(L767) Memorias de la casa muerta (1862)
Fiódor Dostoievski, Memorias de la casa muerta (1862)
Hoy comento un clásico de
la literatura universal escrito por Fiódor Dostoievski
(Moscú, 1821-San Petersburgo, 1881). También ha sido traducido como Memorias
de la casa de los muertos. Tal vez la traducción «Memorias de la casa
muerta» sea más fidedigna que «...de los muertos», ya que el genitivo ruso
alude al recinto y a la atmósfera espiritual en su conjunto, más que a la suma
de los individuos. Para la elaboración del presente comentario me he basado,
además de la bibliografía consultada, que no es poco, en mis propias
impresiones y en el excelente prólogo de Jesús García Gabaldón y Fernando Otero
Macías.
«Hoy, 22 de diciembre, nos
llevaron a la plaza Semiónovskaya. Ahí nos leyeron a todos la sentencia de
muerte, nos permitieron besar la cruz, rompieron las espadas sobre nuestras
cabezas y nos ataviaron con las camisas blancas para recibir la muerte. Después
amarraron a los primeros tres al poste para llevar a cabo la ejecución. Yo era
el sexto y nos llamaban de tres en tres; por lo tanto estaba en el segundo
grupo y no me quedaba de vida más de un minuto [....] En eso se oyó el toque de
retirada. Los que estaban amarrados al poste fueron devueltos a su lugar y nos
comunicaron a todos que su Majestad Imperial nos concedía la vida. Después
siguieron las verdaderas sentencias.» Así escribe Fiódor Dostoievski a su
hermano Mijaíl desde la fortaleza de San Pedro y San Pablo de San Petersburgo
el 22 de diciembre de 1849, contándole el simulacro de ejecución al que fue
sometido.
Había sido arrestado y
llevado allí en la madrugada del 23 de abril de 1849. En ese lugar permaneció
encerrado ocho meses y escribió el cuento El
pequeño héroe (1849). Dostoievski fue acusado, junto con otros veintisiete
jóvenes intelectuales que pertenecían al llamado Círculo de Petrashevski, de
cometer crímenes contra la seguridad del Estado. La sentencia del tribunal
militar le condenaba «por haber alimentado proyectos criminales y por haber
divulgado la carta del literato Bielinski» a ocho años de trabajos forzados en
Siberia. El propio Nicolás I escribió de su puño y letra en el margen: «A
cuatro años, y después como soldado raso». El joven escritor tenía entonces
veintiocho años y había publicado ya dos novelas (Pobres gentes y El doble),
varios relatos y cuentos cortos.
La reacción de Nicolás I
contra los miembros del Círculo de Petrashevski se enmarca en la represión
desencadenada contra las revoluciones de 1848, y tiene como precedente la
insurrección fallida de diciembre de 1825 por parte de un grupo de oficiales
denominados popularmente como los decembristas. Al igual que ellos, Dostoievski
fue deportado a Siberia, a la kátorga,
palabra rusa de origen griego, cuyo significado original era «galera» y que
equivalía a la expresión española «ser condenado a galeras», esto es, a
trabajos forzados. Dostoievski fue desprovisto de su título de nobleza, de su
graduación militar (teniente de ingenieros) y de sus derechos civiles. Se
convirtió en un kátorzhnik, en un
presidiario. Otro tipo de pena era la deportación como colono. A los
presidiarios se les obligaba a llevar media cabeza rapada, un uniforme especial
y grilletes. Además, a los presos políticos, como era el caso de Dostoievski,
se les sometía a una vigilancia especial.
Dostoievski fue enviado
al presidio militar de Omsk, donde cumplió su condena a trabajos forzados desde
el 23 de enero de 1850 hasta el 15 de febrero de 1854. Después, sirvió como soldado
— posteriormente ascendería hasta subteniente— en el Séptimo Batallón de línea
de Semipalatinsk, hasta marzo de 1859. Gracias a la amnistía promulgada por el
zar Alejandro II al llegar al trono en agosto de 1856, tras la muerte de
Nicolás I, Dostoievski recobró sus derechos civiles, pudo solicitar el retiro
del ejército y fijar su residencia, en agosto de 1859, en Tver, hasta que
finalmente fue autorizado, a mediados de diciembre, a regresar a San
Petersburgo, ciudad en la que pudo proseguir su oficio de escritor.
Memorias
de la casa muerta constituye, al menos en tres aspectos,
una obra esencial de la literatura en la que triunfa la inteligencia del
corazón. En primer lugar, es la obra más humana y conmovedora de Dostoievski,
ya que da cuenta de su experiencia como preso político, deportado y condenado a
trabajos forzados en Siberia entre 1850 y 1854. Desde ese punto de vista, tiene
un gran valor histórico como documento de la sociedad rusa de mediados del
siglo XIX y como memoria escrita de un acontecimiento decisivo en la vida del
escritor. En segundo lugar, el libro pone de manifiesto su inquebrantable
compromiso ético y cívico frente a la tortura y el horror. No se trata solo de
una novela de educación que muestra la conflictiva convivencia de todas las razas,
clases sociales, creencias religiosas e ideológicas en un espacio desprovisto
de libertad, sino también de un informe preciso y un relato fidedigno que
denuncia la pésima organización de la justicia y del sistema penitenciario en
Rusia, las torturas, humillaciones y castigos corporales a los que eran
sometidos los presos.
