(L727) Magna moralia (322 a.C.?)
Aristóteles, Magna moralia (322 a.C.?)
Primera obra que
traemos al blog del gran Aristóteles
(384 a.C.- 322 a.C.). De su autoría hay
discrepancias entre los especialistas. Unos piensan que es una obra de
juventud, anterior a la Ética a Eudemo
y otros piensan que es una obra espuria escrita con posterioridad.
RESUMEN
Capítulo I. De la
naturaleza de la moral.
La política debe
tratar del bien más grande, pero, añado yo, del bien más grande en relación con
nosotros. En resumen, se ve claramente que ni a una sola ciencia ni a una sola
facultad pertenece hablar del bien en su totalidad y en general. ¿De dónde nace
esto? Nace de que el bien se encuentra en todas las categorías; en la
sustancia, en la cualidad, en la cantidad, en el tiempo, en la relación, en el
lugar; en una palabra, en todas sin excepción.
Sócrates persigue
una sombra cuando quiere convertir las virtudes en otras tantas ciencias. (...)
Porque en todas las ciencias, desde el momento que se sabe de una lo que es, es
uno, no sólo conocedor, sino poseedor de ella. Por ejemplo, si se sabe lo que
es la medicina, desde aquel acto el que la sabe es médico, y lo mismo en todas
las demás ciencias. Pero nada de esto sucede respecto a las virtudes, porque
podrá uno saber lo que es la justicia, y no por esto se hace justo en el acto,
y lo mismo sucede con todas las demás.
Capítulo II.
División de los bienes.
Entre los bienes unos son verdaderamente
preciosos y dignos de estimación, otros sólo son dignos de alabanza, y otros,
en fin, no son otra cosa que las facultades que el hombre puede emplear en un
sentido o en otro. (...) Y así, la virtud es cosa muy preciosa cuando, debido a
ella, se hace uno hombre de bien, porque entonces el hombre que la posee ha
llegado a la dignidad y a la consideración de la virtud. Hay otros bienes que
sólo son laudables; tales son, por ejemplo, las virtudes, porque la alabanza en
este caso procede de las acciones que ellas inspiran. Otros bienes no son más
que simples potencias y simples facultades como el poder, la riqueza, la
fuerza, la belleza, porque estos bienes son de tal calidad, que el hombre de
bien puede hacer de ellos un buen uso, lo mismo que el malvado puede hacerlo
malo. (...) Además, los bienes de este género deben las más de las veces su
origen al azar que los produce.
Puede contarse
también una cuarta y última clase de bienes, como, por ejemplo, la gimnasia
para la salud y otras clases análogas. (...) Entre los bienes pueden
distinguirse los que son fines y los que no lo son. La salud es un fin, un
término, pero lo que se hace para conservarla no es un fin. En todos los casos
análogos el fin es siempre mejor que las cosas por medio de las cuales se busca
aquél; por ejemplo, la salud vale más que las cosas que deben procurarla. (...)
El bien supremo, el mejor bien es un fin último y perfecto, y el fin perfecto
del hombre no puede ser otro que la felicidad.
Capítulo III. Otra
división de los bienes.
Los bienes pueden
ser clasificados también de otra manera. Unos pertenecen al alma [bienes del
alma], como las virtudes; y otros al cuerpo, como la salud y la belleza; y
otros nos son extraños y exteriores, como la riqueza, el poder, los honores y
otras cosas análogas. De todos estos bienes los más preciosos son sin
contradicción los del alma. (…) siendo
en nuestra opinión la felicidad una cosa idéntica a obrar bien y conducirse
bien.
Capítulo IV. De la
felicidad.
La virtud está en
el alma (...) es claro que a causa de la virtud del alma vivimos bien. (...) La
virtud no es más que una facultad del alma, pero hay además en ésta el uso y el
acto de las virtudes que posee, y por consiguiente el uso y el acto de estas
virtudes son las que constituyen su verdadero fin. Luego la felicidad cosiste
en vivir según piden las virtudes.
Capítulo V.
División del alma en dos partes, y virtudes propias de cada una.
El alma, como acabamos de decir,
se divide en dos partes: una racional
y otra irracional. En la parte que está dotada de razón se distinguen la
prudencia, la sagacidad, la sabiduría, la instrucción, la memoria y otras
facultades de este género. En la parte
irracional es donde se encuentra lo que llamamos virtudes: la templanza, la justicia, el valor y todas las demás
virtudes morales que son dignas de estimación y de alabanza. Cuando las
poseemos, a ellas debemos el que se diga que merecemos la estimación y los
elogios. (…) Pero la virtud moral se destruye y se pierde a la vez por sobra
y por falta. (…) y sólo manteniéndose en una justa medida, en un término medio, es como se
conservan las fuerzas y la salud.
Capítulo VI. De la
influencia del placer y del dolor sobre la virtud.
El exceso y el
defecto no son los únicos límites que se pueden poner a la virtud, porque
también se la puede limitar y determinar por el dolor y el placer. Muchas veces
el placer es el que nos arrastra al mal, como el dolor nos impide otras hacer
el bien; (...) Lo moral, que en la lengua griega se llama ethos con e larga, tiene también la denominación del hábito, que
también se dice ethos con e breve; y
la moral, ethike, se llama así en
griego, porque resulta de los hábitos y de las costumbres, ethizesthai. Esto debe probarnos claramente que ninguna de las
virtudes de la parte irracional del alma nos es innata por la sola acción de la
naturaleza.
Capítulo VII. De los
diversos fenómenos del alma.
