(L763) Confesiones (1782-89)

Jean-Jacques Rousseau, Confesiones (1782-89)

Primera obra que comento de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778). Padre de la modernidad y, a mi juicio, también de algunas de las barbaridades e incongruencias que esta nos ha traído. Pero he de decir que el siglo XVIII francés, motor del pensamiento de la modernidad, está muy bien embalsamado en medio de la indiferencia general. Para realizar una parte importante de este comentario me he ayudado de la estupenda introducción que hace Carlos Pujol, escritor, traductor y crítico literario ya fallecido.

De Rousseau, ¿quién no sabe que su influencia se deja sentir en buena parte de los movimientos políticos, pedagógicos y culturales nacidos tras su muerte? Porque el pensamiento de Rousseau es uno de los principales fermentos de la historia contemporánea, y su convulsión moral ‒que enemistó con todos los philosophes, hasta el punto de que le declararon la guerra a muerte‒ sigue ejerciendo una enorme influencia. Y, sin embargo, tragarse La nueva Eloísa (1761), el Emilio o De la educación (1762) o el Contrato Social (1762) requiere un entusiasmo que hoy está al alcance de muy pocos entre los que no me encuentro.

“Nos parecen libros interminables, grandilocuentes, llorones y farragosos, con una cantidad tal de efusiones dulzonas, de declamación y de confusas histerias que requieren un lector profesional al que mueva un sacrificado sentido del deber. Los románticos, ciertos dictadores y los anarquistas, los etnólogos, los ecologistas, los psicólogos y pedagogos modernos le deben el impulso inicial, una populosa y variadísima descendencia que va desde los jacobinos a los hippies, pasando por Kant, Napoleón, los teóricos del socialismo, Tolstói y Gandhi, sin olvidar a Proust. Pero Rousseau ya no se lee”.

Sin embargo, su vida, su extraña y paradójica manera de ser («nadie se parece menos a mí que yo mismo»), contada en las Confesiones, da lugar a una obra singular, a menudo de lectura apasionante; sin que sepamos a ciencia cierta si nos repugna o nos fascina, quizá las dos cosas a la vez.

Contarse a sí mismo es una pasión universal, aunque reprimida y enmascarada hasta el siglo XIX, pero estas Confesiones son un espectáculo que el mundo aún desconocía; y hay que decir más, ni siquiera los románticos, sus nietos, llegaron tan lejos, ni Chateaubriand, ni los decadentes, ni nuestros contemporáneos, que no se quedan cortos en exhibicionismo. Aquel ilustrado insatisfecho y errante, huraño y rebelde, neurótico y sensiblero, en este terreno sigue dando lecciones a la humanidad.

Rousseau no reconoce más juez que él mismo, pero eso no quiere decir que se lo disculpe todo y que se colme de elogios, lo cual sería banal e inaguantable; se llama ruin una y mil veces, habla del «oscuro y cenagoso laberinto de mis confesiones», contando con todo detalle flaquezas, ridiculeces, errores, incapacidades y verdaderas canalladas (dejar en la inclusa a sus cinco hijos no es más que un episodio en su vida) con una elocuencia que podría sonar a cinismo.

Nos dice: «Es preciso que nada mío quede oscuro u oculto, es necesario que me ofrezca constantemente a los ojos del lector, que éste me siga en todas las vicisitudes de mi corazón, en todos los rincones de mi vida, que no me pierda de vista, ni un solo instante». Este Narciso necesita del gran espectáculo, dejando de hablar de sí mismo uno corre el riesgo de dejar de existir. Otro ejemplo de memorias de su época son las del mítico Giacomo Casanova (1725-1798) con su Histoire de ma vie que no se publicó íntegra hasta 1960.

Con esa mezcla tan de siglo XVIII de insipidez bucólica e ideas explosivas, es un caso único de filósofo y escritor, visionario, artista y misionero de sus verdades; lúcido y paranoico, dignísimo y ruin, viviendo parasitariamente y también aspirando a una independencia total, hasta el punto de querer ganarse la vida copiando música y de rechazar la protección de Luis XV y del rey de Inglaterra, Rousseau, es la más extraordinaria anomalía de la Ilustración.

Cuando escribió su Discurso sobre las ciencias y las artes para el concurso organizado por la Academia de Dijon, presentó una tesis realmente provocadora, porque a la pregunta sobre si el avance de las ciencias y las artes había contribuido a mejorar las costumbres, Rousseau respondió con un rotundo —y antiilustrado— «no».

¿Cómo podía alguien, en medio del fervor ilustrado por la razón y la ciencia, negar la contribución de tales disciplinas al progreso? Nadie lo entendía. Lo que ocurría es que Rousseau, como todos los grandes pensadores, se estaba adelantando a su tiempo y estaba sentando las bases del siguiente gran movimiento: el Romanticismo.