A ello se añade una
penetrante, breve y original reflexión intercalada a lo largo del relato a modo
de ensayo sobre el «crimen» y los «castigos», la psicología criminal, la filosofía
del bien y del mal, la violencia y, en última instancia, de la condición
humana. Sorprende, asimismo, la escalofriante actualidad de esta obra, en un
mundo como el nuestro en el que los derechos humanos se convierten con
frecuencia en mero papel mojado en amplias zonas de nuestro planeta, en el que
aún sigue en vigor el sistema penitenciario.
La dilatada gestación de
las Memorias de la casa muerta se
explica, en parte, por la prohibición de publicar que pesó sobre él durante
diez años, desde finales de 1849 hasta comienzos de 1859. La censura condicionó
también la composición y el tono de la obra. De entrada, no se trata de las
memorias de presidio del propio Dostoievski, ni tampoco de un preso anónimo,
sino de una figura inventada, el difunto Alexánder Petróvich Goriánchikov, expresidiario
y colono, editadas por un personaje anónimo, que a su vez es autor de la
«Introducción» y de una nota previa al capítulo séptimo de la segunda parte.
Este ardid cervantino remite, en la tradición literaria rusa, directamente a
Pushkin y a sus Relatos del difunto Iván
Petróvich Belkin (1831).
Si los cuadros de la vida
rural que componen los Relatos de un
cazador (1852) de Iván Turguéniev contribuyeron decisivamente a denunciar
las pésimas condiciones de vida de los campesinos rusos y desencadenaron un
debate social que daría lugar al decreto de abolición de la servidumbre firmado
por Alejandro II el 19 de febrero de 1861, la obra de Dostoievski descubrió la
existencia de los presidios de Siberia y la durísima vida de los presos y fue
decisiva para impulsar una reforma judicial en Rusia en 1864 y la abolición ‒parcial‒
de los castigos corporales.
Las memorias de Alexánder
Petróvich Goriánchikov constan de veintiún capítulos distribuidos en dos
partes. El primer capítulo, titulado significativamente «La casa muerta»,
presenta una descripción detallada del penal de Omsk y de la vida de los
presidiarios. Los veinte capítulos restantes, repartidos simétricamente —diez
en la primera parte y diez en la segunda— ofrecen el relato de las vivencias de
Goriánchikov como presidiario a lo largo de diez años. Pero el autor no cuenta
toda esa vida, todos sus años en prisión, ni presenta por orden,
consecutivamente, todo lo que ocurrió, todo lo que vio y experimentó en
aquellos años, sino que relata de manera selectiva y fragmentaria sus
impresiones y recuerdos de presidio, con la idea de dibujar con todo ello «un
cuadro nítido e intenso».
Dostoievski dibuja una
serie de espantosos frescos o bocetos (escenas y retratos de la vida de los
presos en un penal de Siberia) vinculados por un fondo común; se trata de un
cuadro de conjunto de la kátorga. Sin
embargo, el artista ruso sí fue consciente de su creación. Aun cuando no
acentúa melodramáticamente su ingreso en el penal, hace coincidir la tensión
dramática de la obra en la escena dantesca del capítulo noveno de la primera
parte. La visión infernal del baño de los presos constituye la imagen artística
y simbólica más lograda de la obra. Así describe la entrada en la sala de
baños:
«Cuando abrimos la puerta
de la sala de baños, pensé que habíamos entrado en el infierno. Imaginad una
habitación de doce pasos de largo y otros tantos de ancho, en la que se
apretujaban, quizá, hasta cien personas a la vez, o, por lo menos, ochenta,
puesto que habían separado a los presos en dos tandas y, en total, habíamos ido
a los baños unos doscientos. El vapor cegaba los ojos, reinaban el tufo y la mugre.
Era tal la estrechez que no había dónde poner un pie».
Dostoievski nos enseña a
mirar con compasión y a comprender la tragedia humana que representa cada preso
en particular. Es un proceso de descubrimiento y regeneración moral que él
personalmente experimentó en el penal. Pero, sea por pudor o por otros motivos,
Goriánchikov-Dostoievski en Memorias de
la casa muerta, siempre cuenta las historias de los otros presos, pero
nunca la suya.
La galería de personajes
que aparecen en las Memorias de la casa muerta son los presos y jefes con los
que se relacionó el escritor, quien altera los nombres de personas y lugares,
sin inventar ninguno de ellos. Dostoievski no quería que los censores le
identificaran directamente como el autor de estas memorias, pero sí quería
presentar la obra a los lectores de modo verídico y verosímil. Por eso, el tono
de Goriánchikov es objetivo, distante y desapasionado.