Hay tres cosas en
el alma: afecciones o pasiones,
facultades y disposiciones; de suerte que la virtud debe ser una de estas tres
cosas. Las pasiones o afecciones son, por ejemplo, la cólera, el temor, el
odio, el deseo, la envidia, la compasión y todos los demás sentimientos de esta
clase, que de ordinario tienen por compañeros inevitables la pena y el placer. Las facultades son potencias íntimas
que nos hacen capaces de estas diversas pasiones: por ejemplo, potencias que
nos hacen capaces de que montemos en cólera, de que nos aflijamos, de que nos
compadezcamos y sintamos otras afecciones análogas. En fin, las disposiciones son condiciones
particulares que hacen que estemos bien o mal dispuestos en relación con todos
estos sentimientos.
La moderación, que
sólo se encoleriza con motivo, y la dulzura ocupan el término medio entre la
irritabilidad, que nos lleva incesantemente a la cólera, y la indiferencia que
hace que no nos irritemos jamás.
Capítulo VIII. De
las disposiciones.
Estar bien
dispuesto significa no incurrir en el exceso, ni en el defecto. Y así la
disposición es buena respecto a las cosas que pueden merecer alabanza, cuando
se mantiene en esta especie de término
medio. La disposición es mala cuando se incurre en el exceso o en el
defecto. Puesto que la virtud ocupa el medio entre las afecciones, y que las
afecciones, o en otros términos las pasiones del alma, son penas o placeres, no
hay virtud sin placer o sin pena.
Capítulo IX. El
defecto y el exceso son lo contrario del término medio en que consiste la
virtud.
Hay ciertos medios
cuyo contrario es el defecto; hay otros en que es el exceso. Y así lo contrario
del valor no es la temeridad, que es un exceso; es la cobardía, que es un
defecto. No sucede así respecto a la templanza, que es un medio entre la
corrupción sin freno y la insensibilidad en lo que concierne al placer (...) las
tendencias a que más nos arrastra la naturaleza son también las más contrarias
al medio: por ejemplo, la naturaleza nos arrastra al desarreglo y a la
disipación más que a la economía y a la templanza.
Capítulo X. La
virtud y el vicio dependen del hombre y son voluntarios.
De los hombres
depende ser buenos o malos, y lo prueban las alabanzas y reprensiones de que
son objeto las acciones humanas. La alabanza va dirigida a la virtud y la
represión al vicio; y es claro que ni la una ni la otra podrían aplicarse a
actos involuntarios. Por consiguiente, bajo este punto de vista depende de
nosotros hacer el bien o hacer el mal. (...) la voluntad y la libertad se
aplican principalmente al vicio y a la virtud.
(...) Para ser el
más virtuoso de los hombres no basta quererlo, si la naturaleza no nos auxilia;
pero se será mucho mejor, si hay esta doble resolución [de mejorar el cuerpo y
el alma].
Capítulo XI.
Teoría de la libertad en el hombre.
Después de haber
demostrado que la virtud depende de nosotros, es preciso tratar del libre
albedrío y explicar lo que es el acto
libre y voluntario. (…) La palabra “voluntario” designa, absolutamente
hablando, todo lo que hacemos sin vernos precisados por una necesidad
cualquiera. (...) El móvil que nos hace obrar es en general el apetito. Pueden
distinguirse tres especies de apetitos:
el deseo, la cólera y la voluntad. Indaguemos en primer lugar si la acción a
que nos obliga el deseo es voluntaria o involuntaria. (...) Todo lo que hacemos
que no proceda de nuestra libre voluntad, sólo lo hacemos por una necesidad que
nos domina; y en todo lo que se hace por necesidad, advertimos un cierto dolor
como su resultado. El placer, por lo contrario, es una consecuencia de lo que
hacemos movidos por el deseo. Así, pues, las cosas que se hacen por el deseo no
pueden ser involuntarias, por lo menos en este sentido, y antes bien son
ciertamente voluntarias.
Capítulo XIII. Definición
de la fuerza o violencia.
(…) el hombre
desarreglado que no se domina, reclamará y sostendrá que no es responsable de
su vicio, porque pretenderá que si comete la falta, es porque se ve forzado a
ello por la pasión y el deseo. Ésta será pues para nosotros la definición de la
violencia y de la coacción: hay
violencia siempre que la causa que obliga a los seres a hacer lo que hacen
es exterior a ellos; y no hay violencia desde el momento que la causa es
interior y está en los seres mismos que obran.
Capítulo XV. Del
acto voluntario.
No pudiendo
consistir el acto voluntario en un impuso ciego, es preciso que proceda siempre
del pensamiento; (...) lo voluntario se da en lo que se hace con intención.
Capítulo XVI. De
la preferencia reflexiva.
Si la preferencia reflexiva que determina
nuestra elección, debe o no pasar por un apetito. El apetito se encuentra en
los demás animales como en el hombre, pero la preferencia que escoge no aparece
en ellos. La causa de esto es que la preferencia, va siempre acompañada de la
razón, y de la razón no participa ningún otro animal.
La preferencia,
como su nombre lo expresa claramente, significa que preferimos tal cosa a tal
otra; por ejemplo, lo mejor a lo menos bueno. Cuando comparamos lo menos bueno
con lo mejor y tenemos libertad de elección, entonces puede decirse propiamente
que hay preferencia.
Capítulo XVII.
Continuación de la teoría precedente.
(…) todo el mundo
conviene en que la salud es un bien. Pero cabe engaño con respecto a los medios
que conducen a este fin, y así se pregunta, si es bueno para la salud comer o
no comer tal o cual cosa. El placer y la pena son principalmente los que en
estos casos nos hacen incurrir en equivocaciones y en faltas, porque huimos
siempre de la última y corremos tras el primero.
