(G396) La Lobita (Navaleno, Soria).

Restaurante La Lobita (Navaleno, Soria)

Durante esta provechosa escapada por los campos de Castilla, como decía Machado, nos acercamos a comer al restaurante La Lobita, Av. de la Constitución, 54, 42149 Navaleno, Soria. Un templo de la cocina micológica. Claro que, si no es lo tuyo, aquí lo tienes complicado.

En esa obsesión por el “caballo grande ande o no ande” mi hermano se empeñó en el menú de catorce pases, cuando para mí el de diez era más que suficiente, lo que nos abocó finalmente al Menú de temporada micológico llamado “Menú Negral” de setas de primavera. Al hacer la reserva con bastante anticipación, o no lo ponía o yo no lo vi, y la suerte fue que no lo leyó hasta el final. 

En cocina Elena Lucas, de su afición al arte ahora pinta platos, diseña composiciones y mezcla sabores. Su cocina apuesta por el entorno y las recetas familiares. En la Sala y la bodega el estupendo Diego Muñoz. Amante de su profesión, inquieto, persistente y curioso por descubrir nuevas “joyas”, desde su incorporación al equipo en 2003, la bodega del restaurante no ha dejado de crecer con una apuesta clara por los pequeños productores, sin olvidarse de las referencias históricas.

Empezamos con cinco aperitivos que nos sirvieron en la salita de recepción: Nuestra evolución de un torrezno (foto), que más bien parecía una corteza. A los que nos gustan los torreznos clásicos no nos convenció. Tortillita de patata y trufa de invierno (foto). Muy rica y, cómo no, hecha al momento.


Escabeche de setas y verduritas al momento (foto). Sigue lo vegetal con mucho acierto. Saam de setas (foto). Plato de influencia coreana, el sabor de la hoja no nos acabó de convencer. Cortezas-pieles de monte (foto). Un plato muy original, sabe a campo, a humedad, a tierra. ¿Si te cayeras de morros en el bosque que sensación tendrías? ¡Pues esa misma!



Ahora vamos con los siete platos principales: La serrería del pueblo (foto). Un homenaje a generaciones pasadas... Simula un tronco de madera y su serrín, pero está relleno de foie. Cuidado hasta el más mínimo detalle, se pueden apreciar incluso los nudos del árbol. Muy rico y estéticamente impecable. Gamba blanca, escaramujo, setas y caldo de monte (foto). Un Mar y montaña, la armonía encontrada. Delicioso.



Espárrago verde, comté, anguila y senderillas (foto). Otra combinación acertada. Los espárragos de monte estupendos. Temporalidad y delicadeza en un plato que contagia sensibilidad. Nuestra croqueta de primavera de trufa y calocybes (foto). Un trampantojo divertido, crees que te comes una croqueta pero en realidad es un huevo rebozado. Un canto a todas las abuelas.


A partir de aquí el menú entró en velocidad de crucero, alternando trampantojos, guisos de monte y varios mar y montaña especialmente afinados.

Vieira, hongos, cacahuete, papada (foto). Otro monte y mar exquisito, un plato que activa viajes en la memoria. "Perrochicos", cecina de buey y verduritas (foto). ¡Poca cecina de buey! Primavera y pradera, fuerza y sutileza. Pronto estaremos pastando nosotros. ¡Jaja!. Boletus, salsa perigourdine, royal de carne asada y trufa negra (foto). Por fin llegó la carne. "Carne de monte", eso sí. ¿Se pueden hacer las cosas al revés... o no? Los boletus edulis o ceps exquisitos y el caldo riquísimo. Otro trampantojo, parecía que estabas comiendo un solomillo.



Y llegamos vivos a los dos postres: Cuajada de tomillo con miel de piñas fermentadas (foto). Tradición arraigada: una mirada a los remedios de la botica popular, ideal para suavizar la garganta. Bueno pero demasiado contundente, aquí pinchamos un poco nosotros. Chocolate blanco fermentado con helado de ciruela ácida silvestre (foto). La nostalgia de la infancia. Goloso y refrescante a la vez.


Para acompañar, tomamos agua mineral y para los entrantes un par de copas de Rudeles 23 (foto). Un albillo mayor procedente de cepas viejas de más de ciento veinticinco años, pre-filoxéricas situadas a más de 900 metros de altitud. La uva se recoge de forma manual, para posteriormente fermentarla en una tina de acero inoxidable para conservar los aromas. Vino de proximidad procedente de Peñalba de San Esteban en Soria. D.O. Ribera del Duero. El albillo es una variedad local que están recuperando. Es un vino suave pero muy aromático, huele a vainilla y tabaco.

Para los platos principales dos copas de La Calandria (foto). La Calandria Bardalera es un vino blanco elaborado por la bodega La Calandria Pura Garnacha. 100% Garnacha Blanca, destaca por ser un vino ecológico de viñedos viejos fermentado en acero inoxidable y envejecido en tinajas. Procedente de viñedos de la zona de Murchante (Navarra). Tiene una crianza de un año en tinaja y reposa cuatro años en botella antes de salir al mercado. Muy agradable en boca, ofrece notas herbáceas, piel de lima, membrillo y un final muy salino. Sin embargo en nariz yo percibía olor a cuero viejo, a esa mezcla de sidra y queso fuerte. Diego Muñoz nos dijo que “olía a cuadra”. El olor es una cosa personal, los vinos no huelen, los vinos están para beberlos.

Para la parte final de la comida mi hermano pidió un tinto. Biruco 2024 (foto). Un tinto con una mezcla de las variedades Parraleta, Moriste y Garnacha. Un vino de Nicolás Brun Aguerri que entiende el vino como un proceso vivo. Ha recuperado viñas y variedades a más de 900 metros en el Somontano, concretamente en Batán de Salas. Lo deja fermentar en hormigón porque ahí los vinos no se maquillan. Un vino curioso que no me pareció malo, joven, con fruta roja potente, sin madera alguna.

Yo terminé mi comida con un Faiveley Chardonnay 2023 (foto). Un vino de Bourgogne que no me convenció. Un blanco fermentado y criado en depósitos de acero inoxidable con una ligera crianza sobre lías. Presenta un color amarillo dorado, es aromático con notas de flores blancas y fruta, Lo encontré un vino que no aporta, que no se expresa ni para bien ni para mal. De la parte más básica —Suckling le da 90 puntos; yo le daría 88— de esa maravillosa zona que produce unos vinos tan estupendos.

En cuanto a la música ambiental llegamos a distinguir a varios clásicos del Jazz: Body and Soul (1973) de Al Cohn; Everything Happens To Me (1987) de Houston Person; y Morning Dance (2007) de The Brecon Brothers.

La comida se sirvió con dos tipos de pan, integral y de aceite. La experiencia global fue agradable y nos dejó un buen sabor de boca. El servicio de sala, conocedor del oficio, resultó próximo, simpático, eficiente y atento. La Lobita ofrece una cocina muy pensada, profundamente ligada al territorio y técnicamente impecable, aunque quizá por momentos demasiado pendiente del discurso. Aun así, salimos contentos y con la sensación de haber comido Soria.

Precio del Menú: 126 € por persona, más bebidas sin cafés.

Fecha de la visita: 24 de mayo de 2026.

PUNTUACIÓN: 7,5

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