere el 5 de mayo de 1821, se cree que pudo ser envenenado con arsénico pero la autopsia también revela un cáncer de estómago hereditario del cual murieron su padre y su hermana Élisa. Fue enterrado en la isla y posteriormente el rey Luis Felipe I, el año 1840, lo hizo traer a Francia, donde suscita un gran interés. Sus restos descansan en el Domo des Invalides de París.

Comentario: la biografía de Napoleón escrita por Emil Ludwig se presenta más como una novela que como una biografía histórica tradicional. Apoyándose en una vastísima documentación, especialmente en el abundante corpus epistolar del propio Napoleón, Ludwig busca mostrar tanto las fortalezas como las debilidades de este personaje excepcional. No se limita a narrar sus grandes victorias militares, sino que explora también sus derrotas, tanto en el campo de batalla como en el ámbito familiar y, cómo no, en su vida íntima.

La obra se fundamenta principalmente en las más de sesenta mil cartas que el emperador dejó escritas, así como en fuentes de primer orden como las memorias de Talleyrand, Marmont y Bourrienne, los recuerdos de su hermano Luciano y las impresiones que sus encuentros suscitaron en figuras intelectuales de primer nivel, entre ellas Goethe y otros grandes espíritus del ámbito cultural alemán. Esta combinación de fuentes permite a Ludwig ofrecer una visión compleja y matizada del personaje.

El libro carece deliberadamente de un aparato cronológico detallado: apenas aparecen fechas en el cuerpo del texto, lo que obliga al lector a realizar un trabajo suplementario de contextualización histórica. En mi caso, ha sido necesario complementar la lectura con la localización de fechas clave, batallas decisivas, acontecimientos históricos relevantes y breves perfiles de los numerosos personajes que aparecen en la obra. Esta elección formal responde a la clara intención del autor de subordinar el relato histórico a la construcción de un retrato psicológico profundo.

Influido por las Vidas paralelas de Plutarco, Emil Ludwig concentra sus esfuerzos en delinear el perfil interior de Napoleón. Especialmente en el Libro Quinto, el autor se centra más en el individuo que en el contexto histórico que lo rodea, priorizando la comprensión del carácter, las motivaciones y las contradicciones del emperador frente a una exposición detallada de los hechos. Como el propio Ludwig afirma:

“Examinar la vida interior de este hombre, explicar sus decisiones y sus omisiones, sus actos y sus sufrimientos, sus fantasías y sus cálculos, como procedente todo de sus modalidades psíquicas; la reconstitución, en suma, de esa gran cadena de sentimientos que fue su vida: tal es, a la vez, el método y el fin de este libro”. (p. 492)

Es precisamente este enfoque el que sitúa la obra en un terreno híbrido, a medio camino entre la historiografía y la literatura. Escrita en 1909, en un contexto europeo marcado por el auge del nacionalismo, el culto al héroe y una creciente fascinación por el liderazgo carismático, la biografía refleja también las inquietudes intelectuales de su tiempo. Ludwig no pretende ofrecer una historia exhaustiva del periodo napoleónico, sino comprender cómo un solo individuo pudo concentrar tal cantidad de poder y ejercer una influencia tan decisiva sobre el destino de Europa.

Napoleón aparece retratado como un genio militar y un estadista de primer orden, capaz de dominar gran parte de Europa durante casi dos décadas. Sin embargo, esta biografía va más allá del simple relato de los hechos políticos y militares. En algunos de sus pasajes más sugestivos, el lector accede a los pensamientos íntimos del general, a su vida privada, a su compleja relación con su familia, con las mujeres que marcaron su existencia y, por supuesto, a sus encuentros y enfrentamientos con los principales gobernantes europeos de su tiempo. No obstante, la figura de Napoleón también suscita juicios severos: para contemporáneos como Thomas Jefferson, “fue ante todo el mayor carnicero de la Europa de su época”.