La virtud es lo mejor que
hay en el mundo, porque por ella se hace todo lo demás, y porque es la que
contiene el principio de todo. Las cosas, que contribuyen al fin que uno se
propone, están sólo hechas para este fin.
Capítulo XIX. Del
valor.
El verdadero valor
se manifiesta sólo cuando recae sobre cosas respecto a las que es lícito al
hombre tener miedo y audacia; y entiendo por tales cosas que la mayor parte o
todos los hombres temen. El que permanece firme en tales situaciones es un
hombre de valor.
Pero no debe
entenderse que el hombre valiente carezca de miedo en el sentido de no
experimentar accidentalmente la menor emoción de temor. No es ser valiente el
no temer absolutamente nada, porque si tal cosa pudiera admitirse, vendríamos a
parar en que las piedras y las cosas inanimadas son valientes. Para tener
verdaderamente valor es preciso saber temer el peligro y saber arrostrarlo,
porque si se arrostra sin temerlo, ya no se es valiente. [Se es temerario].
Capítulo XX. De la
templanza.
La templanza ocupa el medio
entre el desarreglo y la insensibilidad en punto a placeres. La templanza, como
en general todas las virtudes, es una excelente disposición moral, y una
excelente disposición sólo puede aspirar a lo excelente.
Capítulo XXI. De
la dulzura.
Digamos ante todo
que la dulzura es un medio entre el arrebato, que conduce siempre a la
cólera, y la impasibilidad que no puede nunca llegar a sentirla. Ya hemos
visto, que todas las virtudes en general son medios.
Capítulo XXII. De
la liberalidad.
La liberalidad es
el medio entre la prodigalidad y la avaricia, dos pasiones que tienen por
objeto el dinero. El pródigo es el
que gasta en cosas que no debe, más que debe y cuando no debe. El avaro, al contrario del pródigo, es
el que no gasta en lo que debe, ni lo que debe, ni cuándo debe. Ambos son
igualmente reprensibles. El uno cae en un extremo por falta, el otro en el
opuesto por exceso. El hombre verdaderamente liberal, puesto que merece alabanza,
ocupa el medio entre estos dos; y el
liberal es el que gasta en las cosas que es preciso, lo que es preciso y
cuando es preciso.
Capítulo XXIII. De
la grandeza de alma.
La grandeza de
alma es una especie de medio entre la insolencia y la bajeza. Se
refiere al honor y al deshonor; pero no al honor de que juzga el vulgo, sino a
aquel del que son únicos jueces los hombres de bien, y el cual es el que
atiende la grandeza de alma. (...) Entre estos dos extremos [insolencia y
bajeza] ocupa el medio el que no exige para sí menos honores de los que le
corresponden, ni quiere más de los que merece, ni pretende tampoco
monopolizarlos. Éste es el magnánimo.
Capítulo XXIV. De
la magnificencia.
La magnificencia
es el medio entre la ostentación y la mezquindad. Se refiere a los
gastos que un hombre colocado en alta posición debe saber hacer. El que gasta
cuando no debe gastar es fastuoso y pródigo; (...) La mezquindad, que es el
defecto contrario al fausto, consiste en no saber gastar con grandeza cuando
conviene, (...) Y así la magnificencia, puesto que es laudable, es un cierto
medio entre el exceso y el defecto en los gastos, según las circunstancias en
que conviene hacerlos.
Capítulo XXV. De
la indignación que inspira el sentimiento de la justicia.
La justa indignación,
en griego némesis, es el medio entre
la envidia, que se desconsuela al ver la felicidad ajena, y la alegría
malévola, que se regocija con los males de otro. Ambos son sentimientos
reprensibles, y sólo el hombre que se indigna con razón debe merecer nuestra
alabanza. La justa indignación es el dolor que se experimenta al ver la fortuna
de alguno que no la merece; (...) Recíprocamente se indigna también al ver
sufrir a alguno una desgracia no merecida.
Capítulo XXVI. De
la dignidad y del respeto de sí mismo en las relaciones sociales.
La gravedad y el respeto de sí mismo
ocupan el medio entre la arrogancia, que sólo parece contenta consigo
misma, y la complacencia, que indiferente se acerca a todo el mundo. La
gravedad se aplica a las relaciones sociales.
Capítulo XXVII. De
la modestia.
La modestia es un medio entre
la impudencia, que no respeta nada, y la timidez, que ante todo
se detiene. La modestia se muestra en las acciones y en las palabras. El
impudente es el que todo lo dice y todo lo hace en todas situaciones, delante
de todo el mundo, y sin ningún miramiento. El hombre tímido y embarazado, que
es lo contrario de éste, es el que toma toda clase de precauciones para obrar y
para hablar con todo el mundo y en todos los negocios; se siente siempre como
trabado e impedido y no sirve para nada. (...) el hombre modesto sabrá hacer y
decir las cosas, dónde y cuándo conviene hacerlas y decirlas.
Capítulo XXVIII.
De la amabilidad.
La amabilidad
es el medio entre la chocarrería y la rusticidad, y tiene relación con
la burla y la gracia. El bufón o chocarrero es el que se imagina que puede
mofarse de todo y de todas maneras. La rusticidad, por lo contrario, es el
defecto del que cree que jamás debe burlarse de nadie, y que se incomoda si se
burlan de él. La verdadera amabilidad está entre estos dos extremos, (...) la
amabilidad puede presentarse bajo dos fases: sabe a la vez divertirse con
mesura y soportar, en caso necesario, las chanzonetas de los demás.
Capítulo XXIX. De
la amistad.
