(L747) Por qué leer los clásicos (1991)
Italo Calvino, Por qué leer los clásicos (1991)
Hoy comento una colección
de artículos sobre lecturas de los clásicos. No se trata de una selección que
haga Italo Calvino (1923-1985).
Son escritos aparecidos en varias publicaciones y compilados póstumamente en un
libro.
Presentación:
1.- Los clásicos son esos
libros de los cuales se suele oír decir: “Estoy releyendo…” y nunca “Estoy
leyendo…”.
Leer por primera vez un
gran libro en la edad madura es un placer extraordinario: diferente (pero no se
puede decir que sea mayor o menor) que el de haberlo leído en la juventud. La
juventud comunica a la lectura, como a cualquier otra experiencia, un sabor
particular y una importancia especial, mientras que en la madurez se aprecian
(o deberían apreciarse) muchos más detalles, niveles y significados.
2.- Se llama clásicos a
los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero
que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos
por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos.
3.- Los clásicos son
libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por
inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria
mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.
4.- Toda relectura de un
clásico es una lectura de descubrimiento como la primera.
En la vida adulta debería
haber un tiempo dedicado a repetir las lecturas más importantes de la juventud.
Si los libros siguen siendo los mismos (aunque también ellos cambian a la luz
de una perspectiva histórica que se ha transformado), sin duda nosotros hemos
cambiado y el encuentro es un acontecimiento totalmente nuevo.
5.- Toda lectura de un
clásico es en realidad una relectura.
6.- Un clásico es un
libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.
7.- Los clásicos son esos
libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han
precedido a la nuestra, y tras de si la huella que han dejado en la cultura o
en las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en
las costumbres).
La lectura de un clásico
debe depararnos cierta sorpresa en relación con la imagen que de él teníamos.
Por eso nunca se recomendará bastante la lectura directa de los textos
originales evitando en lo posible bibliografía crítica, comentarios,
interpretaciones. La escuela y la universidad deberían servir para hacernos
entender que ningún libro que hable de un libro dice más que el libro en cuestión;
en cambio hacen todo lo posible para que se crea lo contrario.
8.- Un clásico es una
obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra
se sacude continuamente de encima.
El clásico no nos enseña
necesariamente algo que no sabíamos; a veces descubrimos en él algo que siempre
habíamos sabido (o creído saber) pero no sabíamos que él había sido el primero
en decirlo (o que se relaciona con él de una manera especial) Y ésta es también
una sorpresa que da mucha satisfacción, como la da siempre el descubrimiento de
un origen, de una relación, de una pertenencia.
9.- Los clásicos son
libros que cuanto más se cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos,
inesperados e inéditos resultan al leerlos de verdad.
Naturalmente, esto ocurre
cuando un clásico funciona como tal, esto es, cuando establece una relación
personal con quien lo lee. Si no salta la chispa, no hay nada que hacer: no se
leen los clásicos por deber o por respeto, sino sólo por amor. Salvo en la
escuela: la escuela debe hacerte conocer bien o mal cierto número de clásicos
entre los cuales podrás reconocer después “tus” clásicos.
10.- Llámase clásico a un
libro que se configura como equivalente del universo, a semejanza de los
antiguos talismanes.
11.- Tu clásico es aquel
que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en
relación y quizás en contraste con él.
12.- Un clásico es un
libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído primero los otros
y después lea aquél, reconoce en seguida su lugar en la genealogía.
13.- Es clásico lo que
tiende a relegar la actualidad a la categoría de ruido de fondo, pero al mismo
tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo.
Para poder leer los
libros clásicos hay que establecer desde dónde se los lee. De lo contrario
tanto el libro como el lector se pierden en una nube intemporal. Así pues, el
máximo “rendimiento” de la lectura de los clásicos lo obtiene quien sabe
alternarla con una sabia dosificación de la lectura de actualidad.
14.- Es clásico de lo que
persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible
se impone.
