(L735) Grandes Esperanzas (1860-1861)

Charles Dickens, Grandes Esperanzas (1860-1861)

Afortunadamente todavía me quedan obras clásicas que leer. Hoy os traigo una de ellas. Charles Dickens (1812-1870) publicó Great Expectations por entregas en All the Year Round, una revista literaria semanal fundada por el propio Dickens.

Argumento: de verdadero nombre Philip Pirrip, el pequeño Pip, es un niño huérfano de padre y madre. Ha ido al cementerio a ver la tumba de sus padres y así poder recordarlos, ya que no tiene fotografías de ellos. Vive en casa de su hermana Georgiana, Mrs. Gargery, la mujer de Joe Gargery, el herrero del pueblo. En el cementerio se encuentra a un hombre lleno de barro, sucio y con un grillete en el pie. Este lo coge, lo zarandea y lo amenaza con sacarle el corazón y el hígado y comérselos si no le trae, al día siguiente, una lima y víveres.

Su hermana lo ha criado “valiéndose de la mano” y de la vara. Cenan pan con mantequilla, de la que Pip guarda un buen trozo. Se oyen cañonazos. “Otro presidiario que anda suelto”, exclama Joe. Se ha escapado de los barcos-cárcel que hay en los pantanos. Poco antes de amanecer, el joven Pip se acerca a la despensa y coge varios alimentos que, junto a la lima, llevará al hombre de los pantanos.

“La niebla era aún más espesa al aproximarme a los pantanos y me producía el efecto de que, en lugar de correr yo hacia las cosas, éstas corrían hacia mí. Resultaba una visión muy penosa para un alma que se sentía culpable. Los portillos, las zanjas y los ribazos surgían repentinamente y por doquier a mi paso, y parecían gritarme con voz potente y clara: «¿Un chiquillo que acaba de robar una empanada de tocino! ¡Detenedlo!»

Las vacas se acercaban a mí, me miraban fijamente, y con el hocico humeante, me decían: «¡Eh, ladronzuelo!» Un buey negro, con corbata blanca, que debido a mi excitación parecía tener cierto aire curialesco, me dirigió una mirada tan obstinada y penetrante al verme pasar e inclinó la voluminosa cabeza con gesto tan acusador, que exclamé con tono lastimero: «¡Me vi forzado a hacerlo! ¡No lo he hurtado para mí!» Y entonces el buey bajó la cabeza, dio un resoplido, lanzó una nube de vapor por los ollares, escarbó por un momento la tierra con las patas delanteras y luego desapareció meneando la cola.”

Pip explica al fugitivo, después de que éste sacie su hambre, que ha visto a otro hombre como él por los pantanos. Le da la lima y se vuelve corriendo a su casa.

Es el día de Navidad. Mr. Wopsle, el sacristán, estaba invitado a comer con ellos. También Mr. Hubble, constructor de carros, y su esposa, así como el tío Mr. Pumblechook, un acaudalado comerciante en granos que tenía coche propio. Durante la comida Pip tiene miedo de que descubran la falta de la empanada. Cuando su hermana va a buscarla a la despensa llega un pelotón de soldados que les dicen que están buscando a dos presos que se han escapado. La familia les ofrece cerveza y vino, por lo que la empanada ha caído en olvido. Mr. Wopsle, Joe Gargary y Pip acompañan a los soldados al pantano en la búsqueda de los fugitivos. Los encuentran peleándose el uno con el otro. Los detienen y les ponen los grilletes. Pip reconoce al preso que ayudó. Éste, antes de partir, declara que cogió algo de comida de la casa del herrero.

Ha pasado un año y Pip asiste a la escuela nocturna del pueblo donde la Tía abuela de Mr. Wopsle da clases, lo que es un decir, “ya que solía dormirse cada tarde”. Una noche la familia recibe la invitación de Miss Havisham, una señora de carácter hosco, para que Pip vaya a jugar a su enorme mansión.

En la casa encuentra a una señora mayor estrafalaria, toda ella “iba ataviada con muy ricas prendas de satén y de seda con encajes, todo ello blanco, zapatos incluidos. Cubría su cabeza un largo velo, también blanco, y llevaba en el cabello, del mismo color, una diadema de flores. En su cuello, su pecho y sus manos brillaban joyas muy valiosas, otras resplandecían sobre la mesa. Esparcidos por la habitación había varios trajes, menos lujosos que el que llevaba puesto, y unos baúles abiertos”. La señora le propone que juegue a las cartas con Estella, su joven y guapa ahijada, quien lo trata de forma despectiva y altanera, calificándolo de rústico.

Al terminar de jugar le dan pan, carne y cerveza. La señora le dice que vuelva dentro de seis días. Al volver a casa, su hermana y el tío Mr. Pumblechook están expectantes para que les cuente como es la señora y la mansión. Pip les miente para ocultar su bochorno, pero a Joe le dice la verdad.

Días después, un desconocido aparece por la taberna del pueblo preguntando por el herrero, bebe con él y le da a Pip un chelín envuelto en dos billetes de una libra, guiñándoles un ojo.