La amistad sincera es el
medio entre la adulación y la hostilidad, y se muestra en los actos y en
las palabras. El adulador es el que concede a los demás más de lo que conviene
y más de lo que tienen. El enemigo es el que niega las dotes evidentes que
posee la persona que aborrece. (...) El amigo sincero ocupa el verdadero medio;
no añade nada a las buenas cualidades que distinguen a aquel de quien habla, ni
le alaba por las que no tiene, pero tampoco las rebaja, ni se complace jamás en
contradecir su propia opinión. Tal es el amigo.
Capítulo XXX. De
la veracidad.
La veracidad es el medio entre
el disimulo y la jactancia. Sólo afecta a las palabras, y no
indistintamente a todas. El jactancioso es el que finge y se alaba de tener más
de lo que tiene o de saber lo que no sabe. El hombre disimulado es lo
contrario; porque el que disimula finge tener menos que tiene, niega saber lo
que sabe y oculta lo que sabe. El hombre verídico no hace ni lo uno, ni lo
otro. No fingirá tener más ni menos de lo que tiene, sino que dirá francamente
lo que tiene, así como dirá lo que sabe. Que sean éstas o no verdaderas virtudes
es una cuestión distinta.
Capítulo XXXI. De
la justicia.
Lo justo que lo es
relativamente a los demás es, pasa decirlo en una sola palabra, la equidad, la
igualdad; y lo injusto es la desigualdad. Cuando uno se atribuye a sí mismo una
parte de bien más grande o una parte menos grande de mal, hay iniquidad, hay
desigualdad; y entonces creen los demás que aquel ha cometido y que ellos han
sufrido una injusticia. Si la injusticia consiste en la desigualdad, es una
consecuencia necesaria que la justicia y lo justo consistan en la igualdad
perfecta en los contratos. Otra consecuencia es que la justicia es un medio
entre el exceso y el defecto, entre lo demasiado y lo demasiado poco. (...) El
medio o lo que es lo mismo la mitad, es igual; de tal manera que lo igual entre
lo más y lo menos es lo justo, y el
hombre justo es el que en sus relaciones con los demás sólo aspira a la
igualdad. (...) Otro ejemplo de proporción: el que posee mucho debe contribuir
con mucho a la masa común, y el que posee poco debe contribuir con poco.
Recíprocamente, resulta una proporción igual diciendo que el que ha trabajado
mucho, reciba mucho salario, y el que ha trabajado poco, reciba poco.
Lo justo es lo que
conserva las sociedades, y lo justo se confunde e identifica con lo proporcional.
(...) el arquitecto daba a su obra un valor mayor que el zapatero, y era
difícil que el zapatero pudiese cambiar su obra con la del arquitecto, puesto
que no podía hacerse una casa en lugar del calzado. Entonces se imaginó un
medio de hacer todas estas cosas vendibles, y se resolvió en nombre de la ley
que sirviera de intermediario en todas las ventas y compras posibles cierta
cantidad de dinero, que se llamó moneda, en griego nomisma, del carácter legal que tiene, y para que entregándose en todos
los tratos los unos a los otros una cantidad en relación con el precio de cada
objeto, se pudiese hacer toda clase de cambios y mantener por este medio el
vínculo de la asociación política.
¿Cuándo es justo
un acto? ¿Cuándo no lo es? Para decirlo en pocas palabras, un acto es justo cuando se hace con reflexiva intención y entera
libertad. Ya he dicho antes lo que debe entenderse por un acto libre y
voluntario. Cuando se tiene en cuenta a quién, en qué tiempo y por qué se hace
lo que se hace, entonces se practica verdaderamente un acto justo; y recíprocamente
será también hombre injusto el que sabe a quién, cuándo y por qué hace lo que
hace. Cuando sin saberlo y sin ninguna de estas condiciones se hace alguna cosa
injusta, entonces no es el hombre verdaderamente injusto; es simplemente un
desgraciado. (...) Cuando ella [la ignorancia] es causa directa de la acción
que se ha hecho, esta acción no es voluntaria y por consiguiente no es uno
culpable. Pero cuando, por lo contrario, es uno mismo causa de esta ignorancia,
y se ha hecho alguna cosa que es resultado de esta ignorancia, como ésta es la
única causa, entonces es uno culpable y con razón se considera a uno causa del
delito y se le exige responsabilidad. Esto sucede en el caso de la embriaguez.
Los hombres que estando ebrios, hacen algún mal, son culpables, porque ellos
mismos son causa de su ignorancia. Libres eran de no beber hasta el punto de
desconocer a su padre y golpearle. Lo mismo sucede en todos los demás casos de
ignorancia, cuando uno mismo es la causa de ella.
Capítulo XXXII. De
la razón.
¿Qué es la razón y
qué es la recta razón? (...) Ya antes, en una sencilla indagación que hicimos
sobre el alma, vimos que hay en ella una parte que está dotada de razón y la
otra que es irracional. A su vez, la parte del alma que está dotada de la razón
se divide en otras dos, que son la voluntad y el entendimiento que es capaz de
ciencia. Estas partes del alma son diferentes, (...) Una cosa es lo inteligible
y otra es lo sensible, y como es el alma la que nos hace conocer lo uno y lo
otro, es preciso que la parte del alma que se refiere a lo sensible, sea
distinta que la que se refiere a lo inteligible.