«Emprendo una obra de la que no hay ejemplo y que no tendrá imitadores». En lo primero Rousseau acierta, pero en lo segundo se equivocó. Escribió en sus últimos años sus Confesiones, una obra en la que autores como Byung-Chul Han ven el inicio de la sociedad de la transparencia, una sociedad que convierte la exposición del yo en un valor.

La literatura del yo ha triunfado totalmente en nuestra época. Pongo varios ejemplos significativos: los siete volúmenes del Diario (1931-1974) de Anaïs Nin; La edad del hombre (1939) de Michel Leiris;  Niño pan (1983) de Agustín Gómez Arcos; Los hechos (1988) y Patrimonio (1991) de Philip Roth; Pretérito Imperfecto (1997) y Casa del Olivo (2004) de Carlos Castilla del Pino; los cinco libros sobre su vida de Thomas Bernhard, y toda la literatura posterior al Holocausto escrita por sus supervivientes.

Como culminación, el reconocimiento a este tipo de literatura le llegó con el Premio Nobel del año 2022 otorgado a Annie Ernaux, una escritora que lleva décadas demostrando que la propia vida puede convertirse en materia literaria casi inagotable.

Rousseau escribe las Confesiones para rehabilitarse ante la posteridad. Casi las últimas líneas son: «Lo declaro en voz alta y sin temor: cualquiera que, incluso sin haber leído mis escritos, después de estudiar por mí mismo mi naturaleza, mi carácter, mis costumbres, mis inclinaciones, mis placeres, mis usos, pueda creerme un hombre indigno, no debe ser escuchado».

¡Qué nos importan a nosotros sus problemas de salud, su incapacidad para seducir a las mujeres a causa de su timidez, su poca fortuna para labrarse una carrera, o sus limitaciones con el latín! Hay que aventar toda esa paja para encontrar un poco de trigo.

Rousseau se ganó la vida dando clases de música, copiando partituras y escribiendo alguna ópera de éxito, Le devin du village (1752) (El adivino del pueblo), aunque era autodidacta. Viaja por Turín, Lyon y Lausana, siempre en precario, buscando los favores de los poderosos para obtener una colocación: escribiente, secretario, maestro de música, o empleado del catastro son sus oficios. También trabajó como secretario de Montaigu, embajador francés en Venecia. Le atrae la botánica, la aritmética, la pintura y la música. Traba amistad con el vizcaíno Ignacio Manuel de Altuna y cómo no con Denis Diderot (1713-1784) y Jean Le Ron d’Alembert (1717-1783) los enciclopedistas, así como con Frédéric-Melchior Grimm (1723-1807).

Interesante fue su relación con Luisa Leonor de Warens (1699-1762) que fue su protectora y amante, a la que llamaba Mamá. Se une sin casarse con Thérèse Levasseur (1721-1801), prácticamente analfabeta, con la que tiene cinco hijos que él llevó a la inclusa. Su excusa era que no los podía mantener y que estarían mejor educados por el Estado. Madame d’Épinay, su última protectora, le construyó una casita en el bosque de Montmorency que recibiría el nombre de Ermitage donde Rousseau gozó de una cierta tranquilidad y escribió sus mejores obras.

Asistimos a su amor no correspondido por la señora Sophie de Houdelot, «yo estaba ebrio de amor sin objeto»; y a los ataques que le profieren Grimm, Diderot, d’Holbach y Jean François de Saint-Lambert (1716-1803), a los que creía amigos suyos. Toda la segunda mitad del libro no es más que una justificación de sí mismo.

Sus obras más polémicas le fuerzan a exiliarse a Suiza, huyendo de Francia, y no pudiendo alojarse en su Ginebra natal. En Môtiers, en el Val-de-Travers, pasará dos años y medio. Siendo nuevamente expulsado, se acogerá a la propuesta de David Hume (1711-1776) para ir a Inglaterra.

Lo más «gracioso» de Rousseau es la contradicción entre sus escritos y su vida privada. Lo que propugna en sus libros no es lo que él hace. La posteridad ha seguido debatiendo a Rousseau. La Revolución francesa, que él no llegó a ver, lo tuvo como uno de sus padres fundadores.

BIBLIOGRAFÍA

Javier Correa Román, Rousseau: a contracorriente de todo y de todos, Filosofía & Co, 04/05/2023.

Ana María Holzbacher, Las Confesiones de J.J. Rousseau: Una obra entre dos géneros, (Anuario de la Sociedad Española de Literatura General y Comparada. Anuario IV, 1981). Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2006.

Lorenzo Luengo, Rousseau en el gran camino, Revista Zenda, 31/10/2023.

Pablo Emilio Pavesi, El yo autobiográfico. Memoria y duración en las confesiones de Rousseau, XI Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, 2019.

Jean-Jacques Rousseau, Confesiones, Editorial Planeta, Barcelona, 1993 (688 páginas).

Jean-Jacques Rousseau, Le Devin du Village, 1752, 1 hora 17 minutos. Singers: Eva Kirchner, Dongkyu Choy & Thomas Müller de Vries; Alpe Adria Ensemble; Rene Clemencic, conductor, 6/07/2022.

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