Los viejos títulos han
sido diezmados pero los novísimos se han multiplicado proliferando en todas las
literaturas y culturas modernas. No queda más que inventarse cada uno una
biblioteca ideal de sus clásicos; y yo diría que esa biblioteca debería
comprender por partes iguales los libros que nos proponemos leer u presuponemos
que van a contar para nosotros. Dejando una sección vacía para las sorpresas,
los descubrimientos ocasionales.
Los clásicos sirven para
entender quiénes somos y adonde hemos llegado, y por eso los italianos son
indispensables justamente para confrontarlos con los extranjeros, y los
extranjeros son indispensables justamente para confrontarlos con los italianos.
Comentario:
como he dicho al principio este libro de Calvino no es un canon de sus
clásicos. Son artículos que escribió en diferentes medios y que han sido
compilados bajo el título Por qué leer a los clásicos. Es un libro de
consulta más que un libro para leer de corrido.
Veamos de cuáles autores
nos habla: Homero, La Odisea.
Jenofonte, Anábasis. Ovidio, Metamorfosis. Plinio, Historia Natural. Nezami, Las siete princesas. Joanot Martorell, Tirant lo Blanc (aunque habla sobre todo
de Cervantes). Ariosto, Orlando furioso.
Gerolamo Cardano, De consolatione y De propia vita. Galileo, Diálogo sobre los dos máximos sistemas del
mundo. Savien de Cyrano, Los estados
e imperios de la luna (precursor de la ciencia-ficción). Daniel Defoe, Robinson Crusoe (1719). Voltaire, Cándido. Denis Diderot, Jacques el fatalista. Giammaria Ortes, Cálculo sobre la verdad de la historia.
Stendhal, Del amor y La Cartuja de Parma. Balzac, Histoire des Treize y Ferragus. Dickens, Nuestro común amigo. Gustave Flauvert, Tres cuentos. Lev Tolstói, Dos
húsares; Mark Twain, El hombre que
corrompió a Hadleyburg. Henry James, Daisy
Miller. Robert Louis Stevenson, El
pabellón en las dunas. Joseph Conrad, El
espejo del mar. Pasternak, El doctor
Zhivago. Gadda, El aprendizaje del
dolor y El zafarrancho aquél de vía
Merulana. Eugenio Montale, Forse un
mattino andando (poemas). Hemingway, Adiós
a las armas. Francis Ponge, Le parti pris
des choses (1942). Jorge Luis Borges, Ficciones
y el Aleph. Raymond Queneau, Cent
mille millards de poèmes (1961). Pavese, La Luna y las hogueras.
¿Por qué leemos a los
clásicos? Según de mi experiencia
personal llego a los clásicos por varios motivos, no todos ellos legítimos,
alguno espurio. En principio por placer estético, por prestigio (vanidad), por acceder
a la cultura con mayúsculas, por acercarme a las mentes más privilegiadas que
han existido y escuchar lo que tienen que decirme. No es una conversación
propiamente dicha ya que la información va en una sola dirección (de ellos
hacia mí), no puedo hacerles preguntas. Así que yo solamente puedo
“interpretar” lo que supongo que quieren decir. Toda lectura no deja de ser una
interpretación.
Leer a los clásicos (o
leer en general) no nos hará ni más sabios, ni mejores personas, pero lo que sí
nos aportará es compañía y satisfacción (placer), lo cual no es poco.
Cada uno de nosotros
tiene su propio canon personal. En él ha ido colocando los libros que más le
han gustado y que merecen una relectura. Un libro que no se tenga intención de
releer difícilmente puede ser un clásico. Seguramente los lectores esmerados
coincidiremos en buena parte de ellos. Cervantes, Shakespeare, Platón,
Aristóteles, Proust, Balzac, Kafka, etc. son comunes a muchos de nosotros.
Luego están las pequeñas perlas que cada uno ha ido encontrado a lo largo de su
vida lectora. Ahí es donde podemos enriquecernos mutuamente.
BIBLIOGRAFÍA
Italo Calvino, Por qué
leer los clásicos, Tusquets, Barcelona, 1992.

Comentarios
Publicar un comentario