Sentados estos
puntos, y puesto que la razón se aplica a la verdad, debemos indagar cuáles son
las condiciones de lo verdadero en el
alma. Puede alcanzarse lo verdadero por la ciencia, la prudencia, el
entendimiento, la sabiduría y la conjetura. (...) Desde luego, la ciencia se aplica a lo que puede
saberse y este dominio se extiende tan allá como la demostración y el
razonamiento. En cuanto a la prudencia,
se aplica sólo a las cosas factibles y prácticas, que hay posibilidad de buscar
o de evitar, y que depende de nosotros hacer o no hacer. (...) La prudencia, a
mi juicio, es una virtud y no una ciencia, porque los hombres prudentes son dignos
de alabanza, y de alabanza sólo es objeto la virtud. (...) En cuanto a la inteligencia [entendimiento], se aplica
a los principios de las cosas inteligibles y de los seres. (...) La sabiduría es un compuesto de la
ciencia y del entendimiento, porque la sabiduría está en relación a la vez con
los principios y con las demostraciones, que se derivan de los principios y son
el objeto propio de la ciencia. (...) la
conjetura es la facultad por la que procuramos, en todos los casos en que
las cosas presentan un doble aspecto, distinguir si son o no son de tal o de
cual manera.
La definición que
proponemos nos parece preferible, entendiendo que la virtud es el instinto natural guiado hacia el bien por la razón,
porque en este caso es a la vez la virtud y una cosa digna de estimación y de
alabanza.
LIBRO II
Capítulo I. De la
moderación.
La
moderación es una cualidad del hombre que exige
menos de los que podrían procurarle sus derechos fundados en la ley. (...) Pero
el hombre moderado no reduce indistintamente todos sus derechos; así que no
rebaja nada de los que debe a la naturaleza y que son verdaderamente derechos;
solo reduce sus derechos legales, aquellos que el legislador, a causa de su
importancia, ha debido dejar indecisos.
Capítulo II. De la
equidad.
El
hombre equitativo juzga de los vacíos que deja la
legislación, y reconociendo estos vacíos, insiste en que el derecho que reclama
es muy fundado. El discernimiento es, pues, lo que constituye al hombre
equitativo.
Capítulo III. Del
buen sentido.
El
buen sentido es esta cualidad, esta disposición o
facultad, que nos descubre el mejor y más ventajoso proceder en los actos que
debemos ejecutar. Y así, las cosas que se hacen espontáneamente, por perfectas
que hayan salido, no pueden atribuirse al buen sentido. Cuando no ha habido
intervención de la razón para discernir el mejor partido que debe tomarse, no
puede llamarse hombre de buen sentido al que obra de esta manera. Cualquiera
que sea el resultado que obtenga, sólo será un hombre afortunado.
Capítulo V.
Cuestiones diversas.
Si cometer una injusticia es dañar a
alguno con plena voluntad, sabiendo que se le daña, quien es el dañado, cómo y
por qué se le daña; y si además el daño hecho a otro y la injusticia cometida
sólo pueden recaer sobre los bienes y en los bienes exclusivamente, se sigue de
aquí que el hombre que comete una injusticia, el hombre injusto, sabe
perfectamente lo que es el bien y lo que es el mal. Y conocer precisamente
estos matices delicados es lo propio del hombre prudente, es lo propio de la
prudencia.
Capítulo VI.
Nuevas teorías sobre la templanza.
La virtud de la
templanza no se parece a ninguna otra. En todas las demás virtudes la razón y
las pasiones arrastran en el mismo sentido y no se contradicen. En la templanza
sucede lo contrario; la razón y las pasiones están directamente opuestas entre
sí.
Capítulo VII. De
la brutalidad.
La
brutalidad es en cierta manera el vicio llevado
hasta el último extremo, y cuando vemos un hombre absolutamente depravado
decimos que no es un hombre, sino un bruto, representando la brutalidad uno de
los grados del vicio. (...) la virtud opuesta a la brutalidad no puede tener
nombre particular; es divina y supera a las fuerzas del hombre.
Capítulo VIII. De
la templanza.
El viejo Sócrates
llegó hasta suprimir y negar enteramente la intemperancia, sosteniendo
que nadie hace mal con conocimiento de causa. Pero el intemperante, que no sabe
dominarse, parece que hace el mal sabiendo que es mal, arrastrado y todo por la
pasión que le domina. Como resultado de esta opinión, Sócrates creyó que no
había intemperancia. Pero éste es un error. (...) Sí, hay hombres
intemperantes; y saben bien que, al obrar como obran, hacen mal.
¿La templanza y la
paciencia son una sola y misma virtud? La
templanza se refiere a los placeres, y es hombre templado el que sabe
dominar sus peligrosos atractivos; la
paciencia, por lo contrario, sólo se refiere al dolor, y el que soporta y
sufre los males con resignación es paciente y firme. En igual forma, la
intemperancia y la molicie no son la misma cosa. Hay molicie y es flojo un
hombre, cuando no saber soportar las fatigas, no todas indistintamente, sino
las que otro hombre en las mismas circunstancias se creería en la necesidad de
soportar. El intemperante es el que no puede soportar los alicientes del placer
y se deja ablandar y arrastrar por ellos. (...) El incontinente es el
que cree que lo que hace es excelente y le es muy útil, y que no tiene en sí
mismo una razón que sea capaz de oponerse a los placeres que le seducen y le
ciegan. El intemperante, por lo contrario, siente en sí la razón que se opone a
sus extravíos en aquellas cosas a que le arrastra su funesta pasión.
Capítulo IX. Del
placer.
Los mismos que
hacen la guerra al placer y que no quieren contarlo entre los bienes, reconocen
cuando menos que la felicidad consiste en no tener pena, y no tener pena
es estar a punto de tener placer. (...) tratamos de la felicidad, que hemos
definido diciendo que es el acto de la virtud en una vida perfecta; pero la
virtud se refiere esencialmente al placer y al dolor, y por consiguiente, es
imprescindible hablar del placer, puesto que sin placer no hay felicidad.
Los argumentos de
los que no quieren considerar el placer como un bien, ni elevarlo a este rango.
