(L737) La península de las casas vacías (2024)

David Uclés, La península de las casas vacías (2024)

Hoy os traigo el fenómeno editorial del año 2025 en España. Se trata del libro de David Uclés (Úbeda, 1990). Una historia sobre la guerra civil española explicada desde la vertiente del “realismo mágico”. He adelantado su publicación para que no pierda actualidad.

Argumento: “En mitad del cielo, una nube deja de moverse. Se distingue bien de las demás porque flota solitaria. Carece de contorno y es de un tono más pardusco. Se ha detenido sobre el cuerpo de un miliciano andaluz que yace bocarriba en el manto de nieve que cubre el valle. Solo destacan el rosa tibio de la piel del soldado desnudo y el púrpura de sus heridas, en especial el de la cicatriz del hombro, recuerdo una batalla que no recuerda.

El miliciano no está muerto, duerme con la boca abierta y los pies entre gladiolos. Cuando abre los ojos, la nube despierta también y retoma el movimiento pero no en dirección nordeste, hacia donde los vientos saboyanos suelen barrer el cielo, sino hacia el suelo.”

“El miliciano andaluz encadena una pesadilla con otra. En los últimos años, ha visto tanto dolor y tantas muertes que estas han empezado a aparecérsele mientras duerme. Ha sufrido más que ningún otro hombre: sobrevivió a una hambruna sin precedentes en Iberia, seguida de un tiempo de tormentas fortísimas; luchó en la guerra civil de su país, perdió a su padre y al resto de su familia en la contienda; sufrió la represión de la posguerra y tuvo que partir al exilio; en Francia, fue enviado al campo de concentración de Argelès-sur-Mer, donde miles de íberos murieron por falta de higiene, y, al no obtener el estatus de prisionero de guerra y ser considerado por las autoridades extranjeras como apátrida, se escondió un tiempo para no acabar en Mauthausen hasta que logró alistarse como trabajador en la Compañía 517, encargada de construir carreteras en la Alta Saboya con el carbón de los montes vecinos. Pese a todo, acabó recibiendo el telegrama de Hitler en el que lo requisaba como mano de obra. Como no le servía el salvoconducto que el organizador de los íberos exiliados, Richard Andrés, le había preparado, se echó al monte de la mano de Miguel Vera, otro íbero que había sufrido una suerte parecida a la suya, y se unió a los maquis de los Alpes, donde ahora se enfrenta nuevamente al fascismo, esta vez en la Segunda Guerra Mundial.”

“El joven teme que, si ve morir a más gente, el sueño se le haga perpetuo y nunca despierte. El propio afectado lo explica así: «Mientras sueño, sufro en mis propias carnes todas las muertes que he presenciado, ya fueran de compatriotas o del enemigo».

El médico del frente comprende su dolencia. «Sin solución que podamos aplicarte en el campo de batalla, es recomendable que abandones esta lucha mañana mismo y que hagas curas de reposo en un balneario suizo. O eso, o que nazcas otra vez en otro país».

Angustiado, el miliciano pide a sus compañeros que lo dejen abandonar el frente. Sus camaradas aceptan facilitarle la retirada.”

“Al día siguiente, tras más de setenta días en los Alpes resistiendo a los ataques enemigos, decenas de ellos van a perder la vida. Hitler los sorprende desprevenidos. Los nazis llegan rasurados y cubiertos de talco para camuflarse entre la albura de la nieve, que enseguida tiñen de burdeos.

Retumba en todo el macizo el sonido del bombardeo alemán, las ráfagas de las baterías y los batallones ametrallando. El plan urdido resulta exitoso: diez mil alemanes y dos mil franceses de Vichy contra quinientos maquis. Con una desigualdad de uno contra veinte, tras la artillería por la mañana y la aviación al mediodía, el ruido cesa al atardecer.

El crepitar de la batalla da paso al zumbido del fuego, roto por los mugidos de una vaca que corre ciega campo a través. Los maquis que no han sido desprovistos de alma huyen al monte: orden de dispersión. Nuestro hombre, el hijo de Odisto, el de los sueños tormentosos, ahora sí, yace muerto y sin gladiolos en los pies, llevándose a la tumba el nombre que quiso que grabaran en su lápida.”