![]() |
| Prisioneros en la kátorga siberiana. Pintura de Aleksander Sochaczewski Fuente: Wikipedia |
Dostoievski nos presenta
un retrato individual de más de treinta personajes que cuentan su historia
personal y su caso judicial. Pero hay seis que para mí tienen un peso colosal
en el relato:
Akim
Akímich: Noble en el penal por fusilar a un príncipe que
incendió su fortaleza. Hombre meticuloso; no había oficio que no conociera.
Sivotkin:
Un joven soldado muy bello que mató a su capitán y fue enviado a la «Sección
Especial».
El
tártaro Gazin: Un ser terrible cuando se emborrachaba;
de estatura descomunal, complexión hercúlea y más fuerte que todos los
presidiarios.
El
bandido Orlov: Soldado desertor y malvado como pocos.
Degollaba a sangre fría, pero fascinaba por su terrible fuerza de voluntad y
orgullo.
Alí:
Tártaro de Daguestán preso junto a sus hermanos. De una naturaleza hermosa y
dulce a quien Goriánchikov enseña a leer y escribir.
Isái
Fórmich: El único judío del presidio, divertido, joyero de
profesión y usurero del penal.
El escritor estudia a
cada personaje y ofrece un retrato psicológico externo y un relato de su crimen
(en la primera parte) y de su castigo (en la segunda), reproduciendo con
exactitud la manera de hablar, el aspecto, las costumbres y los gestos. El
narrador hace coincidir el comienzo del año con su entrada en prisión, de tal
manera que pasa a describir la vida de presidio en un día, tres días, un mes y
un año, que finaliza al acabar la primera parte. En la segunda, el tiempo se
detiene; el tiempo detenido es símbolo de la muerte y suscita el anhelo de
libertad, la salida del presidio, y el final del libro. Esta forma de congelar
y dilatar el tiempo psicológico recuerda inevitablemente al uso que haría
posteriormente Thomas Mann en La montaña
mágica (1924); con mucha probabilidad, el autor alemán leyó con
detenimiento estas Memorias.
Estamos también ante un
asombroso relato de relatos orales. El narrador cede su voz a las voces de los
presos que cuentan, dramatizan e incluso escenifican sus propias historias.
Pero, al mismo tiempo, las presenta y, en sus frecuentes y variadas
digresiones, las comenta. El escritor aquí es todavía un narrador, un cronista,
que deja sus huellas en lo narrado y que sabe entroncar su relato con la
riquísima tradición oral rusa.
Memorias
de la casa muerta inaugura por todo lo alto la literatura
penal rusa, configurando decisivamente el desarrollo de un tipo de literatura
carcelaria que ha dado grandes obras como Resurrección
(1899), de Lev Tolstoi, la Isla de
Sajalín (1895), de Antón Chéjov. O, en el siglo XX, también dentro de la
literatura rusa, Archipiélago Gulag (1973),
de Alexánder Solzhenitsin, y los Relatos
de Kolymá (1987), de Varlám Shalámov editados en España por la estupenda
editorial Minúscula de Barcelona.
Cuando un libro me gusta
suelo ser prolijo en el comentario. Así que para finalizar os recomiendo la
lectura de Memorias de la casa muerta
como uno de los grandes libros de la literatura rusa y europea. Ya que es mucho
más que un relato sobre la vida en prisión; es una exploración profunda del
alma humana en condiciones extremas. A través de su realismo psicológico, las innovaciones
narrativas y sus reflexiones filosóficas, Dostoievski creó una obra que
trasciende su tiempo y lugar. Este libro no solo ilumina la experiencia
personal del autor, sino que también nos invita a nosotros, los lectores, a
reflexionar sobre las cuestiones fundamentales de la existencia humana.
BIBLIOGRAFÍA
María Emilia Castillo
Álvarez, Castigo
e identidad narrativa en Memorias de la casa muerta, Universidad
Complutense de Madrid, 2017.
Miriam Díez Bosch; Josep-Lluís
Micó Sanz; Alba Sabaté Gauxachs, Incomunicados:
aislamiento espiritual en Dostoievski y su eco en la narrativa de Carson
McCullers, Universidad Ramón Llull, Revista Pensamiento, vol. 78
(2022), núm. 297, pp. 239-248.
Fiódor M. Dostoievski, Memorias de la casa muerta, Debolsillo,
Barcelona, 2010.
André Gide, Dostoïevski, José
Janés Editor, Barcelona, 1950.
Danilo Miranda Baires, Literatura
y presidio: a propósito de Memorias de la casa muerta, de Fiódor Dostoievski,
Revista de Ciencias Sociales y Humanidades Universidad Centroamericana
"José Simeón Cañas", El Salvador, nº 160, 2022.
Gary Saul Morson, Fiódor
Dostoievski, el filósofo de la libertad, revista Letras Libres,
01/11/2021.
Rafael Narbona, Dostoyevski,
el hombre que no perdió la esperanza, Nueva Revista, Universidad
Internacional de La Rioja (UNIR), 09/12/2022.
J.M. Sadurní, Fiódor
Dostoievski, el gran genio de la literatura rusa, National
Geographic, 08/11/2023.


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