Este énfasis en la vida interior constituye a la vez la mayor virtud y la principal limitación del libro. Por un lado, permite una comprensión profunda del carácter de Napoleón: su ambición desmedida, su extraordinaria capacidad de trabajo, su imaginación estratégica y su fe inquebrantable en sí mismo. Por otro, la primacía del análisis psicológico tiende a relegar a un segundo plano factores estructurales fundamentales, como el legado de la Revolución francesa, la dinámica social y económica del periodo o el papel de las instituciones y los ejércitos. En este sentido, la obra debe leerse como una interpretación subjetiva, más que como una reconstrucción histórica exhaustiva.

Ludwig insiste en el origen humilde del genio corso, que emerge prácticamente de la nada para alcanzar las más altas cotas de poder. Sin embargo, la verdadera grandeza de Napoleón no se manifiesta tanto en sus victorias como en sus derrotas y, especialmente, en su caída. Es en el ocaso del poder donde se revela con mayor claridad la dimensión humana del personaje. El autor interpreta este final no solo como el resultado de errores estratégicos o de la presión de las potencias europeas, sino como el desenlace lógico de un carácter incapaz de reconocer los límites de su propio poder. La derrota adquiere así una dimensión trágica, cercana a la tradición clásica, en la que el héroe es vencido por sus propias pasiones.

La obra proyecta, además, la imagen de Napoleón como un hombre hecho a sí mismo, paradigma del individuo moderno que forja su destino mediante la voluntad, el talento y el trabajo. Esta visión, tan característica del pensamiento de Ludwig, explica en parte la persistente fascinación que ejerce el personaje y el valor casi ejemplar que el autor atribuye a su trayectoria vital. No obstante, desde una perspectiva historiográfica más reciente, esta interpretación puede matizarse al subrayar el papel decisivo de las circunstancias históricas excepcionales creadas por la Revolución francesa, sin las cuales su ascenso habría sido difícilmente imaginable.

En definitiva, la biografía de Emil Ludwig no solo ofrece un retrato sugestivo y profundamente humano de Napoleón Bonaparte, sino que invita al lector a reflexionar sobre la compleja relación entre individuo e historia, entre genio personal y circunstancias colectivas. La lectura de esta obra transmite, además, una enseñanza fundamental: la importancia de ser dueños de nuestro propio destino y no delegarlo en manos ajenas, independientemente del origen social o la posición económica. Como señala el propio autor:

“Lo que un hombre puede alcanzar por la conciencia de sí mismo y el valor, por el ardimiento y la imaginación, por el trabajo y la voluntad, Napoleón Bonaparte nos lo ha enseñado”.

Para mí, ha sido una lectura fascinante, tanto por la fuerza narrativa de la obra como por la profundidad psicológica con la que Emil Ludwig logra dar vida a uno de los personajes más complejos y decisivos de la historia europea.

BIBLIOGRAFÍA

Napoléon Bonaparte. Correspondance de Napoléon Ier. 32 vols. París: Imprimerie Impériale / Plon, 1858–1870.

Louis Antoine Fauvelet de Bourrienne, Mémoires sur Napoléon Bonaparte. París: Dentu, 1829.

David Chandler, Las campañas de Napoleón: un emperador en el campo de batalla de Tolón a Waterloo (1796-1815), Esfera de los Libros, Madrid, 2015.

Victor Hugo, Los Miserables, Debolsillo, Barcelona, 2006 (3ª edición), págs. 403-472.

Emil Ludwig, Napoleón, Editorial Juventud, Barcelona, 2000 (25ª edición).

Auguste de Marmont. Mémoires du maréchal Marmont, duc de Raguse. París, Perrotin, 1857.

Benito Pérez Galdós, Trafalgar, Editorial Anaya, Madrid, 2014.

Stendhal, La Cartuja de Parma, Cátedra, Madrid, 2002.

Charles-Maurice de Talleyrand, Mémoires. París: Calmann-Lévy, 1891.

León Tolstoi, Guerra y Paz, Taller Mario Muchnik, Barcelona, 2003.

Comentarios

Entradas populares de este blog

(L232) Anatomia de un instante (2009)

(L222) Cae la noche tropical (1988)

(L187) El jinete polaco (1991)