(L758) Nuestra parte de noche (2019)
Mariana Enriquez, Nuestra parte de noche (2019)
Además de autores
clásicos, me gusta también leer a los nuevos escritores. Hoy os traigo a la
argentina Mariana Enriquez (Buenos
Aires, 1973) que está de moda y que ha tenido un gran éxito con
dos de sus libros. El que comento hoy, premio Herralde de Novela, y el libro de
cuentos Las cosas que perdimos en el
fuego (2016), premio Ciudad de Barcelona.
Mi intención para los
próximos meses es traer la nueva narrativa hispanoamericana del siglo XXI
y buena parte de ella tiene nombre de mujer.
Argumento: Juan
despierta a su hijo Gabriel. Han recogido sus cosas y se van de la ciudad de
Buenos Aires en coche, parece que será un largo viaje. Una vez han dejado atrás
la ciudad se detienen a desayunar en un bar.
“La mujer que limpiaba
las mesas tenía todo el aspecto de ser la dueña del local y de ser afable y
chismosa. Los miró con curiosidad cuando se sentaron lejos de la ventana, cerca
de la heladera. Un chico con su autito de colección en la mano y su padre que
medía dos metros y tenía el pelo largo y rubio rozándole los hombros. Les
limpió la mesa con un trapo y tomó el pedido en una libreta, como si el bar
estuviese lleno. Gaspar quiso un submarino
y facturas
con dulce de leche; Juan pidió un vaso de agua y un sándwich de
queso. Se sacó los anteojos oscuros y abrió el diario que estaba sobre la mesa
aunque sabía que las noticias importantes no salían en la prensa. No había
noticias de los centros clandestinos de detención, ni de los enfrentamientos
nocturnos, ni de los secuestros, ni de los niños robados. Solo crónicas sobre
el Mundialito que se jugaba en Uruguay, que no le interesaba. Fingir normalidad
a veces era difícil cuando estaba distraído, cuando estaba tan irremediablemente
triste y preocupado. La noche anterior había intentado, otra vez, comunicarse
con Rosario. No lo conseguía. Ella no estaba en ningún lado, no lograba
sentirla, se había ido de una manera que le resultaba imposible entender o
aceptar”.
Después de un viaje en
absoluta normalidad y un almuerzo delicioso en una parrilla al paso tomaron una
habitación. Juan padece de arritmias, el corazón se le pone a ciento setenta,
se toma su medicación y se estira a dormir. Se despierta recuperado, y aunque
ya son las doce de la noche, intentan encontrar un lugar para comer algo.
Juan tiene visiones y
ciertos poderes que al parecer Gabriel ha heredado. “El pasillo del hotel
estaba muy oscuro y olía a humedad. La habitación que les habían dado quedaba
justo en la esquina, junto a la escalera. Juan dejó que Gaspar saliera primero
y el chico, en vez de bajar directamente, corrió por el pasillo. Al principio
Juan creyó que iba hacia el ascensor. Pero enseguida se dio cuenta de que
Gaspar percibía lo mismo que él, aunque la diferencia era radical: en vez de
evitarla –Juan estaba tan acostumbrado a esas presencias que las ignoraba–, la
iba a buscar, atraído. Lo que se escondía al final del pasillo estaba asustado
y no era peligroso, pero era antiguo y, como todo lo muy viejo, era voraz y
desdichado y envidioso.
Por primera vez su hijo
tenía una percepción, al menos en su presencia. Estaba esperando que sucediera,
Rosario insistía en que iba a suceder pronto y ella solía tener razón, pero
comprobar que en efecto Gaspar había heredado esa capacidad lo desalentó, le
cerró la garganta. No tenía muchas esperanzas sobre la normalidad de su hijo,
pero en ese pasillo se desvanecieron del todo y Juan sintió el desaliento como
una cadena alrededor del cuello. La condena heredada. Trató de fingir
tranquilidad.
–Gaspar –dijo, sin
levantar la voz–. Es por acá. Por la escalera.
El chico se dio vuelta en
el pasillo y lo miró con una expresión confusa, como si despertase en una
habitación extraña después de un sueño de días. La mirada duró un segundo, pero
Juan la reconoció. Tenía que enseñarle cómo cerrarse a ese mundo flotante, esos
pozos pegajosos, cómo evitarlos. Y tenía que empezar pronto porque recordaba el
espanto de su propia infancia y Gaspar no tenía por qué vivir lo mismo”.
