(L120) Confesiones de un burgués (1934)



Sándor Márai, Confesiones de un burgués (1934)

Este libro corresponde a la primera parte de las memorias de Sándor Márai (1900-1989). Nos relata su vida y recuerdos, la de sus antepasados, su infancia y adolescencia en Kassa y en Budapest, y sus largas estancias juveniles en Berlín, París, Londres y Florencia. Se trata de un interesante retrato de la sociedad burguesa del primer cuarto del siglo XX. Porque Márai no sólo habla de sí mismo, sino que nos muestra una galería de personajes y una descripción de ambientes.

Confesiones de un burgués (1934) está publicada a los treinta y cuatro años, y aún tiene muy cerca los últimos hechos que nos cuenta. Márai nos habla de su familia, abuelos, padres, los parientes empresarios (como ellos llamaban a un tío que era carnicero) y los liberales (profesores, abogados, funcionarios, etc.), sus costumbres, sus relaciones, en definitiva su mundo, el mundo de la burguesía centroeuropea. Y luego nos habla del microcosmos infantil, y de sus traumas y tristezas, sus agobios y ¿por qué no? sus alegrías, aunque el balance que hace se inclina más hacia lo negativo que hacia lo positivo en sus recuerdos infantiles. Tras escaparse de casa en un ataque de pánico (más adelante se nos declarará neurótico, interesándose por la obra de S. Freud), es internado en un colegio de Budapest, donde realiza sus estudios secundarios, en medio de un sentimiento de profunda soledad e incomprensión. Esta etapa finaliza en la tarde de merienda campestre en la que les comunican el asesinato del heredero a la corona en Sarajevo.

De su reclutamiento a filas y participación en la I Gran Guerra, con diecisiete años, poco sabemos, al parecer cayó enfermo y se pasó el tiempo en el hospital. Pero a los diecinueve, su padre lo manda a Alemania a estudiar periodismo. Alemania es una segunda patria para él, ya que domina bastante el alemán, su familia tiene ancestros sajones. Pasa algunos años allí. Primero en Leipzig, luego en Weimar, Munich, Frankfurt y finalmente, en Berlín, ciudad que le subyuga y atrae extraordinariamente. Asiste al levantamiento espartaquista[1], la república de Weimar, y entra en contacto con jóvenes de distintas tendencias revolucionarias o simplemente bohemios, vividores y otros personajes propios de una época de transición y de rápidos y fuertes cambios en Europa. En Berlín tiene un breve encuentro, bajo la lluvia, con otro gran escritor centroeuropeo, Stefan Zweig (p. 287). Márai se convirtió en un alcohólico hecho y derecho, nos confiesa que “es muy difícil soportar la vida sin narcóticos”.

En un determinado momento llega a Berlín una amiga de la infancia, de su pueblo natal y se casa con ella, a los veintiún años, en un arranque de mala conciencia y un intento de vivir una vida honorable. Afortunadamente, Lola, su mujer, es la horma de su zapato. Soporta las dificultades, le acompaña, tiene los pies firmemente asentados en la tierra, y se ocupa de que su convivencia sea el pilar donde Márai se pueda apoyar para llevar adelante su tarea vital: la poesía, la literatura. Callada, tranquila, ahorradora, una hormiguita que le acompaña fielmente durante toda la vida. Expresado con sus propias palabras, “Ella se mantenía a mi lado por su extraordinaria fuerza interior, y estoy convencido de que fue Lola la que me ayudó a superar la etapa más difícil de mi vida. Poquísimos hombres y muy pocas mujeres son capaces de un sacrificio así.”(p. 333).

Cuando ya no pueden continuar en Alemania, por la situación económica y política, los Márai se desplazan a París donde viven durante seis años con un breve lapso en el que él se instala en Florencia mientras ella se recupera de una grave enfermedad en su Kassa natal. Los primeros años parisinos son años de sufrimiento y estrecheces, de incomprensión y de nostalgia. No consiguen integrarse en la vida francesa, no entienden bien el idioma, ni a los franceses, se les mira como inmigrantes extranjeros, se encuentran ante un muro, incapaces de superarlo. Tras los meses pasados en Florencia, las cosas empiezan a salir mejor en París, sus colaboraciones literarias son más asiduas y su pluma está verdaderamente inspirada, encuentra motivos por todas partes, su curiosidad no conoce límites, y parece que comienza a entender a los franceses. Hasta consigue un desvencijado coche con el que recorre el país, conociendo más a fondo sus costumbres y sus gentes, aunque tiene que deshacerse de él porque consume casi todo su presupuesto. Entra en todos los cafés, pasa interminables tardes en los salones del Ritz, codeándose con personajes mundialmente importantes, políticos, reyes, aristócratas, ricos americanos, etc. Mira, escucha, reflexiona y escribe. Lo que también es interesante para nosotros es que en los bares de Montparnasse conoce a los exiliados españoles: Unamuno, Francesc Macià, Blasco Ibáñez, Picasso, etc. y de cómo un día todos se marchan y el exiliado que ve entrar es el Rey de España. (p. 386)

Desde París inicia una serie de viajes por Oriente Medio, y también va muy a menudo a Londres. Las descripciones de sus estancias londinenses son impagables. Llega un momento en que siente la llamada de su tierra, “Y de repente sentí que mi tiempo había tocado a su fin, que no tenía nada más que hacer allí, que debía regresar a casa”, también la llamada de su propio idioma “la patria de un escritor es su lengua materna” (p. 421) y retorna a Budapest, alquila un piso y comienza a trabajar en serio: comienza con sus libros. Nos dice que “la escritura no es tarea para una persona sana” (p.461)

Acaba el libro con la muerte del padre, que cierra un capítulo de su vida. Muere el padre y el hijo comienza a enfrentarse a las cosas ya como un adulto, responsable de su propia vida. Es conmovedora su despedida en el lecho de muerte (p.468), concluye diciéndonos “Cierto es que he visto y he oído a Europa, que he vivido su cultura… ¿Acaso se puede pedir más de la vida? Ha llegado el momento de poner punto final.”

De Sándor Márai también os recomendamos: La herencia de Eszter (1939), La mujer justa (1941) y El último encuentro (1943).


[1] Se conoce como levantamiento espartaquista a la huelga general y a las luchas armadas en Berlín del 5 al 12 de enero de 1919, que al ser sofocadas dieron prácticamente por finalizada la Revolución de Noviembre. El nombre se ha generalizado en el uso, aunque la Liga Espartaquista, que se convirtió en el Partido Comunista de Alemania (KPD), ni inició el levantamiento ni lo dirigió, pero cooperó con el levantamiento una vez comenzado.

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