Dicen, en primer lugar, que el placer es
una generación (a), es decir un hecho que deviene sin cesar, sin ser nunca;
que una generación es siempre una cosa incompleta, y que al verdadero bien no
debe rebajársele nunca al rango de cosa incompleta. En segundo lugar, añaden
que hay placeres malos (b) y que el
bien jamás puede estar en el mal. Además observan, que el placer esta en todos los seres (c)
indistintamente, en el malo como en el bueno, en la bestia feroz como en el
animal doméstico, y que el bien no puede nunca tener que ver con los seres
malos, ni es posible que sea común a tantas criaturas diferentes. Dicen
también, que el placer, no es el fin
supremo del hombre (d), y que el bien, por lo contrario, es este fin
supremo. Por último, sostienen que el
placer impide muchas veces cumplir
con el deber y hacer el bien (e), y que lo que impide cumplir con el deber
no puede ser el bien.
(a) En primer
lugar no todo placer es una generación. El placer que nace de la ciencia y de
la contemplación intelectual, no es una generación, como lo es el que procede
de los sentidos del oído y del olfato, porque en estos casos no nos viene el
placer a satisfacer una necesidad, como sucede en otros muchos, por ejemplo, en
los placeres de comer y beber que pueden proceder a la vez de la necesidad y
del exceso, puesto que podemos gustar de ellos, ya satisfaciendo una necesidad,
ya compensando un exceso anterior.
(b) Del hecho de
que ha placeres malos, los filósofos de que hablamos deducen que el placer no
es un bien. (...) La naturaleza a veces también se nos muestra mala, como se ve
en los insectos, la langosta y tantos animales inferiores; y sin embargo, esto
no basta para que se diga que la naturaleza es una cosa mala. Lo mismo sucede
respecto a las ciencias, pues también las hay de escasa elevación, por ejemplo
las mecánicas y, sin embargo, no por esto la ciencia es mala. Todo lo
contrario, la ciencia y la naturaleza son generalmente buenas, (...) ni la
naturaleza ni las cosas en general deben apreciarse por los malos resultados
que producen, sino por los buenos.
Los placeres,
tómense en uno u otro sentido, son siempre actos, y de aquí concluyo sin
vacilar, que los placeres de la vista, los del oído y de los de la inteligencia
son los mejores, puesto que los del cuerpo no proceden sino de la satisfacción
de nuestras necesidades.
(c) El placer debe
parecer un bien precisamente por lo mismo que todos los seres del mundo lo
desean. En toda la naturaleza no hay un ser que deje de desear el bien, y
puesto que todos desean igualmente el placer, se sigue que el placer es
generalmente bueno. (...) Cuando se obra con placer es uno virtuoso, y se cesa
de serlo, si sólo se hace el bien con dolor. El dolor no se encuentra
más que en las cosas que se hacen por necesidad, y si se experimenta dolor al
obrar bien, es porque se ejecuta bajo el imperio de la necesidad. Pero desde el
momento en que se obra por necesidad, ya no hay virtud. (...) la virtud nunca
va acompañada de dolor, y si no va acompañada de dolor, lo va siempre del
placer. Por lo tanto, lejos de que el placer sea un obstáculo a la acción, es,
por lo contrario, una excitación a obrar, y en general la acción no puede producirse
sin el placer que es su consecuencia y resultado particular.
(d) Si se diera
ensanche a este razonamiento, se llegarían a suprimir una tras otra todas las
demás virtudes. Así, porque el valor no sea el bien supremo, ¿podrá decirse que
el valor no es un bien? ¿No es esto absurdo? La misma respuesta puede darse
respecto a todas las demás virtudes, y por consiguiente el placer no deja de
ser un bien, porque no sea el bien supremo. (...) Hemos dicho que la verdadera
condición de la virtud consiste en que la razón bien organizada esté de acuerdo
con las pasiones que conservan su virtud especial, y recíprocamente en que las
pasiones estén de acuerdo con la razón.
(e) De aquí
concluyo que la pasión regular y bien organizada es el principio que nos
conduce a la virtud más bien que la razón.
Capítulo X. De la
fortuna.
Parece natural
después de todo lo que precede hablar también de la fortuna, puesto que
tratamos de la felicidad. Se cree muy generalmente que la vida dichosa es la
vida afortunada, o por lo menos que no hay vida dichosa sin fortuna. (...) la
fortuna jamás hace las cosas de la misma manera, sino que las hace sin ningún
orden y como mejor cuadra. He aquí por qué se dice que en las cosas de esta
clase es en las que tiene lugar el azar o la fortuna.
La prosperidad y
la fortuna consisten en cosas que no dependen de nosotros, de las que no somos
dueños, y las cuales no podemos hacer a nuestra voluntad.
Así pues, la
prosperidad, la fortuna, es en cierta manera una naturaleza privada de razón.
El hombre favorecido por la fortuna es el que, sin una razón suficientemente
ilustrada, va en busca de los bienes y los encuentra. Su triunfo sólo puede
atribuirse a la naturaleza.
En resumen, como
no hay felicidad sin los bienes exteriores, y estos bienes sólo proceden del
favor de la fortuna, como acabamos de decir, es preciso reconocer que la
fortuna contribuye por su parte a la felicidad.
Capítulo XI.
Resumen de las teorías particulares sobre cada una de las virtudes especiales.
Después de haber
hecho el análisis de cada virtud en particular, sólo nos resta resumir todos
estos pormenores para presentar el retrato de la virtud en su conjunto y en su
generalidad. (...) la honestidad unida a la bondad, a la belleza moral, porque
se dice de un hombre que es honesto y bueno, para expresar que es de una virtud
completa. Por lo demás esta expresión general, “honesto y bueno”, puede
aplicarse a la virtud en todos sus matices, a la justicia, al valor, a la
prudencia; en una palabra, a todas las virtudes sin excepción.
