(L759) David Copperfield (1850)

Charles Dickens, David Copperfield (1850)

Una obra clásica del gran escritor inglés Charles Dickens (1812-1870). Quisiera destacar que incluso en los momentos más dramáticos de sus obras sabe sacar ese tono de humor que nos provoca una sonrisa. Lo dicho, un maestro.

Argumento: asistimos al nacimiento de David Copperfield. “Vine al mundo en Blunderstone, Suffolk, o «por ahí», como dicen en Escocia. Fui un hijo póstumo. Los ojos de mi padre llevaban seis meses cerrados a la luz de este mundo cuando se abrieron los míos. Incluso hoy, experimento una rara sensación cuando pienso que jamás me conoció; y todavía más extraño es el borroso recuerdo de las primeras veces que, siendo muy niño, visitaba su lápida blanca en el cementerio, y de la indefinible compasión que sentía por él, tendido allí solo, en medio de la oscuridad de la noche, mientras nuestra salita estaba caliente e iluminada, gracias al fuego de la chimenea y a las velas, y las puertas de nuestro hogar, de un modo que a veces me parecía cruel, estaban cerradas a cal y canto”.

La señorita Betsey Trotwood, tía de su difunto padre llega a Rookery el mismo día en que nace David. Ella espera que sea una niña, a quien pretende ahijar. Al enterarse de que ha sido un niño, coge sus cosas y se marcha sin que nadie volviera a saber de ella nunca más.

Sus primeros recuerdos. “Cuando vuelvo la vista atrás, las primeras imágenes que distingo con claridad entre las brumas de mi infancia son mi madre, con su hermoso cabello y su figura juvenil, y la rolliza Peggotty, con unos ojos tan negros que parecían oscurecer todo su rostro, y unas mejillas y unos brazos tan prietos y enrojecidos que no podía dejar de sorprenderme que los pájaros no los picotearan más que a las manzanas.

Creo que puedo recordar a las dos, algo alejadas entre sí, agachadas o de rodillas en el suelo, mientras yo caminaba de la una a la otra con paso vacilante. Y, aunque tal vez mi memoria me engañe, siento el tacto del dedo índice que Peggoty me ofrecía, tan rugoso y encallecido por las labores de aguja que parecía un pequeño rallador de nuez moscada”.

Un día su madre, Clara Copperfield, aparece acompañada por el señor Edward Murdstone quien ronda a la joven viudita. Ni a Clara Peggotty, la fiel criada, ni a David les gusta el individuo. Le proponen al niño pasar una corta temporada con la familia de Peggotty en Yarmouth. Al llegar David comprueba que la familia vive en un barco-casa. El cabeza de familia es Daniel Peggotty hermano de su niñera: “Vi todo esto en cuanto crucé el umbral de la puerta ‒algo natural en un niño, según mi teoría‒, y entonces Peggotty abrió una pequeña puerta y me enseñó mi dormitorio. Era el rincón más maravilloso que ha existido jamás, y se encontraba en la popa del barco. Tenía una ventana diminuta en el lugar que antes atravesaba el timón; un espejito clavado en la pared, justo a mi altura, con un marco de conchas de ostra; una pequeña cama con el espacio suficiente para tenderme en ella; y un ramillete de algas marinas en un jarro azul, encima de la mesa. Las paredes, encaladas, eran blancas como la leche; y la colcha de retales pareció deslumbrarme con su colorido. Me di cuenta de que aquella bonita casa olía mucho a pescado, de un modo tan penetrante que, cuando saqué el pañuelo para limpiarme la nariz, éste parecía haber servido para envolver una langosta”.

Allí hace amistad con la pequeña Emily, huérfana como él. Una viuda que siempre está triste, la señora Gummidge, es la encargada de la casa. Transcurridos los quince días vuelven al hogar y David encuentra a su madre casada con el señor Murdstone. Todo ha cambiado, su habitación es otra, los muebles, la frialdad de su madre, un enorme perro negro en la caseta de la entrada. “Él la atrajo hacia sí, le susurró algo al oído y la besó. Y entonces comprendí, al ver que mi madre apoyaba la cabeza en su hombro y acariciaba su cuello con el brazo, que el señor Murdstone podría moldear a su antojo el carácter de mi madre, siempre tan dúctil. Y lo comprendí con la misma claridad con que lo sé ahora”.