La segunda visita a casa de Miss Havisham coincide con el día de su cumpleaños. Varios familiares suyos han venido a visitarla –Camila, su marido Matthew, Miss Sarah Pocket y el caballero Raymond– sin que la anfitriona les haga demasiado caso. En el jardín Pip se encuentra con un jovencito rubio y pálido que quiere pelear con él siguiendo las reglas del boxeo. Pip lo vence fácilmente. Poco después Estella deja que le dé un beso.

En la siguiente visita pasea a Miss Havisham por el jardín y queda convenido que lo hará cada dos días. Ni rastro del muchacho rubio. Estas visitan se prologan durante ocho o diez meses. Estella le muestra la misma indiferencia. La señora le pregunta si la joven es bonita, a lo que Pip responde afirmativamente. “Miss Havisham la abrazaba efusivamente y le susurraba al oído: –¡Destrózales el corazón, orgullo y esperanza mía, destrózales el corazón sin compasión!”. Miss Havisham da veinticinco guineas (veinticinco libras) para que el joven Pip se forme como aprendiz de herrero. Su familia da una comida para celebrar el acontecimiento pero Pip no está muy contento. Su sueño ya no es ser herrero. El conocimiento de Estella y de Miss Havisham le ha abierto otros horizontes. Se ha despertado en él un afán por aprender.

Trascurrido un año, visita a Miss Havisham para darle las gracias por su ayuda y con la esperanza de volver a ver a Estella. Pero resulta que esta está en el extranjero “a fin de instruirse como concierne a una dama; se halla fuera de tu alcance; más hermosa que nuca; admirada por todos los que la ven. Te parece haberla perdido, y te sabe mal, ¿no es cierto?”, dice con tono de satisfacción la anciana.

De vuelta a su casa se oyen cañonazos, parece que otro preso se ha escapado. Al llegar encuentra a su hermana mal herida. Alguien la ha golpeado en la cara con un grillete. La policía secreta y los agentes de la Bow Street no consiguen atrapar al culpable. “Estuvieron una semana o dos rondando por la casa, e hicieron poco más o menos lo que yo había leído u oído contar que hacían en tales casos esos representantes de la autoridad. Detuvieron a varias personas que no tenían nada que ver con el crimen cometido, y actuaron con gran empeño sobre la base de unas ideas erróneas, pretendiendo adaptar las circunstancias a las ideas, en lugar de deducir las ideas de las circunstancias.” Pip sospecha de Orlick, que es el ayudante del herrero. No le cae bien y además días antes se había peleado con su hermana Georgiana.

La tía abuela de Mr. Wopsle murió y su asistenta llamada Biddy se instala en casa del herrero para ayudar en la recuperación de la agredida. Es muy bien recibida pues se trata de una muchacha joven y bien dispuesta para el trabajo. Pasa el tiempo pero Pip no se siente a gusto. Quiere ser un caballero pues admira locamente a Estella. No sabe si para humillarla o para conquistarla.

Pip lleva cuatro años de aprendiz de herrero cuando un día, en que están en la taberna bebiendo y comentado un crimen en el diario que leía Mr. Wopsle, un desconocido se les acerca y dice que busca al herrero y a su aprendiz, con quienes quiere hablar a solas. Se llama Jaggers y ejerce de abogado en Londres. Viene con el encargo de decirles que Pip tiene un benefactor que le ha dejado una buena fortuna y que quiere que se forme y sea educado como un caballero. La condición que se le pide es la de que no intente saber, ni investigar el nombre de dicha persona. Si este lo cree oportuno, y a su debido momento, se pondrá en contacto con el joven, “ahora o dentro de diez años”. El abogado, que será su tutor, le recomienda como preceptor a Mr. Matthew Pocket, familiar de Miss Havisham.

Comentario: ¡Qué bueno es Dickens! Cómo hace evolucionar a sus personajes, cómo hace aparecer las pequeñas miserias humanas en ellos. Pongo un sencillo ejemplo. El joven Pip, un dechado de virtudes, al enterarse de que va a cambiar de estatus social, porque un desconocido le ha dejado una pequeña fortuna, se vuelve antipático con Biddy y con Joe, las dos mejores personas de su familia, y las que más lo quieren.

El caos que se produce en la comida de la familia Pocket en el capítulo 23. Tienen seis o siete niños, dos niñeras, una criada, una cocinera y tres inquilinos, más una vecina que se ha acercado a comer con ellos, no deja de ser delicioso y bien trabado. ¿Cómo lo consigue? Pues seguramente lo ha extraído de su experiencia familiar. No en vano Dickens tuvo diez hijos con su mujer Catherine Hogarth.

