(L771) Filosofía del budismo zen (2002)

Byung Chul Han, Filosofía del Budismo Zen (2002)

Es el tercer libro que comento de este filósofo coreano de nacimiento y de formación alemana. Byung Chul Han (Seúl, 1959) nos ha deleitado con sus pequeños ensayos sobre la sociedad y el mundo que nos ha tocado vivir. En este caso analiza y nos explica, a los profanos, el budismo zen de origen oriental, concretamente chino.

Resumen:

«El budismo zen es una forma de budismo Mahāyāna, originaria de China, con una orientación meditativa». Hay en él un «escepticismo respecto del lenguaje y la desconfianza, tan característico del budismo zen, frente al pensamiento conceptual, [que] acarrea una escasez de palabras y un carácter enigmático. El decir brilla mediante el no decir. Se emplean también formas no usuales de comunicación». (pp. 9-10)

«Este vacío, esta ausencia de la «subjetividad excluyente» confiere al budismo un carácter precisamente amistoso. El «fundamentalismo» estaría en contradicción con su esencia. (...) El budismo no admite ninguna invocación de Dios». (pp. 22-23)

«Hemos de ver el universo entero en un solo granito de polvo». Así florece el universo entero en una sola flor de ciruelo.

Aquel mundo que «cabe en un granito de polvo» sin duda está vaciado de todo «sentido teológico». Está vacío también en el sentido de que no está ocupado ni por Dios ni por el hombre. La nada del budismo zen no ofrece cosa alguna que pueda retenerse, ningún «fundamento» firme del que podamos cerciorarnos, nada a lo que pudiéramos agarrarnos. El mundo carece de fundamento: «Sobre la cabeza no hay ningún techo, y no hay ninguna tierra bajo los pies»”

El camino no conduce a ninguna «trascendencia». Sería imposible una huida del mundo, pues no hay ningún otro mundo. (pp. 24-25)

«El budismo zen, en virtud de su confianza en el mundo, podría entenderse como una religión mundana en un sentido especial. No conoce la huida ni la negación del mundo». (p. 43)

«[El maestro] Yaoshan se ríe de todo deseo, de toda aspiración, de toda adherencia, de toda rigidez y de toda obstinación, se libera para una apertura sin barreras, que no está limitada o impedida por la nada. Relaja su corazón con la risa. La risa «vacía su corazón de ataduras». La risa poderosa brota del espíritu al que se le han quitado los límites, del espíritu que ha sido vaciado y desinteriorizado». (p. 45)

«Linji, el maestro chino de zen, pide reiteradamente a sus monjes que habiten el aquí y ahora. Su divisa es: «Si me llega el hambre, como arroz, si viene el sueño, cierro los ojos. Algunos estúpidos se ríen de mí, pero el sabio entiende»”. (p. 46)

«Comer arroz cuando se tiene hambre, o dormir cuando uno está cansado, sin duda no significa que hayamos de entregarnos simplemente a las necesidades o tendencias sensibles. Para la satisfacción de las necesidades no se requeriría ningún esfuerzo espiritual. Pero lo cierto es que ha de preceder una larga ejercitación hasta cansarse, o bien hasta hacerse desaparecer, hasta no saber si uno es el que bebe o el té, «olvidado por completo de sí mismo y perdido el sí mismo: el que bebe uno con la bebida, y la bebida una con el que bebe; una situación incomparable». (pp. 48-49)

«La iluminación es un despertar a lo cotidiano. Toda búsqueda de un «allí» extraordinario desvía del camino. Ha de producirse un salto al «aquí» ordinario: «¿Para qué la búsqueda? En ningún tiempo se echó de menos el buey». La mirada, en lugar de andar vagando por otras partes, ha de profundizarse en la inmanencia: «Tenemos que mirar con atención al lugar donde ponemos nuestros pies, y no hemos de perdernos en la lejanía. Pues, en cualquier lugar donde vamos y nos paramos, en verdad el buey está ya siempre bajo nuestros pies». (p. 53)

«El corazón no ha de aspirar a nada, tampoco a Buda. La aspiración no acierta el camino. La extraña exigencia de Linji [“Si te encuentras al Buddha en el camino, mátalo”], el maestro zen que exhorta a matar a Buda, apunta a ese espíritu cotidiano. Hay que despejar el corazón, hay que liberarlo también de lo «sagrado». Ir sin intención es por sí mismo el camino». (p. 54)

«El concepto central del budismo zen, a saber, śūnyatā (vacuidad), representa en muchos aspectos el concepto opuesto a la substancia. La substancia está, en cierto sentido, «llena». Está llena de sí misma, de lo propio. En cambio, śūnyatā representa un movimiento de expropiación. Vacía al ente que persevera en sí mismo, que se aferra a sí mismo, o se cierra en sí. (...) Según hemos resaltado muchas veces, la «trascendencia» o lo «totalmente otro» no constituye ningún modelo de ser en el pensamiento del Lejano Oriente”. (pp. 58-59) “Solo el puro espejo, que en sí mismo está vacío. Solo quien ha conocido la nulidad del mundo de sí mismo, ve en ella también el tiempo eterno» (p. 87)

«El ikebana hace que lo perecedero brille como tal, sin traslucirse la infinitud. «Bello» es aquí lo «sosegado», desprendido, una finitud que descansa en sí, una finitud que se esclarece sin mirar más allá de sí. Bello es el ser sin «apetito». (p. 93)