Para colmo la hermana del señor Murdstone, Jane Murdstone, se viene a vivir con ellos. “La recién llegada era la señorita Murdstone, una dama de aspecto verdaderamente sombrío. Era tan morena como su hermano, y tanto su rostro como su voz se parecían muchísimo a los de éste; tenía unas cejas muy espesas que casi se juntaban sobre su enorme nariz, como si, al impedirle su sexo llevar patillas, hubiera decidido lucirlas allí. Traía con ella dos rígidos baúles de color negro, con sus iniciales de latón clavadas en la tapa”.

Han pasado seis meses y llevan a David a un internado cerca de Londres. Se llama Salem House. Es verano y todos los alumnos están de vacaciones. Lo viene a buscar el señor Mell, uno de los profesores del internado. “El señor Mell y yo almorzábamos a la una, en uno de los extremos del comedor largo y desnudo, lleno de mesas de pino y con un fuerte olor a grasa. Después, seguíamos haciendo ejercicios hasta la hora del té, que él bebía de una taza azul y yo de un pequeño bote de estaño. El señor Mell trabajaba todo el día, hasta las siete o las ocho de la tarde, sentado en su pupitre de la clase, en compañía de una pluma, un tintero, una regla, un montón de libros y papel de escribir, organizando las cuentas (según descubrí) del último semestre. Una vez que recogía todas sus cosas, al caer la noche, sacaba la flauta; y la tocaba tanto rato, y con tanto sentimiento, que yo tenía la impresión de que también él iba desapareciendo, poco a poco, por la boquilla de su instrumento, antes de esfumarse a través de las llaves”.

En el colegio le obligan a llevar un cartel que dice “cuidado que muerde”. El director es el señor Creakle, amigo de su padrastro, un hombre cruel según dicen los otros alumnos y que no tardará en comprobarlo el pequeño David. El joven James Steerforth, un dandi unos años mayor que David, lo toma bajo su protección. Un desagradable incidente protagonizado por Steerforth hace que despidan al señor Mell por quien David sentía un profundo afecto.

“El resto del semestre es una maraña de recuerdos de nuestra lucha diaria por sobrevivir; del final de verano y del cambio de estación; de las mañanas heladas, cuando la campana nos sacaba de la cama, y de las noches, gélidas y oscuras, cuando teníamos que volver a ella; de la clase, apenas iluminada y caldeada por las tardes, y una enorme máquina de tiritar por las mañanas; de alternar la carne de vaca hervida con la carne de vaca asada, y el cordero hervido con el cordero asado; de las rebanadas de pan con mantequilla, de los libros de texto con las esquinas dobladas, de las pizarras resquebrajadas, de los cuadernos emborronados de lágrimas, de las palizas, de los golpes con la regla, de los cortes de pelo, de los domingos lluviosos, de los budines de grasa y de la sucia atmósfera de tinta que todo lo envolvía”.

Al volver a su casa por las vacaciones de verano encuentra que tiene un hermanito. La frialdad de los hermanos Murdstone entristece a su madre y a Peggotty. De vuelta al colegio, cuando solamente han transcurrido dos meses, recibe la noticia de la muerte de su madre y de su hermanito. Se dirige al entierro apesadumbrado sin saber que no volverá más a Salem House.

Comentario: novela por entregas, como la mayoría de las de este autor, que se publicó durante un período de dos años por los editores Bradbury & Evans de Londres e inmediatamente después en forma de libro titulado The Personal History of David Copperfield. Una de sus virtudes de Dickens es la de saber captar la atención y el interés del lector. Cosa que consigue sobradamente y que hace de su lectura un grato entretenimiento.

