(C12) Slumdog Millonaire (2008)


Slumdog Millonaire (2008)

Bajo la apariencia de un sencillo melodrama Slumdog Millionaire (2008) esconde una conmovedora y emocionante historia con tintes dickensianos y decorado al más puro estilo Bollywood. Sin embargo, bajo esa aparente convencionalidad, encontramos una propuesta visualmente impresionante con una narración ágil y vibrante. Las desventuras de un joven desgraciado que está a punto de alzarse con el máximo premio de un popular concurso televisivo consiguen impregnar y contagiar una buena dosis de optimismo.

Danny Boyle (Manchester, 1956) ha planteado esta historia de amor imposible, salpicada de momentos que ahondan en los tristes arrabales del subdesarrollo de la fascinante Mumbai, con la enorme virtud de contarla de manera espléndida. Sin caer en un simple estereotipo del reflejo de la pobreza para conmover al espectador, ni en una falsa glorificación de la miseria, sino con el enorme acierto de narrar la historia con profunda humildad, aproximándose al realismo y huyendo de moralinas y doctrinas.

La clave de su éxito radica en la citada sencillez de la propuesta y, sobre todo, en el modo en el que se articula la narración. El guión de Simon Beaufoy está milimétricamente diseñado y Danny Boyle ha sabido extraer el máximo partido de la historia de Jamal Malik. Joven al que vamos conociendo junto a su experiencia vital, que resulta aclaratoria sobre su inesperado éxito en el concurso de televisión en el que participa. A través de soberbios flashbacks, llenos de ritmo y emoción, descubrimos su pasado como niño huérfano ingenioso y pícaro, que subsiste junto a su hermano y la fascinante Latika en las calles de Mumbai. 

Todos estos episodios conforman la columna vertebral del filme, donde vemos como Jamal, que nunca se queja de su asquerosa existencia, no cree en el destino escrito y demuestra como él mismo se lo ha ido configurando, a base de dosis de bondad, amor y positivismo. Y, en su mensaje final, transmite la esperanza de que el futuro siempre puede ser mejor, que el amor verdadero siempre triunfa. Este relato, aderezado con elementos al estilo Dickens (niños desgraciados en peligro, villanos crueles que los persiguen, etc.) está planteada sin fisuras, llena de dinamismo, como un juego del pasado y del presente, y con los momentos justos de humor, romance y drama. Y lo más importante es que contagia emoción, con situaciones que no buscan la lágrima fácil y sí consiguen una gran empatía con su protagonista.

Pero Slumdog Millionaire no es una película perfecta, se pueden encontrar ciertas carencias y en su último tercio, conforme los episodios de Jamal se aproximan al presente, pierde fuerza y se ablanda en exceso en su resolución. Sin embargo, la vida del joven desgraciado que encuentra la suerte que no ha tenido ya ha logrado, en esos instantes finales, hipnotizar (y cautivar) y tan sólo se desprende el deseo de conocer la resolución del concurso y de la historia de amor de Jamal. Sus detractores señalan que resulta artificiosa, inverosímil y efectista, pero no se puede negar que Boyle creía en la historia, le ha puesto lo mejor de sí, y desprende esa mágica sensación de las buenas películas, de las que gustan y hacen sentir, muy por encima de sus defectos.

Hay críticos que la consideran una tomadura de pelo pues es una historia inverosímil de un paria que se hace millonario y además se enamora de una chica guapísima. Presenta una versión edulcoradísima de la India, para no herir sensibilidades, muy al gusto de Hollywood y de acuerdo con todo nuestro imaginario occidental. A continuación os transcribo la crítica que hace de la película Carlos Boyero.

La gloria de los niños perdidos
CARLOS BOYERO 24/02/2009

Sintiendo alergia hacia la estética del videoclip y la contaminación que ha provocado en el cine el universo publicitario, factores muy arraigados en la expresividad de Danny Boyle, pocas películas me han descrito con tanto desgarro, veracidad y estilo las esencias, mecánica, goces e infiernos del inframundo del caballo (la otra sería Drugstore cowboy) como Trainspotting. Esa identificable y poderosa capacidad narrativa también le sirvió para crear zozobra y miedo en el espectador ante los depredadores zombis de 28 días después. Boyle, director tan poco acomodaticio como arriesgado, con afición al cambio de género, se embarcó con Slumdog millionaire en una aventura tan exótica como retratar la patética supervivencia de los más tirados, de niños callejeros, explotados y masacrados, con ínfimas posibilidades de futuro, en una ciudad tan dura como Bombay.

Y el complicado experimento en un universo que le era ajeno le ha salido muy bien a este inglés tan destroyer. Sin rasgos de impostura ni de antropólogo cultivado, haciendo auténtica, desesperada, emocionante, tierna y cercana a una fauna de la que los occidentales sólo teníamos espeluznantes noticias a través de los concienciados documentales sobre la miseria extrema. Los personajes, el ambiente y los rituales de sufrimiento que padecen esos críos forzosamente buscavidas podrían ser exclusivamente una taxidermia del horror tercermundista, pero Boyle logra inyectarle vitalismo a la sordidez, combinar luces y sombras, dotar de autenticidad al costumbrismo, implicar al receptor de cualquier parte en esta historia de tinieblas y redención, de amores infantiles que perduran a pesar de los destrozos emocionales que causa el paso del tiempo en circunstancias permanentemente sombrías. Y sales contento del cine después de haber observado la tragedia de los desvalidos, con ganas de acompañar cantando y bailando a sus protagonistas en esos encantadores y postreros títulos de crédito en la estación de tren. Es una película osada y atípica, paradójicamente enaltecedora y bonita, ya que casi todo invita al espanto en la realidad que describe. Esta crónica del miserabilismo respira alegría.

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