(L671) Las hermanas coloradas (1969)
Francisco García Pavón, Las hermanas coloradas (1969)
La novela policiaca española
tiene en las historias de Plinio que Francisco García Pavón (1919-1989)
escribió a finales de los años sesenta y principios de los setenta del siglo
pasado, una digna representación. El libro que comento hoy obtuvo el
prestigioso Premio Nadal del año 1969.
Argumento:
Manuel González alias Plinio es el
Jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso (Ciudad Real). Se levanta cada día a
las ocho en punto. Su mujer, "la Gabriela", le entra el uniforme gris de verano
bien planchado. Su hija Alfonsa le da los buenos días y una taza de café solo. A
continuación, se dirige a su trabajo:
“Las mujeres que barrían
las puertas de sus casas, paraban la escoba para dejarle paso. Como era lunes
se veía mucho tráfago de remolques, camiones y motos. Todavía había algunos
vecinos empleados en la limpieza de jaraíces y útiles de pisa, aunque ya la
mayoría suelen llevar su fruto a la Cooperativa. El bullir de las calles en la
prima mañana era claro, distante y de pocas palabras. Las calles al sol pueden
más que los bultos y las sombras. Todavía no pesa la vida. A la anochecida todo
el mundo va cargado de día y abulta más, suena más, es menos puro”.
Plinio se acerca a la
buñolería de "la Rocío", su amiga y admiradora, donde se encuentra a Braulio el filósofo y a don Lotario el veterinario. El primero
está hablando:
“–Digo y sostengo que en
esta vida todo es un error, porque empieza por ser una pifia de la naturaleza
el que el hombre exista.
–¿Y el que los perros
existan no? –le repreguntó Plinio muy serio.
–No señor. Los perros,
los burros, los elefantes, los ballenatos y las chinches, como cuantos animales
arpean sobre la tierra, vuelan o nadan, carecen de razón para darse cuenta de
la trampa; y el hombre lo columbra apenas se le cuaja la sesera. La grande y
tristísima peripecia del hombre es darse cuenta que es acabadero. Ya que lo
primero que descubrió con su inteligencia no fue la rueda, la llama o el
vestido, sino su fin sin remedio. El animal ignora lo que es y lo que va a ser.
El humano lo sabe y por eso su vida es un puñado de agonías...”
Más tarde, después del
desayuno con buñuelos y churros, a su despacho llega el correo en el que hay
una carta en cuyo membrete se leía: “Dirección General de Seguridad. Brigada de
Investigación Criminal. Madrid”. El Comisario don Anselmo Perales lo reclama en
Madrid porque tiene pendiente un caso por resolver en el que intervienen gentes
de Tomelloso.
Don Lotario reflexiona
sobre lo que es su oficio con la maquinación del campo y lo que había sido solamente
unos años atrás: “En los tiempos que, en aquellos campos de San Juan y Montiel,
el acareo, la arada y transporte se hacía con mulas, don Lotario traía siempre
un sin vivir que para qué. Pero desde que se enmaquinó el campo, como el albéitar
decía, si no salía algún caso de crimen, robo mayor o escándalo público que
compartir con la G.M.T. se aburría, se aburría como un carnicero en cuaresma en
los compartimentos de su «clínica», que ahora, desde la jubilación mular, prefería
llamarle «bodega». Cierto que el caserón que don Lotario poseía en la calle de
la Vera Cruz, siempre sirvió para ambas cosas. Allí hervían los mostos en
octubre y se curaban bestias todo el año. Nada más entrar por la gran portada,
en lo que diríamos el zaguán, estuvo el herradero. De aquella gloria de coces,
relinchos, martillazos y voces arrieras, sólo quedaba un yunque oxidado y media
docena de herraduras colgadas como en museo. Al fondo a la izquierda, estaba su
despacho y laboratorio. A la derecha el jaraíz,
y debajo la bodega subterránea o cueva, que sólo entraban en actividad los días
de la vendimia y aquellos otros de sacar el vino. Antes daba gusto ir a la
«clínica» de don Lotario. Cuánta entrada y salida de animales y hombres. Cuánta
mula coja o mal calzada.
Cuánta blusa, calzón de
pana, arres, jos, bos, sos, tacos, chisqueros de mecha, chorretones de meaos
muleros, y dientes amarillos. Allí solía verse al veterinario embutido en su
bata blanca, con ademanes nerviosos y casi pintorescos, poner lavativas
gigantescas, sajar, coser, inyectar y palpar barrigas. Ahora, acabada la
vendimia, todo era silencio y melancolía de cochera desahuciada”.
Plinio y don Lotario se
dirigen en el autobús de línea a la capital. Durante el viaje el Jefe de la
Guardia Municipal reflexiona sobre la fragilidad de la vida y la proximidad de
la vejez: “Y pensaba en la fragilidad de
eso que llamamos vivir. La declinación del paisaje, la quietud del cielo
nublado y la desgana de los árboles, le hacían recordar rodales de su vida
pasada, semblantes de hombres reflejados en los espejos de los casinos; bigotes
y barbas tras las nubes de humo de los cigarros antiguos; talles de mujeres con
falda hasta los pies, que bailaban en el salón del Círculo Liberal; y nombres
que ya están escritos en nichos o panteones señoritos. Le parecía a Plinio
sentir en aquellos instantes que la vida se iba como en un «gota a gota». Se
largaba sin tener donde asirse, sin un remedio de fuente milagrosa y sempiterna
que nos vuelva a aquellas lozanías. Menuda injusticia la de la naturaleza.
Primero, tan tanto y luego, tan na.