Es una novela de crecimiento, de formación de la persona, lo que los alemanes llaman Bildungsroman. La historia está contada casi completamente desde el punto de vista de un narrador en primera persona, el mismo David Copperfield, siendo la primera novela de Dickens en hacerlo de esta manera. Dickens tiene muchas novelas en las que vemos el desarrollo y la evolución de la vida del protagonista: Oliver Twist (1838); Nicholas NIckleby (1839); o Grandes Esperanzas (1861). También es una novela de la memoria. La memoria del héroe desencadena recuerdos con tanta intensidad que el pasado se vuelve presente.

Además de haber escrito una obra maestra, ‒el éxito editorial de los 100.000 ejemplares rápidamente vendidos, sólo superado nueve años después por Una historia de dos ciudades (1859), la novela más vendida de la historia‒, alivió sus agobios de padre de familia numerosa. La buena recepción suavizó su disgusto ante las frecuentes incomprensiones. La crítica “seria” de la época prefería la contención de Thackeray, frente a los excesos sentimentales de Dickens.

El uso de la primera persona determina el punto de vista: el narrador, un escritor reconocido, casado desde hace más de diez años, emprende un discurso destinado a contar e interpretar acontecimientos pasados. Esta recreación, en sí misma un acto importante, sólo puede ser parcial, ya que, a priori, es la única mirada y la única voz; al no gozar de las prerrogativas de la tercera persona, omnipotencia, ubicuidad, clarividencia, sólo relata lo que presenció o en lo que él mismo participó: todos los personajes aparecen en su presencia o, en su defecto, de oídas, antes de ser sometidos a su pluma a través del prisma de su conciencia, con las distorsiones inducidas por las fallas naturales de percepción y acentuadas por el filtro selectivo y distorsionador de la memoria.

Aunque David Copperfield es una “gran obra”, su héroe me parece bastante débil, indigno incluso de su autor, mientras que el señor Micawber, por ejemplo, nunca decepciona.

En palabras del crítico W. H. Henley, Dickens “será recordado como alguien que con sus libros hizo más para hacer felices a sus lectores que cualquier otro escritor de su tiempo”. Y esto sí que es importante.

El señor Micawber que es un desastre en las finanzas, le da a David dos consejos que sin saberlo he seguido toda mi vida. El primero “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. El mañana es ausente y dudoso, no sabemos si llegará; en cambio el hoy es presente y real. El segundo consejo que ya conocía pues es muy famoso dice lo siguiente: “si un hombre tenía una renta anual de veinte libras y gastaba diecinueve libras, sería feliz, pero si gastaba veintiuna libras, sería muy desgraciado”. Bien representado en el refrán “no estirar más el brazo que la manga”. No vivir por encima de nuestras posibilidades.

Sin duda es una de las mejores novelas de Dickens, en ella podemos apreciar su habilidad para describir las pequeñas cosas. La extraordinaria galería de personajes ‒Edward Murdestone, la tía Betsy Trotwood, el señor Micawber, Clara Peggotty, James Steerforth, Agnes Wickfield, Dora Spenlow, la señora Gummidge, Uriah Heep‒ le consagró como el más fabuloso creador de personajes.

Resumiendo, a mi entender, se debería leer la novela por varios motivos: la profundidad en la caracterización de sus personajes (todos poseen una gran riqueza emocional y un desarrollo profundo a lo largo de la novela), su narrativa de crecimiento personal, la crítica social y las reflexiones sobre la época victoriana que contiene, la riqueza lingüística y de estilo narrativo, la diversión y el entretenimiento que nos proporciona. Además de ser un retrato de la complejidad del ser humano.

BIBLIOGRAFÍA

Charles Dickens, David Copperfield, Debolsillo, Barcelona, 2009. (Fragmentos de las págs. 19, 32, 54, 73, 75, 116, 149-150). (1126 páginas).

Lourdes Durán, Marta Salís Canosa: "Las buenas novelas son de las pocas cosas que pueden salvar a la humanidad", Diario de Palma, 05/10/2014.

Jorge Sanabria León, Bosquejos de niñez y proyectos de vida en la novela de Dickens “David Copperfield”, Actual. psicol. v.19 n. 106 San José, Costa Rica, 2003.

Álex Vicente, 150 años sin Dickens: 15 escritores opinan sobre su legado e influencia, El País, 09/06/2020.

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