“Os acabo de narrar la muerte de la última persona que podría haber dejado en herencia el apellido de Odisto, el protagonista de esta novela, cuya familia pasó de contar con una cuarentena de miembros en 1936 a desaparecer apenas tres años después. Nunca más nacería un Ardolento.  Es por ello que escribí estas páginas, para honrar a todos los perdedores.

He aquí pues la historia

de la descomposición total de una familia,

de la deshumanización de un pueblo,

de la desintegración de un territorio

y de una península de casas vacías.

 

Comentario: La extensa familia formada por Odisto y María —tranquilos: el libro incluye un útil gráfico para aclarar los parentescos— constituye el núcleo protagonista de esta historia de marcado sesgo simbólico y con claros rasgos de realismo mágico ambientada en la penosa Guerra Civil española. Conviene abordar esta novela no como un libro de historia, sino como una obra de ficción sobre la guerra. No debemos exigirle una exactitud absoluta, sino solamente una verosimilitud.

Odisto y María viven en la localidad ficticia de Jándula, situada “a cuatro leguas del desierto de Larva y a tres horas de caballo del de Tabernas”. Él ronda la cincuentena; ella es diez años más joven. Han tenido ocho hijos y esperan el nacimiento del último. José, el mayor, tiene diecisiete años y es descrito como esbelto y espigado; Ángeles, de quince, “con cuerpo ya de mujer”, trabaja como los adultos; Pablito, nacido dos días después de Ángeles, iba a ser mellizo; Martina, de doce años, imita en todo a su hermana mayor; Gonzalo, de once, ejerce de lazarillo de Josito, el hijo ciego de diez; Mariángeles tiene cinco años; y finalmente Ricardo, que nacerá muerto. Esta enumeración familiar, casi bíblica, refuerza desde el inicio la voluntad alegórica del relato.

La descripción de Jándula (trasunto de Quesada) destaca por su tono evocador y visual: “sus casas encaladas de tejados rojizos, decoradas con macetas y enredaderas; sus callejas desiguales y trazadas al tuntún; aquellas huertas donde descansaban las cuestas que ascendían hacia las montañas vecinas; las plazoletas limpias, siempre llenas de gente; las rinconadas con sus fuentes solitarias; los campos que hacían linde con las laderas de Belerda…” (p. 32). El espacio se convierte así en un personaje más, cargado de memoria y simbolismo.

Uno de los pasajes más llamativos es la metáfora de la partida de ajedrez con la que el autor pretende ilustrar los movimientos de Franco para eliminar a sus rivales. Aunque el inicio recuerda a los estilos románticos del siglo XIX —sacrificios tempranos de piezas menores y ataque directo al rey—, la secuencia concreta de jugadas no se corresponde con ninguna partida histórica reconocida. Lo relevante no es la fidelidad ajedrecística, sino la idea que se transmite: las blancas juegan con un plan premeditado, mientras que las negras carecen de él. Así van desapareciendo del tablero los generales Goded, Fanjul, Balmes, Cabanellas, Kindelán, Orgaz, Sanjurjo, Mola y el propio José Antonio Primo de Rivera.

A lo largo de la novela desfilan también numerosos personajes de la cultura y la historia del siglo XX: Rafael Sánchez Ferlosio, el pintor Rafael Zabaleta, Maruja Mallo, Penderecki, André Malraux, Ilya Ehrenburg, Amos Oz, Manuel Ciges Aparicio, Miguel de Unamuno, Gerda Taro y Robert Capa, Miguel Hernández, Antoine de Saint-Exupéry, Ernest Hemingway, Pablo Neruda, Federico García Lorca, Camilo José Cela, Georges Bernanos, Blas de Otero, Luis Cernuda, George Orwell, Rafael Sánchez Mazas, Gerardo Lizarraga, Salvador Espriu, Max Aub, o Albert Camus entre otros. Esta acumulación refuerza la dimensión coral e internacional del conflicto, aunque en ocasiones puede resultar excesiva.

