Carlos Boyero - Arte (2011)


ARTE - CARLOS BOYERO 11/06/2011 EL PAÍS.

Haciendo recordatorio sobre las cosas más placenteramente imborrables que puede ofrecer la vida, mucha gente coloca el sexo (si, además, es sexo enamorado, ya es la hostia), el nacimiento de los hijos, la realización de un sueño que parecía imposible, la sensación iniciática ante algunas drogas, la impresión difícilmente explicable ante paisajes cegadores, las risas compartidas, la sensación que provoca el primer encuentro con determinadas obras de arte, la plenitud amorosa que no puede ni quiere imaginar la futura aparición de nubes, momentos que sabes irrepetibles. Supongo que existe gente que cifrará el momento más gozoso de su existencia en los primeros 20 millones que ganaron haciendo un negocio o la batalla poblada por infinitos cadáveres que decidió una guerra, pero no lo puedo constatar debido a mi nulo conocimiento de banqueros, políticos y generales.

Pero es raro que alguien destaque como memorable felicidad una comida, el paladeo de sabores, olores y texturas ante el que solo puedes cerrar los ojos y dar emocionadas gracias. Hablar del festín de esos sentidos puede parecer esnob a los incorregibles fariseos, o ser considerado como una frivolidad en un mundo donde existe el hambre en proporciones intolerables.

Excepto los anormales, todo cristo debería tener la oportunidad de visitar alguna vez El Bulli, de maravillarse ante esa experiencia dionisiaca. Por muchos documentales, reportajes, libros que intenten plasmar el paraíso gustativo que se ha inventado alguien genial llamado Ferran Adrià (lo que crea es algo distinto y excepcional, carne de imitación, de impostura, de miserable vilipendio) solo puedes experimentarlo viviéndolo en directo. Hay magia en lo que comes con los dedos, lo que chupas, lo que bebes. Hay arte del grande utilizando la química, la experimentación, el hallazgo de lo que no se le había ocurrido a nadie. Las cinco o seis horas que pasas allí son más que un banquete. Es una película imprevisible, llena de ritmo, sentimiento y armonía, es un circo empeñado con éxito en el más difícil todavía; es una coreografía rebosante de plasticidad, elegancia y eficiencia en la que 80 personas hacen admirablemente lo que tienen que hacer. Si uno imagina la forma más grata de largarse al otro barrio piensas en el orgasmo. O al terminar de cenar en El Bulli.

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