Si la fortuna y el
poder, al caer en manos de un hombre, le son dañosos, no debe desearlos, porque
sólo debe desear los bienes que no pueden perjudicarle. (...) Verdaderamente honesto
y bueno sólo es aquel para quien todos los verdaderos bienes subsisten
siéndolo, y que no se deja corromper por ellos, como los hombres se dejan
corromper las más de las veces por la riqueza y el poder.
Capítulo XIII. De
la amistad.
Viendo como vemos
que [la amistad] es cosa que se puede sentir durante toda la vida, que
puede subsistir en todo tiempo y que es siempre un bien, es preciso
considerarla como una cosa aneja a la felicidad.
En nuestra
opinión, sólo cabe verdadera amistad donde hay reciprocidad de afectos. Pero la
amistad, el amor a Dios no admite reciprocidad, y la amistad es imposible. (…)
Tampoco puede haber reciprocidad de amistad con las cosas inanimadas, y si se
dice que se aman ciertas cosas inanimadas, es como se ama el vino, por ejemplo,
o cualquiera otra cosa de este género. (…) sólo estudiamos la amistad posible
entre los seres animados, y no todos, sino únicamente los que pueden
corresponder a la afección que se les muestra. Si se quisiera llevar más
adelante el análisis e indagar cuál es el verdadero objeto del amor, podríamos
decir desde luego que no es otra cosa que el bien.
Esto es
precisamente lo que motiva la cuestión sobre si el hombre de bien puede ser o
no amigo del hombre malo. (…) No puede decirse que el hombre de bien no será
amigo del hombre malo. Sin embargo lo será, porque siendo lo útil y lo
agradable un resultado del bien, el hombre malo, si es agradable, es amigo en
tanto que agradable, y si es útil, es igualmente amigo en tanto que útil. (…)
Están muy distantes de la amistad perfecta, es decir, de la que une a los
hombres de bien. El hombre, que sólo ama en vista de lo agradable, no siente
esta amistad que inspira el bien, así como tampoco el que sólo ama en vista de
lo útil. Por lo tanto, es preciso decir que estas tres clases de amistad, que
se refieren al bien, a lo agradable, a lo útil, si bien no son idénticas, no
están tan distantes entre sí como podría creerse.
Los corazones, que
están unidos por la virtud, son más amigos que todos los demás, porque tienen a
la vez todos los bienes: lo bueno, lo agradable y lo útil. (...) La virtud que engendra esta amistad es
inquebrantable, y por consiguiente, esta noble amistad, que aquella produce,
debe ser inquebrantable como ella. Lo útil, por lo contrario, jamás es lo
mismo, y he aquí por qué la amistad, que se funda en lo útil, nunca es estable,
y se hunde con la utilidad que la ha hecho nacer. Otro tanto podría decirse de
la amistad formada por el placer.
La amistad de los
buenos o la amistad perfecta se produce por la semejanza; la amistad de interés
descansa, por lo contrario, en la desemejanza; el pobre es amigo del rico,
porque tiene necesidad de los bienes en que el rico abunda; y el malo se hace
amigo del bueno por la misma razón, pues faltándole la virtud, se hace amigo
del hombre en quien espera encontrarla. Y así la amistad por interés se produce
en seres desemejantes, y podría aplicarse a ella el verso de Eurípides: La tierra ama la lluvia cuando todo en
ella está seco.
Amar vale más que ser amado,
porque amar es un acto de placer y un bien, mientras que, por mucho que uno sea
amado, no resulta de esto ningún acto de parte del ser amado. Esto es a la
manera que vale más conocer que ser conocido; ser conocido, ser amado, lo mismo
puede decirse de los seres inanimados, mientras que conocer y amar pertenece exclusivamente
a los seres animados. Hacer bien vale más que no hacerle; el que ama hace el
bien en el hecho mismo de amar; el que es amado, en el hecho mismo de ser amado
no hace nada.
También puede
decirse que todas estas amistades nacen de la simpatía, en el sentido de que
uno se siente benévolo para con otro y se desea para él el bien. (...) Todas
las condiciones se encuentran reunidas en esta noble amistad [la que se fundó
en la virtud]. En primer lugar no se desea vivir con otro amigo que no sea
éste, puesto que lo útil, lo agradable y la virtud se encuentran reunidos en el
hombre de bien. Además queremos el bien para él con preferencia a cualquier
otro, y deseamos vivir y vivir dichosos con él más que con ningún otro hombre.
Capítulo XIV. De
los lazos de la sangre. De la benevolencia y de la concordia.
Hay una amistad,
una relación, en la desigualdad, que es la que une al padre con el hijo, al
soberano con el súbdito, al superior con el inferior, al marido con la mujer y,
en general, la que existe respecto a todos los seres entre quienes se da una
relación de superior a subordinado. Por lo demás, esta amistad en la
desigualdad es en estos casos completamente conforme a la razón. Si hay algún
bien que repartir, no se dará una parte igual al mejor y al peor, sino que se
dará siempre más al ser superior.
El padre, pues, en
cierta manera, obra más en punto a amar, porque el hijo es obra suya. Esto es
lo mismo que se observa en otras muchas cosas; siempre es uno benévolo con la
obra que uno mismo ha ejecutado. El padre puede decirse que es benévolo con un
hijo que es obra suya, y su cariño es sostenido a la vez por el recuerdo y por
la esperanza, y he aquí por qué el padre ama más a su hijo que el hijo al padre.