El libro tiene pasajes muy divertidos donde Dickens juega con el doble sentido y nos demuestra un excelente humor británico. Pongo algunos ejemplos. “Me hizo dar otra voltereta y me zarandeó con tanta violencia que me pareció que la iglesia saltaba por encima de la veleta del campanario”. (Cap. 1). “Tras comprobar que mi hermana tenía la mano dura y pesada, pues solía descargarla tanto sobre su marido como sobre mí, deduje que tanto a él como a mí nos había educado «valiéndose de mano»”. (Cap. 2) “fuimos a parar a una sala del tribunal donde un sujeto aficionado a los broches y unido al difunto por lazos de sangre (en el sentido homicida), se hallaba en el banquillo mascando algo nerviosamente”. (Cap. 24) “Pertenecía a una rica familia del condado de Somerset que había cultivado en él esa combinación de cualidades, hasta que se dieron cuentan de que ya era mayor de edad y, al mismo tiempo, un zopenco. Por ello Bentley Drummle había sido enviado en calidad de alumno a casa de Mr. Pocket, cuando ya su estatura sobrepasaba la de éste”. (Cap. 25). Y otros más que no enumero para no cansaros.

Existen pocos escritores en la historia de la literatura que hayan dado su nombre a la formación de adjetivos que expresan cualidades más allá de lo puramente literario: dantesco, kafkiano, y, en Inglaterra, dickensiano. En España tenemos los términos galdosiano y barojiano.

Las dos notas básicas del concepto dickensiano son el humor y el sentimentalismo, todo ello situado en una Inglaterra preindustrial –sus novelas están ambientadas treinta años antes de cuando las escribe y publica– de viajes en diligencia, posadas acogedoras, y reconfortantes comidas al amor del fuego. No aparece en su obra el importante movimiento Cartista de los años 1838-1840. En cambio, la crítica del s. XX ha puesto el énfasis en Dickens como innovador literario y fustigador de la sociedad victoriana, precursor de Dostoievski y Kafka. Presentó en sus obras fenómenos sociales y psicológicos que más tarde serían tipificados por Marx y Freud.

Grandes Esperanzas es la gran novela del recuerdo. Es una narración autobiográfica en la que un Pip maduro rememora su infancia y juventud. También recrea un mundo más primitivo y violento que la, comparativamente estable y próspera, Inglaterra de la década de los 60.

En 1851 más de la mitad de la población inglesa vivía en ciudades. Londres alcanzaría en ese año dos millones y medio de habitantes. Su visión de Londres, ciudad que conocía muy bien y en la que realizaba largos paseos, no deja de ser la de una ciudad sucia y gris, al menos en esta novela. “era un día de verano en Londres, y quizá mi espíritu se hallaba oprimido por la atmósfera viciada y el polvo que lo cubría todo” (Cap. 20) “me limité a disfrutar contemplando una silueta brumosa del edificio y pasé un buen rato mirando tristemente al exterior mientras pensaba que Londres no estaba a la altura de su fama”. (Cap. 21) “Hacía un tiempo horrible: chubascos continuos, vendaval y barro hasta los tobillos. Día tras día, una vasta y densa cortina de bruma procedente del este se arrastraba sobre Londres, interminable, como si hubiera en el espacio una eternidad de nubarrones y viento huracanado”. (Cap. 39).

Es revelador la cantidad de veces en que un niño es el protagonista de las novelas de Dickens, también en las victorianas, en las que la infancia de los personajes desempeña un papel importante. En líneas generales el niño aparece como víctima de la familia, de las instituciones y del sistema educativo. Hay padres disfuncionales que dejan mucho que desear en la crianza, e hijos que han sido “educados” por parientes a la muerte de los primeros.

Pip explicita “Quiero ser un caballero” (Cap. 17). Pero ¿qué es lo que define a un gentleman? Hay varias definiciones que se dan en la época “es quien nunca infringe dolor”.  Pero hay un concepto muy claro. Se es un caballero por nacimiento y posición. Por ejemplo Thackeray (Vanity Fair, 1847-48) lo era, pero Dickens no.

El problema de Pip es que basó su vida en unas “equivocadas esperanzas”. Había creído desde un principio que Estella estaba destinada a ser suya. Pero todo fue una suposición. Una interpretación errónea de la realidad por más que los indicios le dijeran lo contrario.

Dickens fue un autor muy importante para los lectores de su época y lo será para los escritores del futuro. Stephen King, en su novela Misery (1987), comenta la fascinación que sus obras producían: “El modo en que la gente se aglomeraba cada mes en los muelles de Baltimore cuando llegaba el paquete con la nueva entrega de Little Dorrit o de Oliver Twist de Dickens. Algunos se habían ahogado; pero eso no sirvió para disuadir a los demás”.

BIBLIOGRAFÍA

Peter Ackroyd, Dickens, Edhasa editorial, Barcelona, 2004.

Harold Bloom (ed.), Grandes esperanzas de Charles Dickens, Ediciones Cátedra (Guías de lectura).

Hugh Cunningham, La invención de la infancia, Crítica, Barcelona, 1997.

G.K. Chesterton, Ensayos escogidos (Charles Dickens), Acantilado, Barcelona, 2006.

Charles Dickens, Grandes Esperanzas, Editorial Cátedra, Madrid, 2001 (4ª edición).

Charles Dickens, Grandes Esperanzas, Debolsillo, Barcelona, 2007 (2º edición).

Luis Fernández Cifuentes, La novela victoriana, Editorial Cátedra, Madrid, 1992.

David Lean, Grandes Esperanzas, Cineguild Productions, Reino Unido, 1946 (118 m.)

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