Una vez que han cenado se
retiran a su habitación. Juan enseña a Gabriel como deshacerse de esas
visiones. Cuando el chico se duerme, Juan intenta comunicarse con Rosario, su
mujer muerta sin conseguirlo. A la mañana siguiente prosiguen su ruta. Pretende
llegar a casa de Tali, su medio cuñada, en la Colonia Camila, un pueblo de
doscientos habitantes y dos almacenes en la provincia de Corrientes.
“Aquel verano, Tali había
sido iniciada en la Orden por Adolfo Reyes, su padre, y fue invitada al
Ceremonial. Cuando vio a Juan en el lugar de poder, se desmayó. Nadie se dio
cuenta, todos estaban en algún tipo de trance. El miedo no le duró mucho. Hacía
años que su padre le había hablado de la Orden y le había contado las historias
de los médiums. Pero no se esperaba que el médium fuese Juan. Lo habían
ocultado muy bien, la propia Rosario, tan cercana, se lo había ocultado durante
años, y Tali entendía por qué”.
Juan es utilizado como
médium por la Orden para comunicarse con la oscuridad. Este pretende engañarlos
para que las habilidades de Gabriel pasen inadvertidas.
Comentario:
la verdad es que el tema que trata la novela no me apasiona: el culto a la
Sombra, la secta de la Orden, la Oscuridad, los médiums, ¿un oráculo que habla
con los dioses?, el ceremonial y los ritos que convocan al Diablo. Los humanos ofrecidos
en sacrificios a una oscuridad enorme y líquida, como un halo negro, que acaba
devorándolos. Es lo que se ha dado en llamar la nueva novela de terror gótica
sudamericana. Además de Mariana Enriquez, destacan Samanta Schweblin,
Argentina; Yuri Herrera, México; Mónica Ojeda, Ecuador; María Fernanda Ampuero,
Ecuador; Liliana Colanzi, Bolivia; Carlos Busqued, Argentina; o Michelle Ronche
Rodríguez, Venezuela.
La trama avanza y
retrocede en el tiempo, va ganando en complejidad, pero también ofreciendo
explicaciones a lo que no entendemos en un principio... lo que supone, para mi
gusto, uno de los problemas de esta novela, pues los elementos y los mecanismos
que la articulan, si se quiere, resultan más eficaces cuanto más esquivos e
inasibles parecen, menos evidentes, y funcionan peor cuando se nos desvela –hasta
cierto punto, claro– su misterio. Solo dos personajes están perfilados en toda
su complejidad, Juan y Gabriel, el resto son planos cuando no una caricatura,
aunque pretenda ser terrorífica.
No le gustó la novela al
crítico inglés Sam Byers del diario The
Guardian cuando la compara con Cosas
que perdimos en el fuego (2016). “La obstinada antiinvención de Enríquez
cala hondo en su lenguaje. «Algo estaba cambiando», nos dicen, «y el cambio era
terrible y maravilloso». Un jardín es «hermoso pero triste». Un silencio es
«poderoso y horrible». «No me cabe duda», dice Juan, «de que hay algo
importante y repulsivo tras esa puerta». Hay que valorar mucho las banalidades
para insistir en servirlas de dos en dos”.
Otras críticas que se le
pueden hacer a la novela son: la dictadura argentina aparece como trasfondo pero
parece un simple paisaje difuminado, su hinchazón (demasiadas páginas), su
falta de rumbo y de tensión narrativa, su poca sofisticación en el lenguaje, y
por último el cierre, donde fallan muchos autores consagrados (Ejemplos: Bolaño
en 2666, Murakami en After Dark, Riku Onda en El asesinato de los Aosawa, etc.).
Para finalizar diré lo
positivo de su narración: es una especie de novela total que atrapa al lector.
Su prosa puede hablarnos de cualquier cosa que al final nos acabará fascinando;
y eso es todo un arte. No podemos decir que ese talento literario lo posea
cualquier escritor.
BIBLIOGRAFÍA
Sam Byers, Our
Share of Night by Mariana Enríquez review – political horror,
The Guardian, 27/10/2022.
Sergio G. Colautti, Las
muchas puertas de la Oscuridad, Letralia, 21/11/2020.
Mariana Enriquez, Nuestra parte de noche, Anagrama,
Barcelona, 2025 (37ª edición).
Margarita Muñoz, Nuestra parte de noche,
Revista Criticismo, núm. 41. Enero-Marzo 2022. X Aniversario.
Mariano Vilar, Lo que suele y
no suele decirse sobre Nuestra parte de noche de Mariana Enríquez,
Revista Luthor, nro. 54 (Noviembre 2022) pp. 11-17.

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