Todo lo que puede
decirse es que la benevolencia a veces es el comienzo de la amistad. La
benevolencia puede convertirse en verdadera amistad, si se tiene además el
deseo de hacer todo el bien que se pueda, cuando llegue ocasión, a aquel que
inspira esta benevolencia espontánea. La benevolencia nace del corazón y se
dirige al corazón de un ser moral. (...) Como la benevolencia no existe sin
algo de amistad y se aplica al mismo ser, por esto se la toma muchas veces por
una amistad verdadera.
La
concordia, el acuerdo de sentimientos, se aproxima
mucho a la amistad, si se toma el término concordia en su verdadero sentido.
Capítulo XV. Del
egoísmo.
El
egoísta es el que lo hace todo en consideración a
sí mismo, en las cosas que le pueden ser útiles. El malo es egoísta, porque
todo lo hace absolutamente para sí mismo. Pero el hombre honrado, el hombre de
bien no puede ser egoísta, pues precisamente es hombre de bien, porque obra en
interés de los demás, y por tanto no puede tener egoísmo. (...) El hombre de
bien se alejara de estos bienes [riqueza y poder] para dejarlos a otro, no
porque crea que no le correspondan, sino porque se retira tan pronto como ve
que otra podrán hacer de ellos mejor uso que el que él mismo haría. En cuanto
al resto de los hombres son incapaces de este sacrificio; primero, por
ignorancia, porque no creen que puedan emplear mal estos bienes que codician; y
en segundo lugar, por ambición de dominar.
Capítulo XVII. De
la independencia.
El hombre
independiente ¿tiene necesidad de amistad? ¿O bien, permanecerá independiente,
y se bastará a sí mismo? (...) De que Dios sea independiente y no tenga
necesidad de cosa alguna, no se deduce que nosotros no necesitemos nada. (...)
Así como cuando queremos ver nuestro propio semblante, nos miramos en un
espejo, así cuando queremos conocernos sinceramente, es preciso mirar a nuestro
amigo, en el cual podemos vernos perfectamente, porque mi amigo, repito,
es otro yo. Si es tan grato conocerse a sí mismo, y si no se puede
conseguir esto sin otro, que sea vuestro amigo, el hombre independiente tendrá
cuando menos necesidad de la amistad para conocerse a sí mismo. Además, si es
una cosa hermosa, como en efecto lo es, derramar en torno suyo los bienes de la
fortuna que se poseen, se puede preguntar: careciendo de amigo ¿a quién podrá
el hombre independiente hacer bien? ¿Con quién vivirá? Ciertamente no vivirá
solo, porque vivir con otros seres semejantes a él es a la vez un placer y una
necesidad.
Capítulo XVIII.
Del número de amigos que se debe tener.
¿Es preciso tener
muchos o pocos amigos? No es preciso tener siempre ni muchos ni pocos amigos.
Cuando se tienen muchos, es embarazoso repartir su afección entre todos ellos.
En esta relación, como en todas las demás cosas, nuestra naturaleza, que es tan
débil, tiene dificultad en extenderse a muchos objetos. (...) no convendrá
tampoco tener pocos amigos, uno o dos, por ejemplo; es preciso tener un número
conveniente de ellos, según las ocasiones y según el grado de afección que se
les haya de tener.
Comentario: es todo un placer
buscar la sabiduría y la calma de los antiguos filósofos griegos. Con
anterioridad os he traído dos diálogos de Platón (Fedón o sobre el alma y Fedro
o sobre el amor). En el blog nos faltaba su discípulo, Aristóteles, quien se
separa, en una evolución natural, del idealismo platónico. Aristóteles nos
habla de la idea de bien tratada no en abstracto, sino entendida como bien para
nosotros mismos.
Discrepa con
Sócrates (Platón) cuando éste dice que el hombre no puede actuar con maldad
sabiéndolo. Aristóteles no es tan ingenuo. En su Magna moralia desarrolla las virtudes que ha de tener el hombre de
bien, entre las cuales no están la búsqueda del placer sin el uso de la razón,
ni la persecución del dinero y del estatus; cosas que no dan la felicidad, fin
último del hombre virtuoso aristotélico.
Aristóteles aborda
cuestiones relacionadas con la virtud, la felicidad y el carácter humano.
Proporciona análisis detallados sobre cómo vivir una vida virtuosa y alcanzar
la felicidad a través del desarrollo del carácter moral. Aunque hay debate
sobre su autenticidad y autoría, Magna
Moralia sigue siendo una fuente importante para explorar la ética
aristotélica. No es tan conocida como la Ética
a Nicómaco, pero sigue siendo una fuente importante para comprender su
pensamiento ético.
Sobre el
cuestionamiento de su autoría, el consenso actual es que la obra representa el
pensamiento ético de un escritor aristotélico posterior (s. III a.c.). Varios
eruditos han estado en desacuerdo con esto, tomando la Magna Moralia como una obra auténtica de Aristóteles, en particular
Friedrich Schleiermacher, Hans von Arnim y J.L. Ackrill.
La Magna
Moralia parece ser un resumen peripatético temprano que conserva doctrinas
aristotélicas, pero sin el andamiaje conceptual, teleológico y metodológico de
la Ética a Nicómaco.
En un principio me
salía un resumen de veintiuna páginas por lo que decidí hacer un segundo
expurgo dejándolo en quince páginas, intentando que no se resienta en su comprensión.
Espero haberlo conseguido.
BIBLIOGRAFÍA
Aristóteles, Magna moralia, Editorial Losada, Buenos
Aires, 2004.
_________, Ética a Nicomáquea y Ética Edudemia,
Gredos, Madrid, 1995 (3ª.ed.)
Diógenes Laercio, Vidas de filósofos ilustres, Omega,
Barcelona, 2003. (Sobre Aristóteles, Libro V, 167).


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