«La ejercitación en el budismo zen consistiría en arrojar fuera este peso del «sí mismo», es decir, en ser «sin preocupación», en percibir sin preocupación el mundo que nos rodea en su ser así». (p. 97)

«Una vez Zhuangzi soñaba que era una mariposa, una mariposa aleteando, que se encontraba bien y feliz, y nada sabía de Zhuangzi. De pronto se despertó, y entonces de nuevo era real y verdaderamente Zhuangzi. Y ahora no sé si Zhuangzi soñó que él era una mariposa, o bien la mariposa soñó que era Zhuangzi...» [Procede del Libro de Zhuangzi] (p. 102)

«Tampoco los haikus, es decir, los poemas zen, son «expresión» del alma. Pueden interpretarse más bien como «puntos de vista de un nadie». En ellos no se puede buscar ninguna interioridad. No se expresa allí ningún «yo lírico». Tampoco las cosas del haiku están «apremiadas a nada». Más bien, el haiku hace que las cosas brillen en su ser así. El no estar apremiado a nada como temple fundamental del haiku apunta al corazón ayunador del poeta, en el que a modo de «nadie» se refleja el mundo.” (p. 103) “El haiku revela su «sentido» por completo. Por así decirlo, no tiene nada que esconder. No está vuelto hacia dentro. No habita en él ningún «sentido profundo». Y precisamente esta ausencia de «sentido profundo» constituye la «profundidad» del haiku». (p. 107)

«Aunque yo hablara,

los fríos labios serían

solo viento de otoño.  (Matsuo Bashō)

«Un monje zen ha de ser como las nubes, sin morada fija, y como el agua, sin apoyo firme” (Dōgen). (p. 114) (...) El no habitar en ninguna parte cuestiona de manera radical el paradigma de la identidad. No anima el corazón ninguna aspiración a lo inmutable». (p. 119)

Tomada en la mano

se derritiera en cálidas lágrimas

la escarcha del otoño. (Bashō)

«El budismo Zen desarrolla, en relación con la muerte, un desasimiento que está libre de egoísmo y de deseo, que anda al unísono con la finitud, en lugar de actuar contra ella». (p. 139)

Hay que tener confianza.

Se marchitan las flores –se deshoja–

cada una a su manera. (Kobayashi Issa)

«El budismo zen no mira más allá de la caducidad. Una actitud parecida del espíritu expresa también las siguientes palabras de Issa: “En ningún instante de mi vida he divagado sobre pensamientos de la fragilidad y caducidad, vi que todas las cosas en el mundo gozan de corta vida y cruzan el espacio con la rapidez del rayo. Caminé de un lugar a otro hasta que mis cabellos quedaron blancos como la escarcha de invierno». (p. 140)

«La gran muerte del budismo zen constituye un fenómeno de la inmanencia, un viraje inmanente. Lo pasajero no es trascendido hacia lo infinito. No se produce un traslado «a otra parte». Más bien, se produce una profundización en lo pasajero». (p. 145)

«No hay que mirar más allá de la «vida» para constituirla como lo completamente otro de la «muerte». Sucede como en el invierno y la primavera. No pensamos que el invierno se convierte en primavera. Y no decimos que la primavera se convierte en verano». (Dōgen). (p. 148)

Comentario: Philosophie des Zen-Buddhismus es una interesante introducción para el lector profano, pero no totalmente ignorante de la lectura filosófica, sobre los conceptos básicos del budismo zen.

Aunque el budismo zen se caracteriza por su actitud escéptica con el lenguaje y el pensamiento conceptual, Han propone que podemos dar vueltas lingüísticas en torno a su uso del silencio y el lenguaje enigmático. Para ello, Han recurre a la comparación como un método que saca a la luz el sentido. 

La filosofía del budismo zen se alimenta de un «filosofar sobre» y «con» el budismo zen, con el objetivo de desarrollar conceptualmente la fuerza filosófica que le es inherente. La filosofía de Platón, Leibniz, Fichte, Hegel, Schopenhauer, Nietzsche y Heidegger, entre otros, es confrontada con los puntos de vista filosóficos del budismo zen, aunque lo que más me ha interesado es «asomar la mirada» a esta filosofía. Profundizar en ella lo dejo para los sabios. 

El zen es una religión de la inmanencia (de las cosas que son) frente a la trascendencia (las cosas que no son) del cristianismo. Lo que me gusta del budismo zen es que no conoce la huida ni la negación del mundo: lo acepta tal como es; no pretende ignorarlo, pero tampoco cambiarlo. Se adecua a lo que existe, a lo que es. Además, el concepto de vacío impide que el individuo se aferre a sí mismo.

Es muy difícil para los occidentales —o sea, para nosotros, que estamos inmersos en una filosofía de la acción, del cambio del mundo y de las cosas— entender la filosofía oriental del zen, que se sostiene en la contemplación y en la aceptación del mundo y de las cosas tal como son.

BIBLIOGRAFÍA

Javier Aparicio González, La filosofía de Byung-Chul Han, una aproximación, Revista Humanum, 10/10/2020.

Byung-Chul Han, Filosofía del Budismo Zen, Herder, Barcelona, 2019.

Toni García Ramón, Ya nadie se muere de viejo, Revista Jot Down, noviembre 2015.

David Morales, Byung-Chul Han, Filosofía del budismo Zen, Universidad Católica de Chile, Aporía • Revista Internacional de Investigaciones Filosóficas nº 15 (2018), pp. 80-87.

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