Que somos como una
especie de colador de los días. Cada uno nos lo da un agujerillo, hasta
dejarnos macizos, sin recibo ya para lo nuevo. Sólo aplicados a aquellas viejas
ideas y sensaciones que se nos quedaron sin salida ni respiro. Cada día se
participa menos de lo externo y se hunde uno en la tertulia interior de sus
vividuras y cachos de recuerdo. Con los años nos hacemos baúl cerrado, gabinete
sin puertas, odre sin espita, hasta devenir en licor tan fuerte y concentrado,
en caldo tan negro y pervertido, que nos altera los últimos motores, quema los
hilos del cerebro, perfora el tinto corazón y nos deja talmente como una cosa.
Plinio sentía que su oficio policiaco, su dale a la cabeza y al pesquis, era
buen antídoto contra la melancolía del
ir muriendo.
Cuando tenía «caso» se
olvidaba de sus años y perezas, de su inclinación a la remembranza... Desde
hacía algún tiempo sólo se fijaba en las personas mayores para buscarles en el
gesto, pelo, ademanes y renuncios, similitudes con su otoño propio. Los jóvenes
le parecían crías de otra especie, de otra encarnadura; logrados por no sabía
qué invento o composición...”
Una vez en Madrid
colaboran en la investigación de la desaparición de las hermanas coloradas, dos
gemelas pelirrojas oriundas de Tomelloso.
Comentario: Las hermanas coloradas no es una obra
policiaca al uso, parece más una novela de costumbres. Ambientada en los
últimos años de la década de los sesenta del siglo pasado, últimos años de la
larguísima travesía del franquismo, durante el período de transición de una
sociedad rural a otra industrial. Personajes, modos, oficios y costumbres
desfilan ante nuestros ojos en un derroche de vocabulario y sabiduría popular
encomiable. También es una novela filosófica donde los pensamientos de los
personajes acusan el paso del tiempo y rememoran una vida rural anterior e
idílica que se les escapa con rapidez hacia la modernidad.
“En Tomelloso todos se
conocen. Se cruzan en el Casino de san Fernando, en los bares o por la calle,
Braulio el filósofo, el párroco don Pío, Bonifacio el alguacil, el señor juez,
el Faraón (presto a cualquier chanza, «siempre parece recién acabado de
comer»), Calixto el escultor, Albadalejo el fotógrafo, los ayudantes de policía
Anacleto y Maleza... y don Lotario, veterinario de la localidad, propietario de
varias fincas y, sobre todo, mano derecha del policía en sus pesquisas. Algo así
como el doctor Watson de La Mancha, que escucha, aconseja o acompaña al
Sherlock Holmes de ese poblachón de Ciudad Real en los últimos años del
franquismo”.
La homosexualidad aparece
retratada en la novela con aires pintorescos. Los dos personajes: el Faraón y
Caracolillo Puro se dedican al cante y al espectáculo. Son “mariquitas que
hacen reír”. Ambos se van lanzando puyas: maruxo, del ramo perverso, Zapirón,
cupletisto, rodal de regocijo, culo-halóndiga, etc.
En cuanto a la situación
política en la novela se habla, tímidamente, de los inconvenientes del partido
único. También de los republicanos a los que califica de “cándidos” y de la
guerra civil, sin mucho más detalle. Así como la aparición de un republicano escondido. No da para más la crítica social, teniendo en cuenta la censura de la época.
En algún párrafo se burla
de las capacidades intelectuales y artísticas de las mujeres (ex: tocar en una
orquesta). También Plinio nos muestra una afectividad seca y distante. “Plinio
se despidió de sus mujeres sin besos ni estrecha de manos”. Y es que el hombre
en cierto modo blando, tierno o sensible no se estilaba en esa época.
La enjundia de la novela no
está sólo en cómo el policía municipal resuelve el caso, sino en las
conversaciones filosóficas que estos, don Quijote y Sancho del siglo XX,
mantienen mientras pasean o toman un valdepeñas en alguna bodega.
Las novelas de García
Pavón fueron muy populares en los 60 y 70. Plinio hasta tuvo una serie de
Televisión Española en 1972. Hoy está prácticamente olvidado. “¿Quién lee hoy,
por ejemplo, a Francisco García Pavón, un novelista de gran popularidad en la
década de los setenta? ¿Quién se acuerda de escritores que, como Ángel María de
Lera, José Luis Castillo Puche o Jesús Fernández Santos, tuvieron solo unas
pocas décadas atrás fama y lectores?”.
La lectura de las obras
de Simenon y una conferencia sobre los detectives de la novela negra a la que
asistí el pasado 14/12/2022 en la Librería Finestres de Barcelona me han
llevado a recuperar a este autor para el blog.
BIBLIOGRAFÍA
AA.VV, Esta es mi tierra - Tomelloso de
Francisco García Pavón, RTVE, 13/07/1983.
Francisco García Pavón, Las hermanas coloradas, Destino, Barcelona,
1971 (9ª edición).
Antonio Giménez Rico, Plinio, RTVE, 1971 (La
serie de televisión).
Manuel Llorente, García Pavón: el Simenon de La Mancha,
El Mundo, 16/09/2019.
Javier Sanz, El regreso de Plinio,
Café des exilés, 06/02/2014.
Cristian Segura, El escritor que llevó la novela negra
a la España vacía, El País, 28/09/2019.
Alice Silver, Manuel González "Plinio" - Francisco García Pavón, Mis detectives favoritos, 01/06/2009.
¡Me encantó la serie de Plinio y sus amigos!
ResponderEliminarMuy buen comentario. Si alguien no conoce estas historias, ahora es un buen momento para leer “El reinado de Witiza” o “El último sábado”; o sus “Cuentos republicanos”.
Un abrazo. Adelaida