Un elemento que añade profundidad sensorial a la novela es la música, que Uclés integra directamente en algunos pasajes. Entre las obras citadas se incluyen: el Adagio del Concierto de Aranjuez (versión de Miles Davis / Gil Evans), el Andante Festivo de Jean Sibelius, el Himno de los querubines de Chaikovski, “Sacred Love” de Dmitri Sviridov y Atmosphères, una pieza de György Ligeti. Estas referencias no son meramente decorativas: el narrador las utiliza para subrayar emociones, generar tensión o reforzar la atmósfera de los episodios, invitando al lector a imaginar la música mientras avanza en la historia. Sirven como contrapunto sensorial a la fragmentación de la memoria histórica y al realismo mágico de la novela, añadiendo capas de ritmo, solemnidad y extrañeza a la narrativa.

La península de las casas vacías es, sin duda, una novela ambiciosa y muy consciente de sus riesgos. No es un libro pensado para gustar a todo el mundo: su ritmo pausado, su densidad simbólica y su estructura fragmentaria exigen un lector paciente y atento. No siempre devuelve, sin embargo, todo lo que pide a lo largo de su extenso recorrido.

La fragmentariedad, que en principio busca reflejar una memoria rota y un país hecho de discontinuidades, acaba convirtiéndose —cuando se prolonga durante cientos de páginas— en un desgaste. No tanto por su dificultad, sino porque diluye la tensión narrativa. Hay momentos poderosos, imágenes logradas y escenas sugerentes, pero cuesta percibir una progresión clara o un hilo emocional que vaya creciendo. El lector avanza con la sensación de estar girando alrededor de las mismas ideas.

En cuanto al “realismo mágico”, termina siendo uno de los aspectos más discutibles del libro. Al comienzo funciona como un recurso expresivo eficaz para nombrar lo indecible del trauma histórico; sin embargo, a fuerza de repetirse, pierde impacto. Lo extraordinario se normaliza demasiado pronto y deja de sorprender, convirtiéndose en un mecanismo casi automático, más ornamental que revelador. En lugar de intensificar el dolor o la extrañeza, a menudo los atenúa.

También influye el tratamiento de los personajes: tan supeditados a su función simbólica que no siempre generan una implicación afectiva fuerte. El lector comprende lo que representan, pero no necesariamente lo que sienten. Eso explica que la novela “se lea con facilidad” —la prosa es fluida y cuidada—, pero no termine de “llegar”. Falta un anclaje emocional más firme que interpele al lector de manera directa y no solo intelectual.

Se agradece el enorme esfuerzo literario de David Uclés y la honestidad de su propuesta, pero, en mi opinión, a la novela le faltan todavía varios elementos para convertirse en una gran obra.

BIBLIOGRAFÍA

Begoña Alonso, David Uclés, escritor de 'La península de las casas vacías': "Cuando se lee un libro sobre la Guerra Civil no hay que sentirse cómodo", Revista Elle, 26/12/2025.

Sergio C. Fanjul, David Uclés, autor de una novela sobre la contienda de 1936 a través del realismo mágico: “No me extrañaría una futura guerra civil en España”, El País, 02/04/2024.

Manel Haro, La guerra de sempre explicada com mai, Llegir.cat, Maig 2025.

Jesús Ruiz Mantilla, David Uclés: “La Guerra Civil sí la sufrimos todos, pero no la perdimos todos”, El País, 29/01/2026.

Luis Antonio Sierra, Más realismo y menos magia, Estado Crítico, 07/10/2024.

Justo Sotelo, Mis impresiones sobre “La península de las casas vacías”, de David Uclés, Todo Literatura, 28/12/2025.

Bruce Swansey, No es bueno pensar que la historia es cíclica, porque nos apocamos”. Entrevista a David Uclés, Letras Libres, 12/08/2025.

David Uclés, La península de las casas vacías, Siruela, Madrid, 2025 (17ª edición).

Celso Varela, Ha llegado un pistolero a la ciudad, Zenda Libros, 08/12/2024.

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