(L628) El olvido que seremos (1995)
Héctor Abad Faciolince, el olvido que seremos (1995)
Tierna y entrañable
historia novelada de las vicisitudes de la familia de Héctor Abad
Faciolince (Medellín, 1958). Aunque pertenecía a una familia
“acomodada”, Colombia en esos años no era un buen lugar para una persona
liberal como su padre. Atacado por los conservadores por ser izquierdista y por
los de izquierda por no serlo suficiente.
Argumento: “En la casa vivían diez mujeres, un niño y un señor. Las mujeres eran Tatá, que había sido la niñera de mi abuela, tenía casi cien años, y estaba medio sorda y medio ciega; dos muchachas del servicio –Emma y Teresa–; mis cinco hermanas –Maryluz, Clara, Eva, Marta, Sol–; mi mamá y una monja”.
Sus hermanas, además de ser casi todas mayores que él, tienen una gran habilidad lingüística y apenas lo dejan hablar. Su padre trabajaba en la Facultad de Medicina en el Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública. Los días que no está muy atareado lo lleva en el carro a la Universidad. Mientras su papa da clases, él garateaba en el despacho en compañía de la secretaria.
“Creo que el único motivo por el que he sido
capaz de seguir escribiendo todos estos años, y de entregar mis escritos a la
imprenta, es porque sé que mi papá habría gozado más que nadie al leer todas
estas páginas mías que no alcanzó a leer. Que no leerá nunca. Es una de las
paradojas más tristes de mi vida: casi todo lo que he escrito lo he escrito
para alguien que no puede leerme, y este mismo libro no es otra cosa que la
carta a una sombra”.
“Cuando, muchos años más
tarde, leí la Carta al padre de
Kafka, yo pensé que podría escribir esa misma carta, pero al revés, con puros
antónimos y situaciones opuestas. Yo no le tenía miedo a mi papá, sino
confianza; él no era déspota, sino tolerante conmigo; no me hacía sentir débil,
sino fuerte; no me creía tonto, sino brillante. Sin haber leído un cuento ni
mucho menos un libro mío, como él sabía mi secreto, a todo el mundo le decía
que yo era escritor, aunque me daba rabia de que diera por hecho lo que era
sólo un sueño. ¿Cuántas personas podrán decir que tuvieron el padre que
quisieran tener si volvieran a nacer? Yo lo podría decir”. Que su padre fuera
bueno no quiere decir que no se enfadara. También tenía sus momentos de furia.
“A veces íbamos más
lejos, a algunos pueblos, y con nosotros iba también, en ocasiones, el decano
de Arquitectura de la Universidad Pontificia, el doctor Antonio Mesa Jaramillo,
que se encargaba de enseñar a hacer con buena técnica los tanques de agua y a
llevar tuberías hasta las casas, porque el agua potable era lo primero. Después
venían las letrinas o si era posible los trabajos de alcantarillado, que se
hacían los fines de semana, por acción comunal. Más adelante seguían las
campañas de vacunación y las clases de primeros auxilios en el hogar, según un
programa que se inventó mi papa con las mujeres más inteligentes y receptiva de
cada sitio, y que luego se llevaría a cabo en toda Colombia con el nombre de
«Promotoras rurales de la salud»”.
El trabajo social y
comunitario que desarrollaba el doctor Héctor Abad Gómez, le crea un buen
número de enemigos en la propia Universidad y entre la jerarquía católica.
Todos desean su muerte por ser un “peligroso izquierdista”.
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Familia Faciolince |
Comentario: El
homicidio de Héctor Abad Gómez se inscribe dentro de la época de mayor
recrudecimiento de la guerra a raíz del fatal maridaje entre los militares y
las nacientes autodefensas que luego vendrían a conocerse como Autodefensas
Unidas de Colombia; ejército paramilitar de alcance nacional e internacional a
través del narcotráfico.
Este libro que comienza
narrando las historias desde la perspectiva de un niño, más adelante da paso
a la visión del adulto. Faciolince hace un ejercicio de memoria donde un sujeto es
simultáneamente protagonista y narrador.
El relato de Abad
Faciolince narra la intersección de su propia vida con la de su padre. La
muerte del padre es anunciada una y otra vez a lo largo de la narración, sin
embargo, el libro entero pareciera ser la lucha por evitar narrar el brutal
acontecimiento. La escritura es la que permite dilatar ese momento final. La intención
no es, evidentemente, focalizarse en la muerte sino en la vida. Es un final
inevitable, pero la narración permite, aunque sea en la imaginación, darle más
tiempo de vida.
Todo esto compone una
obra inclasificable, que oscila entre la biografía, el ensayo, el reportaje
periodístico, el documento histórico y la pura confesión. Pero sobre todo es
una forma de dejar correr la pluma al hilo de la memoria, conducida ésta por
una intensa reflexión, para introducirnos en la crueldad de unos hechos
motivados por el terrorismo de estado y el abuso de poder.
En cuanto a vocabulario apenas
hay palabras del español de América que no entendamos: madrazos, bijao, pamplemusas,
carriel, vallunos, arrechos, mamasantos, gripa, cuadra, motilado, chuzones, bluyines,
etc.
La memoria novelada de
Abad Faciolince es el mejor homenaje que se le puede hacer a un ser querido
porque si “recordar es pasar por el corazón” él siempre lo ha tenido muy
presente. Como nos dice sabiamente “Los libros son un simulacro de recuerdo, una
prótesis para recordar, un intento desesperado por hacer un poco más perdurable
lo que es irremediablemente finito” antes de llegar a ser “el olvido que
seremos”.
BIBLIOGRAFÍA
AA.VV., Diccionario de americanismos,
AALE (Asociación de Academias de la Lengua Española, 2010.
Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos, Alfaguara,
Madrid, 2020.
Andrea Fanta Castro,
Imágenes del
tiempo en “El olvido que seremos” de Héctor Abad Faciolince,
Universidad de Granada, Revista Letral, Número 3, Año 2009.
Mario Vargas Llosa, La
amistad y los libros, El País, 07/02/2010.
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